27 de febrero 2022 - 5:00hs

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El sombrío espectáculo de los tanques rusos entrando en Ucrania ha destrozado el sueño que Europa se atrevió a creer durante tres décadas: que nunca más se presenciaría una guerra de esta escala en el continente. La agresión brutal y sin provocación contra su vecino por parte de un país con uno de los mayores ejércitos del mundo recuerda los más desoladores momentos del siglo XX. La invalidación de los intentos realizados desde 1945 para convertir el respeto de la soberanía y la integridad territorial en un principio fundacional de las relaciones internacionales acarreará un grave costo humano, así como repercusiones mucho más allá de Europa. El capítulo de la historia abierto por la caída del Muro de Berlín, el cual traía la esperanza de que los Estados pudieran elegir sus destinos dentro de una “casa común europea”, se ha cerrado. Un nuevo capítulo, más oscuro, ha comenzado.

La agresión de Putin, para ser claros, se basa en falsedades gemelas. Una es que se trata de una guerra de liberación, de “desnazificación” de Ucrania. Durante ocho años, la maquinaria propagandística del Kremlin ha difundido la mentira de que el derrocamiento del presidente Víktor Yanukóvich fue un “golpe neonazi respaldado por el Occidente”. Había grupos de extrema derecha entre la amplia variedad de manifestantes contra la cleptocracia prorrusa de Yanukóvich. Pero nunca se han contado entre los líderes poslevantamiento. La democracia ucraniana está lejos de ser perfecta, pero — a diferencia de la rusa — es real. El primer presidente elegido libremente desde 2014 fue un magnate que hizo gran parte de su dinero en el negocio de la confitería. El segundo, Volodymyr Zelensky, es un exactor y comediante judío cuya primera lengua es el ruso.

La segunda falsedad es que este conflicto fue provocado por el Occidente y por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En los casi 14 años transcurridos desde que la alianza del Atlántico Norte declaró que Ucrania y Georgia serían algún día miembros, nunca se ha puesto a Kiev en el camino a la adhesión. La unanimidad necesaria para admitir al país nunca existió, y era improbable que la lograra en un futuro próximo. La sabiduría de la ampliación de la OTAN hacia el este tras la Guerra Fría se debatirá en los próximos años. Pero, contrariamente a lo que afirma el Kremlin, no se dieron garantías de que esto no ocurriría. La ampliación tampoco fue algo que la alianza buscara o impusiera. La OTAN respondió a las peticiones de los países que, tras haber pasado décadas bajo la dominación soviética, querían asegurarse de que esto no volviera a ocurrir. Esos países verán la invasión de Ucrania como una reivindicación de sus temores.

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El hecho de que Ucrania no sea miembro de la OTAN significa que el Occidente no tiene la obligación de intervenir militarmente en su defensa. EEUU y los aliados europeos han descartado hacerlo por miedo a desencadenar la aterradora confrontación de rivales con armas nucleares que el mundo se ha esforzado por evitar durante siete décadas. Putin ha amenazado abiertamente con “consecuencias nunca antes experimentadas en su historia” contra cualquier nación que interfiera en su invasión. Pero las potencias occidentales tienen la obligación moral de prestar toda la ayuda posible — salvo la participación militar directa — a Ucrania, un país al que han animado a integrarse más estrechamente con sus instituciones.

La asistencia militar para ayudar a los ucranianos a defenderse del avance de Moscú debería intensificarse. El presidente de Rusia ha afirmado — aunque ha mentido a lo largo de esta crisis — que no planea una ocupación. Sería una inmensa tragedia para Ucrania verse arrastrada a una prolongada y sangrienta insurgencia. Sin embargo, cuanto mayor sea el costo inicial de la embestida de Putin, mayor será la posibilidad de que limite sus objetivos, o de que encuentre resistencia en casa por parte de los rusos, los cuales tienen fuertes lazos familiares y culturales con Ucrania.

Los países occidentales deben redescubrir la voluntad de contener a Moscú que mostraron durante la Guerra Fría. Deben estar preparados para utilizar su principal arma, las sanciones económicas y financieras, con el máximo efecto. Ya no se trata de disuadir al presidente de Rusia, sino de imponerle el costo más alto por sus acciones y de restringir su capacidad para financiar su insensato aventurerismo. Esto también implicará considerables peligros: efectos de reacciones negativas y represalias por parte del Kremlin, incluso a través de amenazados medios “asimétricos”, como los ciberataques. Las interrupciones accidentales o deliberadas del suministro de gas natural ruso pudieran llevar los precios a niveles que empequeñecen los máximos de los últimos meses y provocar escasez en Europa. Los precios del petróleo y del gas ya se están disparando. Las suposiciones sobre el crecimiento económico y la recuperación tras la pandemia de coronavirus pudieran verse alteradas.

Si los aliados democráticos van a defender sus libertades y valores por medios no militares, ellos deben estar preparados para soportar las dificultades económicas, y deberían estarles explicando esto a sus poblaciones. Los países al oeste de Ucrania también deben estar preparados para recibir una posible oleada de refugiados que pudiera superar con creces la procedente de Siria y del Medio Oriente en 2015.

Aquellas naciones que pudieran estar tentadas a ponerse del lado de Rusia y ayudarla a resistir las sanciones internacionales deberían pensarlo detenidamente. El presidente de China, Xi Jinping, ha respaldado la oposición de Moscú a una nueva ampliación de la OTAN. Sin embargo, su ministro de Relaciones Exteriores ha hecho un llamamiento a todas las partes para que muestren moderación y resuelvan la crisis de Ucrania mediante el diálogo. El ataque de Rusia a un país con el que China tiene vínculos económicos desafía el principio de respeto a la integridad territorial propugnado por Beijing. Es cierto que China tiene sus propias ambiciones con respecto a Taiwán, el cual considera parte de su territorio. Pero una batalla campal a nivel mundial en la que ya no se respetan las fronteras no necesariamente beneficia a Beijing más que a sus homólogos mundiales.

Al igual que en los largos años de la Guerra Fría, es vital que las democracias continúen su compromiso con la sociedad rusa y — en la medida en que puedan penetrar la niebla de la desinformación del Kremlin — que dejen claro que su disputa es con los líderes del país, no con su pueblo. Los políticos y los medios de comunicación estatales les han mentido a los rusos, pero es posible que se sientan cada vez más incómodos con una guerra contra un país “hermano”. Las élites del país se han sometido a Putin como el consumado árbitro durante 20 años porque parecía el mejor garante de la estabilidad y de su propia riqueza. Él ahora ha lanzado una temeraria guerra para derrocar al gobierno de un país vecino. No es imposible que por último acabe desestabilizando el suyo.

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