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Twitter en el abismo: ¿qué ganamos y qué perdemos si cierra la plataforma?

Elon Musk compró la red social del pajarito azul y provocó terremotos digitales, empresariales y sociales; con un futuro incierto por delante, algunas claves de lo que podría deparar su eventual “apagón”

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04 de diciembre de 2022 a las 05:05

Elon Musk abrió la billetera y el mundo tembló. O, mejor dicho, un mundo tembló. Recostado en casi 200 millones de usuarios que publican alrededor de 750 millones de mensajes al día, Twitter sacudió a sus habitantes en las últimas semanas con noticias nuevas, señales extrañas, temblores empresariales y las puertas del futuro que se entrecerraron y dejaron pasar, apenas, la luz de un porvenir incierto. Con el creador de Tesla y Space X ahora al frente, lo que se puede adelantar o pronosticar es poco. O más bien nada. Es lo que tiene estar en el bolsillo de un multimillonario megalómano con ínfulas de paladín de la libertad digital. 

Desde su gestación, la compra de Twitter por parte de Musk fue entreverada. Entre juicios y negociaciones, cuando al final se concretó, el empresario —que, está claro, se cree una suerte de Tony Stark fuera de la pantalla— empezó a vociferar cambios: verificación para quienes la paguen, amnistía para cuentas bloqueadas, el bendito botón de edición. El problema, claro, es que todos los anuncios aparecieron en medio de un éxodo interminable de empleados despedidos. En las últimas semanas, Musk podó la plantilla de funcionarios de la compañía con un ultimátum que pocos aceptaron y que dejó a Twitter con una cantidad mínima de trabajadores como para mantenerse operativa y seguir existiendo. Muchos usuarios, sin embargo, levantaron la ceja y se preguntaron hasta cuándo. ¿Significa esto el preámbulo del fin? ¿La compra de Musk fue, quizá, el golpe al mentón para la red de microblogging creada por Jack Dorsey en 2006?

Muchos lo creyeron y muchos lo creen. El fin de Twitter se convirtió, hace algunos días, en lo más comentado en Twitter. Muchos usuarios empezaron a postear lo que empezarían a hacer cuando desapareciera la posibilidad de postear. Otros recopilaron los mejores momentos de la plataforma, en una suerte de panegírico colectivo que incluyó cosas como el meme de emosido engañado o aquella maravillosa pregunta de Jair Bolsonaro sobre el significado de golden shower. Después, hubo varios que desconfiaron. Ya se pronosticó el final del mundo unas cuantas veces y todavía no pasó. ¿Por qué debería terminarse este? Twitter, al parecer, no se acabó. Twitter está aguantando el cimbronazo. Por ahora, ahí está.

Pero hubo despedidas. Y algo de nerviosismo. Preguntas abiertas. ¿Y si esto de verdad se termina? ¿Y si a partir de ahora esta indignación corrosiva en la que nos zambullimos a lomos del pájaro azul deja de existir y lo único que pasa a dominar es el optimismo extremo y voyeurista de Instagram o el algoritmo cocainómano de TikTok? O Facebook: ¿ese antro sigue abierto? ¿Qué pasa si esta otra existencia que cultivamos durante años desaparece? ¿A dónde va ese otro yo? ¿Quién piensa en esas 200 millones de muertes digitales? ¿Debería ser un problema? ¿Lo es? ¿Deberían buscarse alternativas? Porque algunos lo hicieron. Varios crearon perfiles en Mastodon, por ejemplo, una red que se asemeja bastante a Twitter y que aboga por el software libre. 

La columnista Paloma Llaneza, de El País de Madrid, lo cuenta así: “El viernes pasado lo entregué a despedirme de mi TL como los borrachos que se sientan en las aceras en plena exaltación de la amistad porque no saben si esta será la última vez que van a querer a ese que, por otra parte, tienen silenciado desde 2019. Intercambiamos teléfonos por DM cantando El final del verano con la promesa de volver a vernos todos en Mastodon, la red federal que ha visto multiplicarse sus usuarios hasta llegar a siete millones de almas desesperadas por mantener el contacto ante el colapso anunciado”. Después, se pone más seria: “El colapso de Twitter no es el del divertimento de unos cuantos. Es la caída de la sala de prensa universal, de los teletipos de bolsillo, el hundimiento de la plaza pública digital construida sobre los servidores de una empresa privada. Por su ubicuidad, su adopción por casi 250 millones de usuarios en los últimos 16 años, y su condición de archivo público de facto, Twitter es la nueva Biblioteca del Congreso. No hemos visto nada similar y, si no aprendemos, no lo volveremos a ver.”

La escritora y periodista Marta Peirano, en tanto, también se hace preguntas en su última columna en ese mismo medio: “En una época de verborrea globalizada, donde todo el mundo ejercía su derecho a expresar libremente sus opiniones en el nuevo ecosistema mediático digital, la genialidad de Twitter fue imponer un régimen de 140 caracteres, llevando la conversación a un escaparate donde pronto triunfaron los magos del titular: periodistas, políticos, predicadores y esa gente capaz de vender a su abuela por decir algo realmente incontestable. Entre todos levantamos un reino tóxico y fascinante, violento y cautivador. Ahora que Twitter podría ser destruido por la incompetencia de su nuevo dueño, ¿adónde irán sus habitantes? ¿Sobre qué piedra edificarán su iglesia los nuevos profetas, bajo qué piedra cocinarán las agencias sus campañas de desinformación?”, dice. Y deja el debate servido.

Hablan los usuarios

En Uruguay no hay números demasiado claros de la cantidad de usuarios que tiene Twitter a fines de 2022, pero para 2019 arañaba los 500 mil. Sin embargo, hay algunos datos más concretos y recientes que se desprenden de una encuesta que data de 2021 de la consultora Cifra. Según esa consulta, la red social de Musk es la cuarta que más usan los uruguayos por detrás de Whatsapp, Facebook e Instagram. Sin embargo, eso sucede dentro de la población más adulta: entre los menores de 29 años la que la desplaza es TikTok. La incidencia de Twitter en Uruguay, en comparación con el resto del mundo, no es demasiada. Se calcula que menos del 30% de la población tiene una cuenta allí y el porcentaje que participa activamente es aún menor. 

Pero incluso con esa baja incidencia, la chacra uruguaya tuitera tiene sus paladines y caudillos. Los más seguidos son futbolistas y políticos, pero hay algunas personalidades que acumulan cientos de miles de seguidores y utilizan la red como canal directo para toda clase de cosas: publicidad, cartelera de proyectos personales, hasta como panel de corcho para lo que sea que se les cruce por la cabeza. El comunicador Diego González, por ejemplo, es uno de los más seguidos del país. Si bien está lejos de los millones que acumula Luis Suárez, su perfil no está lejos del de Luis Lacalle Pou o Jorge Drexler: en este momento, el conductor de La aldea, programa que se emite por TV Ciudad, tiene 345.800 seguidores. Sin embargo, no tiene miedo de que ese número de repente desaparezca.

“Con el cierre de Twitter no creo que estemos ganando nada, porque seguramente ese tiempo de ocio que nos queda libre lo ocuparemos con alguna otra cosa similar. Pero sí perdemos un poco de inmediatez, porque para algunos usuarios es una fuente de información rápida y fácilmente chequeable, sobre todo si seguís portales de noticias serios. Es una herramienta bastante útil, en ese sentido. Pero no hay que dramatizar: si cierra Twitter, a la semana ya nos olvidamos y buscaremos otra cosa. No es tan trascendente”, dice a El Observador.

Por otro lado, para Irene Delponte, escritora, chef y usuaria activa de la red —tiene, a esta altura, alrededor de 15.300 seguidores—, el “apagón” del espacio podría verse más o menos así: “Los comentarios agresivos y la hostilidad, que son lo peor que tiene Twitter, están en todos lados y no se terminarían; ya existían desde los foros y los comentarios en portales de noticias. Las fake news tampoco. Creo que se perdería un lugar en el que podemos, primero que nada, elegir a través de quiénes nos informamos; segundo, el lugar donde nos informamos quienes crecimos mirando el noticiero y tomamos la elección —tal vez generacional— de no ver más televisión. Yo me enteré de la muerte de Néstor Kirchner antes que mis padres, que estaban en Argentina, y en su casa, porque ese día había censo. También es un lugar muy divertido para seguir eventos colectivos como entregas de premios, elecciones, mundiales de fútbol, juegos olímpicos o mismo ver episodios de series —como cuando mirábamos Game of Thrones o True detective—. También es una fábrica de memes y chistes que solo se entienden dentro de la red social. La cercanía, acceso a políticos, o personalidades de todo tipo genera intercambios superinteresantes que no se darían con fluidez en otra red social (dado el layout de la famosa timeline). En definitiva, creo que se perdería un canal de expresión e información muy importante, aunque seguro aparecería otro”.

La importancia de la pregunta

Para la politóloga y consultora Victoria Gadea, los últimos e inciertos días de Twitter han desencadenado una serie de reacciones positivas para entender la relación que hoy tenemos con esa plataforma. 

“La llegada de Musk a Twitter tuvo un efecto positivo, seguramente no buscado por el empresario. El hecho de preguntarnos qué pasaría si cierra Twitter es en sí mismo un ejercicio interesante. Explorar el lugar que damos a la plataforma, sus beneficios y perjuicios puede desatar un debate del que salgamos ganando. Incluso si tiene como resultado que lo mejor es abandonar esa red. De hecho, muchas personas del ámbito de la comunicación y la academia han abierto cuentas en Mastodon con el fin de llevar sus contactos y conversaciones a esta plataforma descentralizada”, explica a El Observador.

Gadea encuentra, además, otras ventanas que podrían abrirse en caso de una eventual desaparición de la red social. Por ejemplo, esboza la posibilidad de que el cierre se transforme en “una oportunidad para regresar a la promesa inicial de internet y generar una plataforma que democratice el acceso a la información, no fomente la incivilidad y todas las voces pesen lo mismo”. Ese horizonte, sin embargo, cree que todavía está lejos. 

“Otra oportunidad es la que hace a la producción de contenido por parte de los medios de comunicación. Eliminar la inmediatez de Twitter y el contacto cuasi directo de las personas políticas con la ciudadanía podría favorecer que se trabajen contenidos con mayor profundidad, menos exigencia en real time”, agrega. Lo que sí deja claro es que parece poco probable que las personas que toman decisiones, la política, los medios y la academia se queden sin un espacio donde interactuar e intercambiar información como Twitter. 

Justamente, una de las áreas que mira más de reojo la posibilidad del cierre de Twitter está en esa enumeración que ella hace: es el ámbito académico. Twitter ha sido casi desde sus comienzos un espacio de comunicación por antonomasia para ese grupo profesional, y quienes trabajan allí esperan que se mantenga con esas credenciales.

Desde el punto de vista académico, Twitter es la red por defecto para la comunidad internacional. Cuando uno publica un paper o un libro, entra a un congreso o hace un llamado a becas, entre otras cosas, esa plataforma era, y espero que siga siendo, el canal sine qua non. Si se pierde eso se pierden muchas redes académicas construidas”, explica Matías Dodel, doctor en sociología y docente del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Católica del Uruguay.  “Es un canal de comunicación entre académicos, más que de divulgación. Es un lugar donde quienes trabajamos en este ámbito leemos lo que hacen otros académicos, donde podés saber qué se está haciendo en tu área de estudio, lo que está de punta”, dice. 

Dodel, cuyo campo de estudio es la desigualdad digital y los derechos de niños y adolescentes en internet, cuenta también que cuando se empezaron a conocer algunas de las acciones empresariales de Musk, en la comunidad internacional académica —que según él tiende a ser progresista y pro derechos de los trabajadores—se planteó la idea de migrar hacia Mastodon como protesta y escape alternativo ante un eventual apagón.

“Creo que el cierre de Twitter sería una pérdida grande. Siempre defiendo la idea de que la cantidad de información es enorme y es difícil seguir todo en tiempo real y con calidad, por eso hay que elegir bien, o tener algunos curadores de contenidos sobre determinados temas, y eso está en la red. Es verdad que a veces es extremadamente violenta, pero hay cosas bastante positivas”, asegura.

En definitiva, es probable que la plataforma que ahora pertenece a uno de los millonarios más impredecibles del mundo siga allí para el momento en el que nos hayamos cansado de cuestionarnos sobre la posibilidad de que desaparezca. O puede que no. 

“En mi experiencia personal, extrañaría muchísimo Twitter, que ha sido una cantera de oportunidades en lo laboral, informativo y personal a pesar de que tiene mucho por mejorar. Seguramente la interrogante nos ayude a cuestionarnos el lugar que queremos darle a la conversación pública y también a los medios de comunicación, que son fundamentales para el desarrollo óptimo de la democracia”, dice Gadea sobre el final, y toca allí una fibra extraña, algo cercano a la experiencia personal e intransferible que es, al mismo tiempo, un fenómeno global: de alguna manera, quienes hemos usado Twitter a lo largo de la última década supimos entender y ver buena parte de lo que nos pasó como generación a partir de su algoritmo. Y sea eso bueno o malo, es un poco raro decirle adiós. 

Pero es raro, también, no saber si lo estamos despidiendo o no. ¿Se va? ¿Se queda? ¿Nos mudamos a Mastodon? ¿Aceptamos de una vez que la llegada de Musk es, también, el último toque de trompeta apocalíptica para la plataforma? Hay que esperar. La última palabra todavía no se dijo. Todavía hay espacio para continuar y evitar gritar, solos, sin seguidores y sin mensajes de 280 caracteres, emosido engañados.

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