De un tiempo a esta parte me he convencido que el resultado más probable del ciclo electoral en curso es la derrota del Frente Amplio. Esta conclusión se apoya en diferentes piezas de evidencia, algunas de las cuales he ido presentando durante los últimos meses. Un aspecto de apariencia paradójica de este proceso es que coincide con uno de los mejores momentos de Uruguay en diversos indicadores internacionales. Dicho de un modo más sencillo: el partido de gobierno está a punto de perder las elecciones, aunque, en términos comparados, al país le va muy bien. ¿Cómo se vinculan estos dos datos entre sí? ¿No es, acaso, una contradicción?
Empecemos por revisar la información comparada sobre América Latina en varias dimensiones fundamentales. De acuerdo a los últimos datos presentados por el Banco Mundial, Uruguay y Chile ocupan los dos primeros lugares en términos de PBI per cápita. Nuestro país tiene el menor nivel de pobreza y la mejor distribución del ingreso. Chile (44), Argentina (47) y Uruguay (55) son los tres únicos países de la región que están en la “lista corta” de naciones con Desarrollo Humano Muy Alto de acuerdo a las mediciones del IDH. Uruguay ocupa el puesto 23, superando a Chile (27) y Costa Rica (48) en el ranking de países más “limpios” de América Latina (con menor nivel de corrupción) de acuerdo a Transparencia Internacional. Nuestro país, finalmente, encabeza el ranking regional de calidad de la democracia, superando a Costa Rica y Chile. Democracia plena, bajo nivel de corrupción, combinación exitosa de crecimiento y distribución del ingreso, desarrollo humano… No está nada mal.
¿Por qué si, en términos relativos, “vamos bien”, el Frente Amplio se encamina a perder su hegemonía de quince años? Desde mi punto de vista porque el partido de gobierno ha venido retrocediendo en la batalla discursiva. La oposición ha logrado ser muy persuasiva a la hora de señalar problemas y cuentas pendientes. Ha evidenciado el déficit en materia de seguridad ciudadana (la tasa de homicidios está en nivel de “epidemia”). Apoyada en datos del INEED, se las ingenió para mostrar con toda claridad que tenemos problemas graves de cobertura y desigualdad en enseñanza secundaria. También comunicó exitosamente el fracaso del gobierno frenteamplista en el control del déficit fiscal, y elaboró razones comprensibles respecto al enlentecimiento de la economía (explicando las razones del deterioro creciente del clima de negocios).
Dicho de otro modo: el Frente Amplio no va a ser derrotado por el peso de los hechos sino por la elocuencia de las palabras. No es la economía. No es el desempleo creciente. No es la inseguridad. Es la política. Es el efecto de la competencia política. El partido de gobierno va camino a ser derrotado porque la oposición hizo bien su trabajo. Estudió a fondo los problemas, denunció estruendosamente los fracasos, construyó con cuidado alternativas viables. Lo que han blancos y colorados durante estos años, en esencia, no es muy distinto a lo que hizo el Frente Amplio mientras estuvo en la oposición. Después de la dictadura Uruguay vivió quince años de progreso económico y social. Durante ese lapso el Frente Amplio estudió problemas, denunció fracasos, construyó alternativas. Por eso mismo, entre 1985 y 1999 logró duplicar su apoyo electoral. Gracias a la crisis del 2002, trepar del 40% al 50% entre 1999 y 2004 fue mucho más fácil.
Esto conduce a lo que más importa destacar en términos conceptuales. Es cierto que, cuando se supera cierto límite, la competencia electoral puede generar problemas de gobernabilidad. La experiencia de los años sesenta, en ese sentido, es muy ilustrativa y no debería ser olvidada por los propios partidos. Pero lo que realmente hiere de muerte la posibilidad de progresar es la ausencia de verdadera competencia electoral. No hay país que prospere si no descubre a tiempo sus flancos débiles. Lo que realmente inhibe la capacidad de evolucionar es el conformismo. Sobre esto también tenemos mucha experiencia. El país acumuló problemas a mediados del siglo pasado cuando se dejó ganar por una atmósfera narcisista sintetizada en la frase “como el Uruguay no hay”. Este clima se vio facilitado por el debilitamiento de la oposición nacionalista luego del golpe de Estado de 1933. La fractura del Partido Nacional lo debilitó como alternativa de gobierno.
No hay protección más efectiva contra el riesgo del conformismo que la competencia electoral. Los tres partidos que gobernaron desde 1985 en adelante se tomaron su trabajo muy en serio. Pero el progreso de este país no puede ser explicado por lo hecho por los sucesivos elencos de gobierno. Uruguay prosperó después de la dictadura porque siempre hubo partidos de oposición con vocación por el poder. La lógica es simple. Como quieren triunfar se esfuerzan por descubrir problemas, por alertar a la opinión pública y por elaborar alternativas que permitan solucionarlos. Como saben que es mucho más difícil mantenerse en el poder que alcanzarlo, cuando les toca gobernar procuran no fracasar. En suma. Las oposiciones exigentes obligan a los partidos a dar lo mejor de sí mismos. Los buenos gobiernos, a su vez, obligan a las oposiciones a trabajar con ahínco en las cuentas pendientes.
Doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR