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Postales de la plaga desde EE.UU (II)

A medida que el virus se extiende por todo el territorio, la paranoia crece a niveles de ficción apocalíptica

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31 de marzo de 2020 a las 05:01

Viernes. La ola ominosa de enfermedad que venía en esta dirección, ha llegado. Me dice quien vive en la casa de enfrente, un hombre muy saludador, quien se la pasa lavando a su camioneta: “uno de nuestros vecinos de la otra cuadra se volvió loco. Lo han visto en la ventana de su casa empuñando una escopeta”. Eso no me sorprende. En este país todos tienen un arma en su casa: un novena por ciento lo reconoce, y el otro 10 por ciento es igual que esos alcohólicos que se llaman anónimos, porque solo toman en su casa cuando nadie los ve. Por cierto, en plena pandemia, en varios estados declararon a las armerías “lugares esenciales” Al hombre, camino a la longevidad, dicen que se le vio en la ventana con tremenda escopeta, pues delira. El gatillo y la pólvora lo llaman.

Cree que, dadas las nerviosas circunstancias, alguien podría meterse en su casa para robarle comida o incluso algo más grave: los rollos de papel higiénico. He pasado varias veces por su casa, pero nunca lo vi en pose de defensa contra intrusos, y no creo que sea alguien peligroso, aunque uno nunca sabe. Hay quienes pierden la calma si les hurtan el papel del baño. Creo que es verdad lo que dicen respecto a que hay mucha gente alterada y pasada de revoluciones debido a la presencia del coronavirus. En el caso del hombre y su mujer no lo entiendo, quiero decir, me resulta incomprensible su lógica ante las circunstancias: la única vez que hablé con ellos me dijeron que cada uno fuma un mínimo de treinta cigarrillos por día. Viven en el humo. Con gente con esos hábitos de chimenea, la muerte vestida de virus no sabe qué hacer, por eso vive posponiendo su llegada.

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Cuando viajo, me encanta visitar museos y cementerios. Son dos buenos lugares para no sacar fotos. En un camposanto de un pequeño pueblo de Kentucky, caminando entre desconocidos, vi una vez una lápida que decía: “querida, tenías razón, era gripe”. 

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En mi mismo vecindario viven varios estudiantes, promedio de edad, veinte, quienes ya no están obligados a ir al salón de clases, pues ahora la enseñanza es online. Cuando saco a los perros a pasear, los muchachos de una de las casas me saludan, como si yo me hubiera convertido en símbolo de la vida que no ha dejado de caminar en el horario acostumbrado. Para que el rito de pasar y saludar sea la única tradición vigente, anoche pasé otra vez por la puerta de su casa, en un atardecer espectacular que hizo olvidar todo lo extraño que estamos viviendo. A ese deambular acompañado de mis dos viejos canes a la hora del crepúsculo, no hay enfermedad que pueda interrumpirlo. Estaban en el jardín tomando cerveza y escuchando música, muy buena, la de un grupo que me parece fenomenal: Greta Van Fleet. Les grité: “si el coronavirus viene, no les va a hacer nada, en todo caso, les va a pedir que suban el volumen”. Sin que nadie ni nada desconocido se los pidiera, lo subieron.

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El doctor Anthony Fauci es también alguien mayor, pero no se para en la ventana de su casa con una escopeta. Fauci, de 79 años (no los representa), es el director del National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID, por sus siglas en inglés), agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos estadounidense, cargo que ocupa desde 1984. Por consiguiente, tiene la responsabilidad de monitorear todas las decisiones a nivel nacional que se tomen en torno al coronavirus. Fauci es quizá la única persona en la historia de la presidencia de Donald Trump en haber contradicho al mandatario en público. Lo corrigió varias veces respecto a las informaciones erróneas que divulgó quien parece dedicar más tiempo a enviar tuits que a pensar, y que a Fauci lo llama Tony. Lo más probable, es que en diciembre la revista Time lo elija Person of the Year, aunque tendrá competencia seria en el Covid-19 que ahora, por decisión de la Real Academia Española, es femenino, la Covid-19.

En su famoso poema sobre otro presidente estadounidense, Rubén Darío dijo que Teddy Roosevelt era un “profesor de energía”. Fauci es más que eso: es un profesor distinguido de energía. Su sentido de la responsabilidad resulta apabullante. Es el primero en llegar a la oficina, y el último en irse. ¿Cómo alguien a esa edad puede trabajar 19 horas al día y mostrar en cada una de sus apariciones una ejemplar lucidez y un disciplinado uso de los conceptos? La voz de la sabiduría y de la ciencia en su mejor expresión, quien en estos días está dando la cara, el maratonista del coronavirus, dijo tiempo atrás que quizá el secreto de su resistencia y durabilidad se deba al hecho de que siempre ha mantenido el peso de su cuerpo bajo, y que sale a correr todos los días. Durante la crisis del sida en la década de 1980, Fauci hacía jornadas de 15 horas laborales y en los ratos libres salía a correr un promedio de nueve kilómetros por día.

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“40 y 20” se llama la canción más conocida de José José. Estamos en el año 2020, veinte veinte –algo así como José José– que da 40. En el año que suma cuarenta, cuarentena. ¿Será un error de imprenta de la historia, o de la casualidad disfrazada de destino?

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Días atrás, mientras el mundo estaba hablando sin cesar de otro tema, murió de coronavirus, a los 86 años de edad, Manu Dibango, primer músico africano en tener éxito internacional. En el Uruguay de hoy, pocos han de saber quién fue. En 1972 tuvo gran popularidad en nuestro país y en todas partes, con la canción Soul Makossa, de amplia difusión en el programa Impactos de Radio Independencia, y cuyo contagioso estribillo, “ma-ma-se, ma-ma-sa, ma-ma-ko-sa”, le encantaba a Michael Jackson. A la misma hora en que mis vecinos desean que algo temible no les ocurra y escuchan a Greta Van Fleet, yo dejo que corra de principio a fin el álbum The Very Best of Manu Dibango: Afrosouljazz From The Original Makossa Man, de 2000. Se los recomiendo, pueden encontrarlo en internet. No les va a hacer ningún daño. Por el contrario. La música ahuyenta a los malos espíritus, al menos un poquito.

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