8 de abril de 2020 5:04 hs

Las estrellas mueren cuando se quedan sin combustible. A lo largo de su existencia van aumentando su temperatura y luminosidad, mientras en su núcleo el hidrógeno se va fusionando en helio. Las estrellas más grandes duran menos, pero cuando se acerca su final se hacen gigantes. Hasta que en un momento, no soportan su propia masa y colapsan. Explotan. Se convierten en supernovas. Y esas explosiones dejan en el universo vestigios hermosos, diseños accidentales únicos y asombrosos que permanecen durante siglos.

Los Beatles fueron la estrella más grande de la constelación del pop moderno. Y duraron apenas una década. A lo largo de los años de 1960 fueron creciendo en masividad, éxito y talento, agigantándose hasta que en un punto dejaron de soportarse a sí mismos y lo que habían creado, y colapsaron. El impacto fue devastador, pero hasta hoy, los restos que dispersó la explosión siguen maravillando y encantando a todos los que se acercan a ellos.

Es probable que haberse separado, de lo que en estos días encerrados de abril de 2020 se cumplen 50 años, sea lo que terminó de cerrar la leyenda de Paul, John, George y Ringo. Los buenos relatos necesitan un final concreto, aunque sea agridulce como en este caso, y aunque tenga un largo epílogo que en el caso de los dos integrantes aún vivos, haya tenido una duración de cinco décadas. Después está aquello que decía Horacio Buscaglia: “Qué sponsor la muerte”, aunque en ese caso hablemos de una defunción simbólica de una banda.

Y también es probable que si se hubieran juntado unas décadas después, o si nunca se hubieran separado, el nivel de esa segunda versión o de los discos subsiguientes al Let it Be no hubiera sido el mismo. Para muestra, los Frankensteins llamados Real Love y Free as a bird, publicados en la década de 1990 junto al por lo demás excelente proyecto autobiográfico Anthology. Dos canciones sin terminar de Lennon a las que los otros tres Beatles le agregaron unos chirimbolos, y que están lejos de ser nuevas Hey Jude o Strawberry Fields Forever.

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Podría haber pasado que siguieran, y ejemplos exitosos de bandas longevas hay. Los Rolling Stones también son legendarios y tienen una vitalidad incombustible, pero nunca tendrán el mismo status que sus amigos de Liverpool porque siguieron de forma ininterrumpida en el escenario.  Es difícil mantener un nivel creativo excelso durante décadas, y en eso también son ejemplares. ¿Cuánto hace que los Stones no publican un disco relevante, de esos que marcan la historia de la música? Por lo menos cuarenta años. Lo mismo le pasa a AC/DC, post Back in black, que es de 1980. O The Who, por más que en 2019 publicaron un buen disco. Y la lista sigue.

Pero basta de especular y volvamos a los hechos, porque los Beatles se separaron y punto. Y la culpa no fue de Yoko.

The walrus was Paul

Uno de los mitos más difundidos de la historia beatle dice que la culpa de la disolución fue de la artista conceptual japonesa, que empezó a meterse en los ensayos y a no despegarse en ningún momento de su esposo, John Lennon para apropiárselo del todo. Lo cierto es que el que insistía en llevarla a todas partes era él, y su presencia en el estudio, rompiendo la regla que el cuarteto había estipulado de no llevar parejas al espacio de trabajo, era para molestar al resto y forzar la separación.

 

Fue más fácil culpar a Ono porque era mujer y era japonesa. Los británicos tenían la espina de la segunda guerra mundial (y el maltrato de los prisioneros británicos por parte de los japoneses), y los siempre perversos medios británicos hicieron una campaña de desprestigio contra la artista, acusándola de haber obligado a Lennon con sus artes malignas a haber abandonado a su esposa inglesa Cynthia. Y claro, las fans, que soñaban con ser la siguiente esposa del beatle en cuanto se divorciara, pensaban que Ono se los había “robado”, tal como consigna el escritor Phillip Norman en su biografía de McCartney. Como si a Lennon le estuvieran aplicando control mental, y él, que no era precisamente un referente moral, no hubiera tenido poder de decisión. 

Más que Ono y Lennon, el gran instigador (o al menos el que se las ingenió para quedar como el que apretó el gatillo) fue el siempre diplomático Paul. Aunque empujaba para que la banda siguiera, y fue el que insistió en proyectos como el disco y película Let it Be, o el Abbey Road, para sus compañeros ya era un insufrible que estaba todo el tiempo presionándolos para hacer cosas que no querían.

Hay una escena en ese documento de una ruptura que es la película Let it Be (breve digresión, este año estaba previsto su reestreno en una nueva versión, con material inédito e imagen restaurada a cargo de Peter Jackson, director de El Señor de los Anillos, aunque hay que ver qué dispone la pandemia), en la que McCartney corrige a George Harrison y este, harto, le dice “Tocaré lo que quieras. O no tocaré nada. Haré lo que sea que te complazca”.

No ayudaba que Lennon estuviera enganchado a la heroína, o que en 1967 hubiera muerto el mánager de la banda, Brian Epstein, que ejercía el rol de padre controlador para aquellos cuatro hijos díscolos. Pero ya desde 1968, la situación interna era insostenible, gracias a problemas de ego y dinero. McCartney solo la aprovechó para caer parado ante los ojos del público.

En el libro de Norman se menciona una charla entre Lennon y McCartney, en la que este último le dice a su socio “Voy a hacer lo mismo que tú y Yoko. Voy a lanzar un álbum…y yo también dejaré el grupo”, en referencia al trabajo hecho por el matrimonio en Plastic Ono Band. “Bien, ya somos dos que lo hemos aceptado mentalmente”, le respondió John.

El 9 de abril de 1970, McCartney anunció la separación de los Beatles en un comunicado enviado a la prensa, acompañado por su disco debut como solista. Semanas antes, cuando sus aún compañeros se enteraron de la grabación de ese álbum, enviaron a Ringo Starr (el único que terminó en buenos términos con los otros tres y colaboró en los discos solistas de cada uno durante años) a pedirle que lo retrasara hasta que saliera Let it be. McCartney literalmente lo echó a gritos, se mantuvo en su postura, y el 10 de abril se oficializó la ruptura, cuando los diarios publicaron que Paul se iba de la banda.

Pero para ese entonces la disolución era un secreto a voces. Los otros tres Beatles quedaron indignados con la actitud de McCartney. Lennon lo comparó con una caricature en tres viñetas: “La primera son cuatro tipos en un escenario con un foco sobre ellos: la segunda son tres tipos en un escenario escapando del foco; la tercera es un tipo parado gritando ‘me voy’”. Durante la grabación del “álbum blanco”, todos menos McCartney habían abandonado el grupo, aunque luego terminaron volviendo. Por esos días, a Harrison casi lo reemplaza su amigo Eric Clapton, y se manejó incluir al tecladista Billy Preston, que al final fue el “quinto Beatle” en el disco Let it be.

La ruptura con McCartney no solo fue por disputas de egos, o diferencias musicales, sino también económica y legal. El grupo había intentado una incursión en el mundo empresarial con el proyecto Apple, pero salvo por su rama discográfica, todo lo demás fue un fracaso, y terminó en la bancarrota. Para acomodar la cuestión monetaria, Paul propuso contratar como gestores a los abogados Lee y John Eastman, padre y hermano respectivamente de su futura esposa, Linda. Los otros tres optaron por Allen Klein, manager de los Rolling Stones y célebre por sus métodos agresivos. En medio de esa batalla, que terminaría en los juzgados, el grupo perdió los derechos de sus canciones en una venta de acciones que agravó la crisis económica (ojo, que seguían siendo millonarios).

The End

Si algo tuvo el final de los Beatles es que sus integrantes fueron muy conscientes de lo que estaba pasando. Después de la debacle del “álbum blanco” el sentimiento era compartido por el cuarteto: estaban hartos de ser Beatles. McCartney intentó reanimar el cadáver proponiendo el proyecto que terminaría derivando en Let it be, un disco en el que volvieran al rock clásico, a las raíces, a lo despojado.

Pero inconformes con el resultado, lo archivaron y produjeron el que en orden de grabación fue efectivamente su disco final, pero que terminó publicado antes que Let it be. La verdadera despedida de los Beatles es Abbey Road, que termina con una canción llamada The End, en la que cada uno tiene su solo, y todo cierra con armonías angelicales marca de la casa, y la frase “Y al final, el amor que recibes equivale al amor que haces”.

Lennon se convirtió en una voz politizada, se radicó en Nueva York con Ono y con su asesinato en 1980 se terminaría de convertir en un ícono de la música. McCartney siguió, tanto con la banda Wings como en solitario haciendo sus “silly love songs” y convertido en un prolífico y exitoso artista también por su cuenta. George Harrison, que se quejaba de estar tapado por la dupla anterior, se despachó en Abbey Road con Something y Here comes the sun, y en seguida de la disolución, con el disco triple All things must pass. Pero esa explosión de hits y canciones memorables nunca fue equiparada en el resto de su vida; recién tendría algo más de éxito con el supergrupo Travelling Wilburys y su versión de I got my mind set on you ya en los ochenta y los noventa. Y Ringo fue Ringo, colaborando con sus amigos, haciendo sus discos (ninguno particularmente destacable) y recuperándose de su alcoholismo.

Nunca volvieron a tocar los cuatro, aunque hubo ofertas millonarias, y algunos encuentros en discos solistas y espectáculos especiales entre los integrantes. Pero incluso la relación entre ellos cuatro nunca volvió a ser igual.

En su libro Yeah, yeah, yeah! La historia del pop desde Bill Haley hasta Beyoncé, el crítico Bob Stanley considera que lo que logró la disolución de los Beatles fue mostrar que eran falibles. Que la superentidad que pocas veces se equivocaba y a la que todo le salía bien estaba compuesta por cuatro señores de carne y hueso. Pero que eran libres. “Recuperaron su individualidad”, dice el libro. “Pudieron ser ellos mismos por primera vez en su vida adulta, en lugar de ser Beatles. Y la capa mágica de protección  pareció desaparecer en seguida. Siempre habían intentado decírnoslo, y finalmente había que enfrentar la verdad: eran simplemente humanos”.

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