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Viaje a las Falklands: entre viento y pingüinos

A solo 2.000 kilómetros de la costa uruguaya, las Falklands o Malvinas (dependiendo del interlocutor) no son solo un conjunto de islas geográficamente hablando, sino que son un archipiélago cultural con costumbres atípicas para la región y un rincón de gran riqueza natural. A continuación, los invito a dejar de lado los prejuicios y prepararse para emprender un viaje entre pingüinos y vientos fuertes 

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07 de noviembre de 2019 a las 05:00

[Texto y fotos Andrea Sallé Onetto]

Casi me vuelo. El día soleado de finales de verano que se veía por la ventana del avión no auguraba ni el frío ni la intensidad del viento que íbamos a sentir al tocar tierra en el aeropuerto de Mount Pleasant, la base militar de las islas Malvinas o Falklands, como prefieren los locales que sean llamadas.
Consideradas un territorio de ultramar del Reino Unido (y con un reclamo de soberanía de Argentina aún vigente), las Falklands están compuestas por 778 islas y habitadas por menos de 3.000 personas. Stanley, su capital, concentra a más del 85% de la población total. Financieramente autosustentable, esta pequeña comunidad cuenta con su propia constitución y su propia Asamblea Legislativa, compuesta por ocho miembros elegidos democráticamente y un gobernador designado por la reina. Si bien poseen autonomía, el Reino Unido es responsable de su defensa y sus relaciones internacionales. Para sorpresa —o no— de los visitantes latinoamericanos, se respira muy poco de Latinoamérica. El idioma oficial es el inglés, su moneda, la libra y sus ciudadanos —los “isleños”— tienen pasaporte británico.

De turista en la capital

Invitada por la Embajada Británica en Uruguay junto a otra periodista, llegamos a las islas en una época especial: el fin de la temporada alta que va de octubre a marzo.

Al pisar la capital nos alojamos en el Malvina House Hotel, uno de los dos únicos hoteles que hay y, como buenas recién llegadas, decidimos salir a recorrer el centro de la ciudad, donde reinaba la calma y una arquitectura inmaculada de casas blancas de madera con techos de colores y jardines bien cuidados. En las calles no hay carteles de publicidad, no hay música, no hay árboles altos, no hay autos, no hay gente.
Al día siguiente la capital amaneció bien temprano y mucho más movida: se desarrollaba la Maratón de Stanley, la más austral del mundo. En ella, atletas de varias nacionalidades se dan cita año a año incluyendo a algunos argentinos que compiten en representación de asociaciones de excombatientes de la Guerra de las Malvinas de 1982. Este año, uno de ellos obtuvo el segundo lugar.

Aunque los argentinos son bien recibidos, su presencia tensa a algunos locales y más aún si alguno osa izar una bandera albiceleste. La guerra por la soberanía de las islas entre Argentina y el Reino Unido dejó una herida que aún permanece abierta entre los isleños y eso se ve reflejado en su afán constante por dejarles claro a los visitantes que ese es su hogar desde hace varias generaciones y que están orgullosos de su identidad. La realidad es que los 74 días de ocupación argentina marcaron un antes y un después en la historia de las islas, no solo por la experiencia traumática de sus habitantes, sino porque fue la base para su desarrollo como comunidad y su despegue económico. Actualmente las mayores fuentes de ingreso de las Falklands son la venta de licencias pesqueras, la ganadería ovina y el turismo, actividades que se crearon o potenciaron luego del conflicto.

No para cualquiera

Sebastián es uruguayo, cocinero graduado del instituto ITHU y llegó a las islas hace casi un año con un contrato de trabajo. “Al principio cuesta pila, la tranquilidad más que nada. Te acostumbrás, pero tenés que mantenerte ocupado, si no, te mata la cabeza”, dice. En la cocina del hotel Malvina, donde trabaja como asistente de chef, son muchos extranjeros y la mayoría están ahí para ganar dinero y experiencia. El salario de Sebastián es de unas 1.300 libras y casi todo lo ahorra, en parte porque es un buen sueldo y en parte porque no hay mucho en qué gastar.
Las islas se presentan como un lugar ideal para asentarse a criar hijos y tener un buen pasar, lo que podría explicar por qué el 70% de los jóvenes isleños que van a estudiar al exterior (todo financiado por el gobierno local) suelen volver a su ciudad natal luego de ganar experiencia profesional en otros lugares. Servicios como la salud y la educación son gratuitos para toda la población, y el desempleo y la criminalidad son casi inexistentes.
La vida cultural oscila entre las actividades deportivas y las salidas a comer o tomar algo. Los jóvenes —y los no tanto— concurren con frecuencia a los bares, cuyas pistas de baile se llenan de locales y visitantes los fines de semana. La música no dista mucho de la de un boliche montevideano y el alcohol corre como agua. Pero a las 23:30 suena una campana y las luces se encienden. Es la señal de que se terminó la fiesta. No importa que sea viernes y que la gente esté en su momento de más euforia, en Stanley, la diversión también cumple horarios.

Uno con la naturaleza

El mayor atractivo de las Falklands es su riqueza natural, tanto por sus paisajes inhóspitos como por su vida silvestre. Posee más de 400 especies de plantas, 220 especies de aves y 14 de mamíferos marinos. Los pingüinos son el animal estrella y puede encontrárselos en varios puntos de las islas y en absolutamente todo el merchandising de los gift shops que hay en la ciudad. Para el viajero que busca sumergirse en la naturaleza y tener un encuentro cercano con albatros, delfines, pingüinos, lobos, elefantes y leones marinos, este es su lugar. La garantía de ver la vida silvestre en su máximo esplendor es del cien por ciento.
El punto más cercano para hacerlo es Volunteer Point, una península a tres horas de la capital. El camino para llegar es a campo traviesa y pone a prueba las habilidades del conductor, ya que no hay un sendero marcado. La aventura vale la pena, porque los espera una playa de arenas blancas y aguas turquesas, hogar de tres especies de pingüinos: gentoo, magallánico y rey.
A 11 kilómetros de Stanley se encuentra Gypsy Cove, una bahía de aspecto caribeño rodeada de tussac (el pasto típico de la isla), que en primavera y verano alberga a una colonia de pingüinos magallánicos. La peculiaridad de esta zona es que los humanos no pueden acceder a ella porque es un campo minado en proceso de desmantelamiento. Un grupo de especialistas zimbabuenses están a cargo de la tarea que se ve dificultada por el viento constante. La playa está cerrada y es otro de los mojones que recuerdan la vigencia de la guerra de 1982.

Para los que buscan una experiencia más movediza, la empresa Outdoor Adventure ofrece varias actividades al aire libre: kayaking, escalada, senderismo, pesca y avistamiento de aves desde botes. Con un poco de miedo y envuelta en un traje completamente impermeable me lancé a hacer kayaking. Las aguas son tranquilas y la técnica es sencilla, incluso para principiantes. El cansancio en los brazos se siente luego de un rato de andar, en especial cuando es necesario esquivar las pesadas kelps, las algas marinas endémicas, que se enredan con facilidad en el remo. El paseo en kayaking tiene también otro objetivo: dar con los delfines y algún león marino. Nosotros no lo logramos, pero nos dejó una excusa para volver.

Carcass, la isla de Rob

Muchas de las atracciones naturales más impresionantes se encuentran fuera de Stanley, en las pequeñas islas del archipiélago a las que se accede mediante el servicio de avionetas operado por el Falkland Islands Government Air Service (FIGAS), por lo que emprendimos viaje en una de ellas.
La pista de aterrizaje era a campo abierto. La avioneta roja descendió con precisión y tocó suelo casi sin hacer ruido. De pie junto a una Land Rover 4x4 nos esperaba un octogenario robusto, de ojos celestes y piel curtida por el sol. Era Rob McGill, el dueño de Carcass Island, una extensión de tierra de 1894 hectáreas ubicada a una hora de vuelo desde Stanley.

Poblada desde 1873, la isla no solo alberga una posada para huéspedes con todas las comodidades, sino que es también el hogar de una rica flora y fauna. Rob es su propietario desde 1974 y, aparte de ser el administrador de la posada junto con su esposa Lorraine, es el guía turístico. Con suma parsimonia para conducir entre elevaciones de tierra y caminos inciertos, nos llevó de recorrida por su isla. La primera parada fue la residencia de los elefantes marinos. Enormes, olorosos y ruidosos, los mayores pinnípedos del mundo viven en su mayoría echados sobre la arena. Para trasladarse se arrastran como babosas gigantes a buena velocidad. Cada tanto, dos machos se enfrascan en una lucha, pero enseguida se cansan y vuelven a echarse. Algo me llama la atención en medio de tanta naturaleza: hay envoltorios y botellas de plástico en la orilla. “Es basura que tiran desde los barcos pesqueros”, explica Rob en inglés.
Dicen los isleños que Carcass es de las islas más lindas para visitar y no se equivocan. De camino a ver a los pingüinos, pasamos por paisajes con playas de arenas blancas, mar azul intenso, acantilados rocosos, pendientes, colinas y mucho verde.
Llegamos a otra de las bahías, esta vez, al hogar de los pingüinos gentoo, que residen allí todo el año. Con pasitos de delicada torpeza, van y vienen desde la playa hasta el centro de la colonia con un aire divertido. Aunque nos pidieron mantener una distancia de seis metros con cualquier especie animal para no alterarla, era suficiente para ver cada detalle y sacar fotos dignas de National Geographic.
Despedirse de Carcass y de las islas en general no es tarea sencilla. Luego de una semana uno se siente como en casa; se acostumbra al clima, al idioma, a dejar colgada la campera en el perchero colectivo del restaurante sin preocuparse, a apreciar la naturaleza de otra forma y a disfrutar del silencio o, mejor dicho, del silbido del viento.

Qué llevar y cómo llegar

Para ir a las Falklands no se necesita visa, simplemente pasaporte vigente, pasaje de vuelta marcado, seguro de viaje y el pago de una tasa de 25 libras al ingresar. Se recomienda llegar con todo previamente reservado. Sin contar el costo de los vuelos, un visitante que quiera quedarse una semana necesita un presupuesto estimado de entre 1300 y 1800 libras, para cubrir el alojamiento, las comidas, los vuelos internos y las excursiones.

La aerolínea Latam ofrece dos vuelos a las islas: uno los sábados desde Santiago de Chile con escala en Punta Arenas y otro los miércoles directo desde San Pablo, que se inaugurará el próximo 20 de noviembre. Al viajar desde Montevideo, hay que tener en cuenta los horarios de las conexiones, ya que puede ser necesario pasar una noche en Santiago o en San Pablo por las horas de espera.
Por más información: www.falklandislands.com

 

 

 

 

 

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