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Tres odios del progresismo

¿Por qué tantos progresistas detestan a Dios, la patria y la familia?

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18 de noviembre de 2019 a las 05:02

El 8 de marzo de 2019 Monica Cirinnà, una política italiana de izquierda, principal impulsora de la ley sobre las uniones civiles homosexuales vigente hoy en Italia, participó en una manifestación feminista portando un cartel con el siguiente texto: “Dios, Patria, Familia… qué vida de mier**”. ¡Qué poder de síntesis! La Cirinnà logró así la proeza de superar en expresividad a Eulogio López, el católico director de Hispanidad.com, quien desde hace años viene diciendo que el slogan que mejor define al progresismo es “Abajo los curas y arriba las faldas”…

¿Por qué con frecuencia los progresistas detestan a Dios, y especialmente al Dios cristiano? Probablemente odian al Dios del cristianismo porque es el Creador de un hombre dotado por Él de una naturaleza determinada y llamado por Él a un fin determinado, lo que implica la existencia de una ley moral universal e inmutable. La ley moral es el camino establecido por Dios que, partiendo de lo que el hombre es en virtud de su naturaleza creada, lo conduce verdaderamente hacia el cumplimiento de su vocación sobrenatural. En general los progresistas niegan la existencia de una naturaleza humana fija y de un fin último objetivo de nuestra existencia, lo cual los lleva a negar la existencia de un orden moral objetivo. Su noción de la moral tiende fuertemente al subjetivismo: no somos más que lo que queremos ser y cada uno de nosotros busca la felicidad a su manera, sin estar sujeto a ninguna obligación moral absoluta ni a un juicio final. Obviamente, en esa perspectiva relativista el Dios de los cristianos “molesta” infinitamente más que el Dios de los deístas: un Gran Arquitecto Del Universo que no cuida con entrañable amor a sus criaturas racionales sino que tiene con ellas una relación más distante que la de los hombres con las hormigas.

¿Por qué con frecuencia los progresistas odian o menosprecian a la Patria y el patriotismo? Quizás porque también las tradiciones patrias son obstáculos para la inexorable marcha de la humanidad hacia el Progreso (con pe mayúscula) en la que creen religiosamente los progresistas. El progresismo tiende con fuerza a un “globalismo” que pretende acabar con las soberanías nacionales, considerándolas erróneamente como fuente de muchos males. Ese globalismo rechaza uno de los principios básicos de la doctrina social cristiana, del que ya escribí aquí varias veces: el principio de subsidiariedad. Este principio se aplica también en el nivel mundial: los organismos internacionales no existen para sustituir o absorber a los distintos Estados nacionales, sino para ayudarlos a alcanzar más eficazmente su propio fin y el bien común de la humanidad.

Estos dos primeros odios del progresismo (a Dios y a la Patria), más la fe en el socialismo colectivista, son puestos de manifiesto en la letra de la célebre canción Imagine de John Lennon: “Imagina que no hay un paraíso. Es fácil si lo intentas. No hay un infierno debajo de nosotros. Arriba de nosotros, sólo el cielo. Imagina a toda la gente viviendo para el hoy. Imagina que no hay países. No es difícil hacerlo. Nada por lo cual matar o morir, y tampoco ninguna religión. Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz. (…) Imagina que no hay posesiones. Me pregunto si puedes. No hay necesidad de codicia ni de hambre. Una fraternidad del hombre. Imagina a toda la gente compartiendo todo el mundo”. ¹

Si los participantes habituales del Foro Económico Mundial de Davos fueran muy sentimentales, cosa que dudo, quizá, tomados de la mano, cantarían Imagine como un himno de su movimiento secularista y globalista. No les preocuparía demasiado lo de “Imagina que no hay posesiones”. También los “bienes colectivos” necesitan gestores. ¿Y quién mejor que ellos para cumplir esa sacrificada labor?²

¿Y por qué con frecuencia los progresistas detestan a la familia, es decir a la familia natural o “tradicional”? Ante todo porque la familia natural (padre y madre, unidos entre sí en matrimonio, e hijos) es un gran baluarte contra el “Progreso” que apunta hacia un mundo sin Dios, sin patrias y sin posesiones (es decir: sin posesiones para la gente común y corriente). Los progresistas tienden a soñar con un mundo en el que los niños no sean educados ya por sus padres, sino por el Estado (primero nacional y finalmente mundial). En ese mundo el matrimonio perdería su principal razón de ser y sería reemplazado por relaciones más o menos volátiles. Al final, sin el apoyo incondicional de una institución familiar fuerte, sin arraigo en ninguna comunidad religiosa ni nacional y sin una esperanza ultramundana, los hombres serían como “niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana” (Efesios 4,14). ¿De dónde sacarían fuerzas para enfrentarse a los proyectos de dominación? En verdad el progresismo es un opio de los pueblos.

1 La traducción es mía.

2 No hay por qué pensar que todos los capitalistas son partidarios de la libertad económica. Por ejemplo, a John D. Rockefeller, fundador de la Standard Oil, empresa que a fines del siglo XIX gozaba  de un cuasi monopolio del petróleo en Estados Unidos, se le atribuye la frase: “La competencia es un pecado”. Un pecado contra los intereses de los monopolistas, claro.

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