Impresiones de una tarde de primavera dedicada a los siete fuegos del reconocido chef Francis Mallman y a los vinos uruguayos en el gran cierre de la segunda edición del Punta del Este Food & Wine Festival
Llegar temprano tiene ventajas. Por ejemplo, contemplar el armonioso ajetreo de los preparativos de una fiesta distinta, como la del domingo pasado, en la plaza del pueblo Garzón donde se realizó el cierre de la segunda edición del Festival Punta del Este Food & Wine.
La propuesta fue una vez más la atractiva cocina con fuegos al aire libre del reconocido chef Francis Mallman, quien hizo famoso ese recóndito lugar al instalar un hotel y restaurante. El que “madrugó” pudo apreciar las idas y venidas de los pasantes del Colegio de Cocineros Gato Dumas, su cansancio y su esmero, y las merecidas pausas para alejarse un poco de los fuegos.
Observar cómo Mallman hasta elegía los manteles para “el living” de la bodega argentina Finca La Anita o daba las últimas indicaciones mientras “robaba” una torta frita.
Los apuros de los encargados de los stands de las bodegas uruguayas o de los puestos de aceite de oliva para disponer entre bouquets de rosas sus folletos y productos. O a la propia Claudia Weiss, directora de Don Baez, cargando y acomodando sus ponchos y chales de lana. O a los niños del pueblo ofreciéndose a ayudar.
Y de a poco, la llegada de los comensales. Y escuchar conversaciones en inglés, francés o portugués. O la charla de la pareja argentina, que decidió vivir tres meses al año en Uruguay, y, mientras degusta vino, pregunta por chacras en la zona. O relojear la curiosidad de una brasileña que bajo su capelina no se pierde detalle de la ceremonia de liberar a los salmones de las capas de sal que permitieron su cocción, sin darse cuenta que a su lado, igual de curioso, presencia la operación el sushi chef ejecutivo del restaurante neoyorquino Nobu, Toshio Tomita.
Al final, caras de satisfacción, corazones contentos. Copas abandonadas por doquier y hasta quienes aprovecharon el pasto de la plaza para dormirse una buena siesta, al son de la banda de cuerdas El Club de Tobi.
Y los niños del pueblo corriendo, postre en mano, a sentarse tranquilos y golosos bajo la sombra de la galería del Club Social.