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Pereira, Trump y el papa, un solo corazón

Los proteccionistas sensibles coinciden en criterios inviables y contraproducentes 

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11 de diciembre de 2018 a las 05:03

El PIT-CNT ha decidido sincerarse y fungir como parapartido político, talvez para exponer las ideas que el Frente no se anima a someter a la consideración de la ciudadanía en su lavada plataforma. Para ello se permite citar a los partidos en serio para examinarlos y cuestionarles sus ideas, lo que ha intentado sin éxito en el seno frenteamplista.  

Una hábil jugada que las otras fuerzas deberán contrarrestar adecuadamente para no quedar como antidemocráticos y antidialoguistas. Representatividad paralela común a los regímenes progresistas, que abusan de la democracia cuando les conviene, en nombre de los derechos del pueblo y la niegan cuando no les conviene, en nombre de sus principios. 

En ese plan se inscribe la idea de su presidente, Fernando Pereira, de acercarse al papa Francisco para potenciar las ideas comunes sobre el empleo, la pobreza, la solidaridad y la desigualdad. Recuerda al populismo argentino, que luego de negar a Su Santidad terminó con políticos y sindicalistas yendo al Vaticano a pedir fotos, rosarios y alguna expresión de apoyo a la que aferrarse. Siempre en las malas se recurre a Dios. 

La concepción sindical -con rasgos de la Doctrina Social de la Iglesia, ya que se buscan coincidencias- parte de arrogarse el monopolio de la sensibilidad por la generación de empleo, los salarios, los pobres, la desigualdad, la importancia de la educación y la reinserción de los marginales. Se agrega la épica de que está defendiendo sus conquistas, cuando son apenas la resultante de repartir generosamente el sobreprecio de las commodities y del secreto bancario, que no volverán. 

En tal convicción, se cae en errores conceptuales que alejan cualquier solución. Por caso las condiciones laborales y salariales. Ningún país ni sistema quieren que sus trabajadores ganen mal o subsistan en la precariedad. Necesitan poder adquisitivo para lograr el consumo, como lo adivinara Henry Ford. En rigor, la precariedad y esclavitud se ha dado siempre en regímenes no capitalistas, y a medida que los países fueron abrazando criterios de libertad económica, eso fue cambiando, y aumentando el bienestar. Se comprueba analizando los datos disponibles de los últimos 100 años, lo que se ha dicho -e ignorado- muchas veces. En el mundo real, el salario y otros beneficios presuponen la obligación de eficiencia y viabilidad. Si las remuneraciones de cualquier tipo encarecen la producción de una empresa o un país, el paso siguiente es la quiebra, con lo que la solidaridad se torna instantáneamente imposible. Algo que ya se debería haber aprendido a esta altura. No hay conquistas, hay eficiencias. Por eso el alter ego de la solidaridad es el proteccionismo. Se anula la competencia para que no afecte los salarios y empleos. 

Es lo que hace Donald Trump,  aunque no lo puede aplicar eternamente. Algo que los países más pequeños ni pueden soñar con hacer. Tampoco el crecimiento de la economía americana tiene relación con ese proteccionismo. Al contrario. El cierre de las plantas de General Motors con una pérdida de 15.000 empleos, muestra los efectos del encarecimiento de los costos, por los recargos y por los salarios sin correlación con la productividad. Se pierden así empleos en China y en Estados Unidos. 

El planteo sindical, el de Trump y el de la Iglesia, terminan en una suba de costos que frena el crecimiento y el bienestar y pulveriza el empleo. Esto también es objetivo. Entonces la solución se busca en los impuestos, que empeoran la ecuación de costos, precarizan más el trabajo y aumentan la pobreza. 

Para justificar esos impuestos, se culpa a los ricos, a los empresarios o al capitalismo por la precariedad laboral, la pobreza o la desigualdad, que no tiene nada que ver con la pobreza, pero que se mete en el mismo paquete. La verdad es ni Amazon, ni Netflix, ni Alibaba, Apple o Google crean pobreza o precariedad laboral, todo lo contrario. Pero se insisten en complots u oscuros acuerdos para empobrecer a los países y esclavizar a los pueblos. 

Y cuando se llega a la educación, la supuesta panacea para resolver estos males, el propio sistema sindical obstruye toda idea de calidad en defensa de sus conquistas salariales, prerrogativas y otras ventajas que defienden por encima del bien común.

Conviene analizarlo desde una perspectiva local. Un sector de la industria americana, el más obsoleto e ineficiente, junto con sus trabajadores que no han intentado reconvertirse, viene blandiendo, ya antes de Trump, un proteccionismo a ultranza. El Tratado de cooperación transpacífico ya preveía que para poder vender en Estados Unidos los signatarios deberían pagar sueldos y ofrecer condiciones de trabajo similares a los de ese país, además de otros requisitos y regulaciones costosísimos. 


Eso se ha plasmado en el Nuevo Nafta, como lo llaman los mexicanos y odia llamarlo Trump. Las caras del primer ministro Trudeau y del expresidente Peña Nieto durante la firma en el G20 hablaron más que cualquier argumento. Con razón. Subir los sueldos y otros costos de producción sin mejorar la productividad condena a no exportar, a perder empleos, a volver a ser meramente pastoriles, sin ningún valor agregado. Se exporta soja, muy poca harina de soja, modesto intento de agregar valor. Las economías semidesarolladas tenderían a ser más pastoriles con todas sus consecuencias. Un retroceso en la globalización sería fatal para Uruguay y para Argentina. Y las teorías de Trump, del PIT-CNT y de la Doctrina Social van en esa dirección, aunque lo hagan con las mejores intenciones. Unas defendiendo sus conquistas, otras defendiendo a los trabajadores del mid-west y otras defendiendo la solidaridad sin fondo y sin fondos.

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