11 de julio de 2015 5:00 hs

Ningún ámbito es más propicio que el de la literatura para aplicar el refrán de que "cuesta más mantenerse que llegar a la cima". Y es que le ocurre a muchos escritores eso de meter un golazo editorial, para después caer en una suerte de depresión artística que suele derivar en varios años de ausencia en las librerías o, en el peor de los casos, en la publicación de varios y sucesivos textos que no logran dar la talla.

El miedo a desaparecer de los estantes si no se publica con regularidad es igual de poderoso que el de arruinar una carrera por sucesivos chascos, lo que hace que el éxito artístico sea siempre un arma de doble filo, una alegría que puede derivar en un problema.

Las nuevas generaciones parecen haberse dado cuenta de este peligro y ya no ceden tan fácilmente ante la presión de las editoriales, los publicistas, los agentes o los tuits de los fanáticos. Escritores jóvenes como Zadie Smith, Joël Dicker o el propio Paolo Giordano (Turín, 1982), publican solo de tanto en tanto y cuando están seguros del material que tienen entre manos.

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El caso del italiano es paradigmático. Con solo 26 años este físico teórico con pinta de niño bien publicó La soledad de los números primos, una novela debut que le permitió ganar el premio Strega de 2008, el más importante galardón literario de Italia. Inmediatamente la obra fue traducida a varios idiomas y llevada al cine por el director Saverio Costanzo.

Para publicar su siguiente novela, El cuerpo humano, Giordano se tomó cinco años y el resultado es, para muchos, superior a su primer trabajo. Como de la familia, su última novela, muestra una vez más la voluntad del autor de no dejarse atropellar por el mercado y lo confirma como uno de los escritores jóvenes más importante del momento.

Todas las virtudes que distinguen al autor están presentes en esta historia que parte de la muerte de la señora A, que trabaja como empleada del hogar formado por un matrimonio y su hijo pequeño, para transformarse luego en un profundo análisis psicológico de las relaciones humanas, de pareja y familiares, que se producen a raíz de esa ausencia.

La escritura es soberbia, pulida, reluciente en cada una de las frases. Pero mejor aún es la estructura misma de la novela, donde Giordano maneja los tiempos narrativos con una soltura aplastante, salta del pasado al presente sin ningún esfuerzo y mezcla lo atroz con lo sublime sin dejar de ser nunca entretenido.

Hay que ver con qué eficacia resume el italiano el peso existencial de la nana, en torno a la que gira todo el equilibrio familiar, para después mostrar descarnadamente las sucesivas crisis que debe sortear el matrimonio, que van desde la estabilidad romántica de la pareja al forzado contacto con el hijo, que se revela como un ser desconocido para sus padres.

También son notables los capítulos donde se narra la lucha de la señora A con el cáncer, enfermedad que está descrita sin remilgos, con una brutalidad verbal que adquiere la misma ferocidad que el mal, lo que eleva la novela a otro nivel.

Además de ser un viaje intenso por esos recorridos, hay que decir que la novela es, antes que nada, moderna. Giordano no pierde el tiempo, no hay lugar aquí para descripciones físicas, de ambientes ni pasajes superfluos que se separen de la trama principal.

Todo lo dicho importa y no hay un por fuera de los protagonistas. Cáustica pero entrañable, dulce pero terrible, Como de la familia, confirma el talento de Paolo Giordano, un escritor a seguir.

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