Opinión > EDITORIAL

Puentes sobre grietas

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18 de febrero de 2020 a las 05:04

La “grieta” como concepto comenzó a usarse en Argentina para describir la situación de ese país. En la era de los Kirchner el mote comenzó a sonar cada vez más fuerte hasta instalarse en el imaginario popular. Busca explicar un tanto burdamente que había una sociedad dividida en dos y que los separaba un pozo hondo: una grieta

Como era de esperar, la palabra cruzó rápidamente el Río de la Plata y como tantas cosas que nacen en Buenos Aires se adoptó y los uruguayos pronto la incorporamos a nuestro debate público. Primero fueron los periodistas, algún académico con poca imaginación y ahora hasta los políticos la usan. Un término ideado para explicar la polarización que vivió Argentina en el período de los Kirchner y durante el gobierno de Mauricio Macri, encontró su lugar en el Uruguay.

Pero vale la pena preguntarse si calza o no. La realidad política de Argentina dista mucho de la de Uruguay. Allá las estridencias del debate público, la agresividad de la discusión política no exenta de insultos y descalificaciones permanentes y hasta el tono del periodismo de actualidad dista años luz de lo que pasa de este lado del estuario platense.

Por lo antedicho, si es una grieta lo que nos separa a los uruguayos, es una grieta mucho menos honda que la que separa a los argentinos. En una reciente inauguración de las obras de un museo en la Fundación Atchugarry en Maldonado el escenario principal estuvo ocupado por la actual ministra de Cultura, María Julia Muñoz, el expresidente Julio María Sanguinetti, el intendente de Maldonado, Enrique Antía, el futuro ministro de Cultura, Pablo da Silveira, el arquitecto Carlos Ott, el escultor Pablo Atchugarry y el presidente electo Luis Lacalle Pou.

Todos hablaron con respeto, todos aplaudieron y luego compartieron un asado criollo con el público en general. No hubo un solo silbido, una sola mala cara ni ninguna patota con bombos pretendiendo callar a nadie.  

Por eso cuando el expresidente José Mujica le explica a EFE que no quiso ser candidato a presidente para no polarizar el país hay que parar la oreja. “No quiero un país como en la Argentina, con la grieta, medio país contra medio país. No quiero, lo detesto, porque somos un país de cuatro gatos locos, tres millones y poco. No podemos darnos el lujo de tener medio país contra medio país porque nos vamos al carajo y renuncié porque yo sé que polarizaba. Lamento que me parece que hay gente que no se da cuenta de eso, el peor veneno de este país es la polarización. Veremos lo que pasa”, dijo.

Si Mujica realmente piensa lo que dice no debería tener problema en predicar con el ejemplo y canalizar las tensiones necesarias de la democracia por las vías institucionales ya existentes, condenando de plano las amenazas de desbordes sindicales o los discursos altisonantes de militantes radicales.

Pero que se tiendan puentes sobre las grietas no es responsabilidad exclusiva de Mujica, ni del Frente Amplio. Es un sayo que también le cabe al presidente electo y a los cinco partidos de la coalición multicolor, cada uno con sus matices y estilo propios, más allá del objetivo común expresado en el documento Compromiso por el País.

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