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Quino, un radiógrafo inmortal de la realidad y la injusticia que fue mucho más que Mafalda

El caricaturista murió este miércoles a los 88 años y dejó a sus espaldas un legado que atraviesa fronteras y une realidades

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30 de septiembre de 2020 a las 18:27

En 1976, cuatro meses después de que la dictadura hiciera metástasis en la Argentina, tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos fueron asesinados por los militares en la iglesia San Patricio de Belgrano, en Buenos Aires. Acusados de subversión y adoctrinamiento comunista, los cinco fueron ejecutados y dejados tirados en el piso. Y la escena no sería mencionada en este espacio si el crimen no hubiese estado enmarcado por un objeto extraño y casi que anecdótico: un afiche en el que Mafalda, la niña de Quino, señala la cachiporra de un oficial de policía y suelta su frase: “¿Ven? Este es el palito de abollar ideologías”. El cartel estaba pegado en una de las paredes de la habitación. Terminó sobre los cuerpos muertos de los dos hombres.

Esa misma imagen, quizás una de las más populares del personaje, apareció varias veces en las redes sociales este miércoles. Conectó así un período de casi cincuenta años y reflejó la vigencia de un artista que le marcó la cancha a la realidad con un humor que podía ser tan sutil como implacable. Que podía, y con sentido, estar presente en una escena tan cruenta como la anterior. Porque Joaquín Salvador Lavado Tejón, que se llamó Quino y que murió este miércoles a los 88 años, era así: un camión ilustrado que midió la temperatura de la sociedad como pocos y que, a puro lápiz y sin concesiones, se metió en el corazón, en la mente y en las revoluciones internas de un montón de personas.

Las pruebas están a la vista. Son su legado. Y hoy bastaba con escribir Quino en una red social y ver las infinitas despedidas, los lamentos, los saludos finales. Así aparecieron publicaciones de El País de Madrid recordando sus mejores fotos, El Mundo rescatando el Quino fuera de Mafalda, Alejandro Sanz posteando la imagen de la curita en el alma, Evo Morales “sumándose al dolor del pueblo argentino”, Mauricio Macri, la ONU, Graciela Villar, UNICEF, a un ministro mexicano, a librerías en España, a todos encolumnados detrás del ilustrador. Twitter, de esta manera, se convirtió en una larga tira que escoltó su final. Y como solo los grandes pueden hacerlo y como pasó con el resto de los espacios que su trabajo alcanzó, por un rato ese micromundo que por momentos es infecto se convirtió en un mejor lugar.

Ametralladora a grafito

“Yo quería ser Picasso, pero hubo un momento en que me di cuenta de que no me daba para ser Picasso. Pero reconocimientos como éste a uno le hacen pensar que ha hecho algunas cosas que a la gente le gustan. Y eso da muchas satisfacciones. Una cosa que me dice mucha gente es ‘gracias por todo lo que nos has dado’. Yo me quedo pensando qué les he dado. No soy muy consciente de lo que he hecho”.

En Buenos Aires, varios le dejaron flores al autor en el banco del monumento a Mafalda

Así era él. Como lo explica en ese extracto del discurso que dio cuando le dieron el premio Príncipe de Asturias, en 2014. Se quedaba pasmado cuando la gente se rasgaba las vestiduras en alguna de sus presentaciones; no terminaba de comprender cabalmente su alcance y le rechinaba una exposición masiva que, a su pícaro juicio, era un montón.

No se puede decir, sin embargo, que no trabajó para ello. Para meterse en la sensibilidad ajena y no salir más. Mendocino, hijo de inmigrantes andaluces, hijo del año 1932, Quino empezó a dibujar a los trece años en la Escuela de Bellas Artes. Al tiempo se aburrió de "los yesos y las ánforas" y pasó a la caricatura. Ya en Buenos Aires, debutó en la publicación en el semanario Esto es. Y en 1964, en las páginas de la revista Primera Plana, mostró por primera vez el perfil retacón y curioso de Mafalda, una niña bien despierta y en un loop reflexivo por el que le lloverían los laureles.

Mafalda cosechó una fama imponente. Sobrepasó cualquier expectativa del propio dibujante y con esa extrañeza que lo caracterizaba, tampoco entendió muy bien su fenómeno. “Lo de la vigencia de Mafalda no lo entiendo. El mundo está cambiando mucho y la gente sigue leyendo cosas que uno dibujó hace tanto tiempo, que pareciera que no cambió nada porque no serían temas vigentes. Estoy en un momento de despiste, no entiendo lo que está pasando”, decía en otra entrevista, también concedida en la gira del premio Príncipe de Asturias.

Despiste o no, Mafalda se quedó con él para siempre. Incluso después de que decidió dejar de trazar sus contornos, nueve años después de su primera aparición. El miércoles de su muerte, su niña fue de nuevo la imagen más recurrente.

Pero fueron varios los que prefirieron destacar su obra paralela o siguiente, esos dibujos que cargan con oscuridades más profundas y que le hincan el diente al dolor de su país, a la desigualdad, a las injusticias a las que él decidió enfrentar con el lápiz. Su propia arma de destrucción –¿o de creación?– masiva.

“Quino retrató la violencia de los años 70 del pasado siglo en unas tiras ¿cómicas? particularmente duras. (…) La dictadura y la barbarie humana, el fantasma de la Guerra Civil española, el antibelicismo por encima de todo, la lucha de clases, el drama de la inmigración. Temas universales tratados a través de personajes de trazo simple. De ricos y pobres, de amos y esclavos. Y de Dios, otro de los personajes habituales en sus dibujos. Pero también del tipo común normal y corriente, el de las miserias humanas. Otra viñeta: una familia se junta para celebrar el cumpleaños de la abuela, ya anciana; le hacen regalos, soplan las velas y ríen pero cuando todos se marchan es la abuela, en silla de ruedas, la que recoge la mesa y friega los platos. Detrás de la caricatura naif, el mazazo de realidad”, escribe Vanessa Graell en Más allá de Mafalda: el Quino del humor negro, una nota publicada ayer por El Mundo de España.

“Dibujo porque hablo mal”, dijo alguna vez, como queriendo excusar la inundación de dibujos que dejó a la posteridad. Como buscándole una explicación a una forma de expresión que terminó comunicando mucho más que cualquier palabra o frase hecha. Quino dibujó, y como dibujó, quedó. Se acaba de morir, lo llora la gente buena de Argentina y el mundo –así lo despidió su editor y amigo Daniel Divinsky– y su pulso firme sigue vibrando y haciendo vibrar a los demás, a los que dibujan y a los que no. Entre ellos está Liniers, otro ilustrador ilustre, que eligió saludarlo con tres corazones rotos en Twitter y la imagen de una de sus creaciones abrazando a Mafalda. Un abrazo en el que están incluidos todos los que alguna vez sonrieron, quizás amargamente, quizás con ironía o complicidad, con cualquiera de los trazos que Quino dejó.

 

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