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Sobre la eutanasia: ¡Hablemos de nuevo de vivir!

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06 de julio de 2020 a las 14:54

Por Laura Gallinal

El momento no es bueno para pensar en leyes de muerte, decía yo misma hace unos días en una carta que ha tenido amplia repercusión.

Ahora que parece estar dominada esta pandemia gracias, entre otras cosas, al respeto a la libertad de todos nosotros que ha demostrado el gobierno, debemos volver a la reflexión sobre la vida en nuestra sociedad y nuestro futuro.

Sigamos buscando argumentos para el tema de la vejez y la ancianidad. Los argumentos que he leído no me aportan ideas que me hagan inclinar la balanza hacia el lado del suicidio asistido o eutanasia.

Es sencillo. Mi modo de percibir la muerte como un hecho que, en el transcurso de su vida toda persona percibe como un final ineludible, un hecho al que la vida misma va poniendo interrogantes, respuestas y puntos suspensivos, y siempre como telón de fondo la humana certeza de la dolorosa separación.

Una separación, sí, pero acompañada por seres que nos quieren, con una mano amiga que nos trasmita paz, un gesto que llegue al corazón y una palabra de aliento hasta el final.

Todo eso estará allí, pensamos, donde también ahora están los adelantos de la ciencia, gracias a Dios, los famosos y bienvenidos cuidados paliativos que van en auxilio de quien sufre mucho o poco en ese momento crucial y que calmarán dolores y angustias, y la muerte vendrá paso a paso con paz y sin intervenciones extremas.

¿Por qué quitar la vida? ¿Por qué no aspirar más bien a que todo uruguayo tenga la posibilidad real de poder acceder a esos cuidados paliativos en hospitales y residencias de ancianos, y esforzarnos para que tengan cariño, no sientan la soledad y muchas veces el abandono?

Se trata de mejorarles la vida, no la muerte. 

Con el suicidio asistido resuelvo, tomo la responsabilidad de quitarme la vida, o de ponerle fin a una vida que no es la mía.

¿Cuál es el límite, ese límite sutil que me tomo el derecho de transgredir?

Tengamos cuidado de no dejarnos llevar por la impaciencia, por la forzada decisión de intervenir y empujar a un final que nadie nos da derecho a ejecutar y que algún día lamentaremos.

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