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Disney Dream: a bordo de una embarcación descomunal

Desde Orlando a las Bahamas, con paradas en Nassau y en la isla privada de Disney, una travesía a bordo de una embarcación descomunal. Alta gastronomía, teatro al mejor estilo de Broadway, entretenimiento full time para toda la familia en medio de las cristalinas aguas del mar Caribe

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17 de mayo de 2019 a las 05:00

[Por Guido Piotrkowski]

Mickey, Minnie, Pluto, Donald y Goofy bailan sobre el escenario. Un grupo de animadores acompañan. Mientras tanto, cientos de personas ondean sus manos, imitan los pasos y cantan el repertorio de Disney. La cubierta del piso doce del Disney Dream, el crucero más grande de la flota de cuatro embarcaciones que tiene Disney Company (que zarpó por primera vez en el año 2012), es una fiesta. Es el Sail Away Party, la celebración oficial de una travesía que parte desde Puerto Cañaveral, ubicado a noventa kilómetros de Orlando, en el sur de Florida, Estados Unidos, hacia las islas Bahamas.
Sin embargo, algunos pasajeros se desentienden del festejo. Prefieren el vértigo del AcquaDuck, un tobogán de agua que serpentea y rodea el barco. Se trata de un tubo transparente que sube, baja, toma una curva y otra a toda velocidad y sobrevuela el mar Caribe, que en el imaginario popular es sinónimo de aguas e islas idílicas, leyendas de piratas y fortunas. Y que en este atardecer cálido y un poco ventoso del otoño boreal acuna la fantasía flotante de Disney.
El Disney Dream es una embarcación descomunal, un acorazado de lujo de cien mil toneladas donde caben cuatro mil pasajeros y mil quinientos tripulantes distribuidos en catorce pisos con mil doscientos cincuenta camarotes, cuatro piletas y siete restaurantes. Desde el pantagruélico buffet del Cabanas, donde se almuerza a diario, a un par de opciones de alta gastronomía, exclusivamente para adultos, que funcionan solo con reservas. Dentro del sueño de Disney hay tiempo de sobra para el ocio, pero también, de tanto estímulo, se puede vivir a un ritmo de vacaciones desenfrenado, con actividades a toda hora, desde el desayuno hasta la última copa de la noche.
Así, los pasajeros pueden jugar un partido de básquet desafiando el viento marino que impera en la cancha del Goofy’s Sports Deck. En eso están, cómplices, un adolescente y sus padres. O al ping-pong, como juegan ahora un par de abuelos y sus nietos durante esta tarde-noche fresca en que abandonamos Puerto Cañaveral. O hacer la cola con las criaturas para que se tomen una foto con su personaje favorito e ir al Disney Theatre, donde todas las noches hay un espectáculo al mejor estilo Broadway con clásicos como La Bella y la Bestia

Atractivos en tierra firme

El segundo día, el barco se detiene temprano en Nassau, capital de las islas Bahamas. Aquellos que quieran, pueden quedarse a bordo y aprovechar las instalaciones de un navío desierto. Las piletas de Mickey y Donald para los chicos; siempre con un par de guardavidas atentos, las piletas para grandes, el spa, los jacuzzis, los bares varios; los espacios exclusivos y reservados para bebés, chicos, adolescentes y adultos.
A las diez de la mañana un chubasco tropical azota la isla. Algunos pasajeros dan marcha atrás, pero a otros la lluvia no los amedrenta y, munidos de su pilotín transparente con estampa de Mickey Mouse, se lanzan a conocer Nassau. Un rato después, la tormenta tropical cesa, y entonces sí, buena parte de los pasajeros decidimos bajar.
En el puerto hay una feria de artesanías con varios puestos de suvenires bahameños. También hay taxistas y guías de turismo que ofrecen sus servicios y transportes a playas distantes. Pero hoy está nublado, así que prima la idea de caminar sin rumbo y dejarse llevar por el ritmo cansino que imponen las calles de esta antigua colonia británica.
Camino por el casco histórico, entro en la catedral, pequeña, sobria, con muros de piedra, arcos bizantinos y vitrales. Me alejo del centro, y me pierdo por calles desiertas, de casas bajas y jardines frondosos, hasta que un vecino me advierte que dos cuadras hacia abajo está el gueto. Que vaya con precaución, dice, entonces recalculo.
De casualidad, doy con el Graycliff Hotel, una especie de complejo cultural que tiene una fábrica de chocolate, otra de tabaco, una bodega donde almacenan vinos y hacen blends diversos con cepas argentinas e italianas, una galería donde trabajan artesanos locales, y un interesante Museo del Patrimonio que, a través de una enorme cantidad de objetos de colección, narra la historia de la isla, la colonia y los tiempos esclavistas.
Me entrevero en un tour guiado, pero para ver el proceso del chocolate hay que esperar. Así que cruzo a la bodega, visito a los artesanos y entro en el museo. Un par de horas después, vuelvo a deambular por Nassau hasta la hora de embarcar.
Al atardecer, una niña se pasea por la cubierta del último piso vestida de princesa, lleva una corona dorada y se asoma, en puntitas de pie, por sobre la baranda. Mira embelesada las luces de Nassau, como si fueran las de un castillo encantado. El Dream suelta amarras, y deja esta ciudad serena.

Playas de ensueño

El tercer día podremos pisar las playas doradas, hundir los dedos en suaves granitos de arena, sumergirnos en mares de agua color esmeralda. Vivir, por un rato, dentro de la postal de Castaway Cay, la playa de Disney.
La isla privada, alquilada desde 1997 por la compañía a las Bahamas por un plazo de cien años, es una pausa en la vida de altamar, un islote fuera de órbita inmerso en el Caribe norte. Aquí tampoco hay tiempo ni sitio para el aburrimiento, y sobra también espacio para el ocio. Bajamos dispuestos a todo. Al esnórquel en la Laguna Azul, que promete peces variopintos y el desafío de hallar al Mickey hundido; a recorrer la isla en bicicleta y lanzarnos en el toboagua; a jugar al fútbol, al vóley, a la pausa para el almuerzo generoso en el buffet y la canilla libre de helados. A tirarnos en una reposera junto al mar.
Vamos caminando entonces (se puede optar por un trencito que traslada a los pasajeros por la isla) hacia una bahía semioculta, un espacio reservado para una serie de cabañas privadas, alejada de la bulliciosa playa familiar.
Ahora vamos por las bicis. Pedaleamos por una vieja pista de aterrizaje de aviones que parece cortar la isla en dos, y nos adentramos por una calle silenciosa y arbolada, hasta llegar a la última playa posible. Un par de hombres pasan en jet ski y saludan mientras nos hacemos fotos con el marco ideal.
Al volver, nos detenemos en la playa exclusiva para adultos. Un dúo musical ameniza la jornada frente al mar. Queremos hacer esnórquel, vóley, toboagua y todo lo demás, pero sucumbimos ante el camarero que ofrece cervezas heladas.

Magia en familia

En el ascensor, rumbo a la cena, todos van vestidos de piratas. Los hay muy producidos y hay quienes solo llevan un pañuelo en la cabeza con un Mickey pirata, gentileza del crucero. Hoy, el que no es pirata, desentona. Si hasta hay uno que se trajo consigo un loro de madera y se pasea con el muñeco al hombro.
Es la última noche y el Dream está de fiesta. Todo el mundo brega por un lugar de privilegio en la cubierta. Un rato después, sobre el escenario, hace su aparición triunfal un actor caracterizado de Jack Sparrow —el protagonista de la película Piratas del Caribe— para traer a bordo un fragmento teatralizado de la película. Sparrow hace de las suyas en el escenario, salta de un lado para el otro y engaña a sus contrincantes piratas con tretas infantiles.
Ahora, una batería de fuegos artificiales trona sobre el mar Caribe, que refleja el sueño de Walt Disney.

Servicios a bordo

Embarcados en el Dream, todo —o casi todo— está incluido (excepto las bebidas alcohólicas y el spa). Las áreas exclusivas de adultos están separadas y aisladas acústicamente de las de niños. En el Senses Spa & Salón hay clases de gimnasia, tratamientos terapéuticos y rejuvenecedores, acupuntura y masajes. Tiene un circuito de duchas con distintos chorros de agua y vapor, reposeras climatizadas, sauna seco y jacuzzi con vista al mar.
Los sectores exclusivos para niños, bebés y adolescentes tienen personal especializado y capacitado. Los adultos —salvo los padres— no pueden ingresar a ninguno de estos lugares. El barco propone cuatro estilos de camarotes: tres exteriores con vista al mar y uno interior. Este último, a pesar de no tener balcón ni ventana, tiene un ojo de buey con pantalla que se activa cuando el pasajero está en la habitación y muestra el exterior.
Disney Dream tiene una app que funciona sin conexión a internet, para estar al tanto de las actividades a bordo, excursiones, mapa de los barcos; reserva de restaurantes, y un chat interno. El servicio de internet satelital funciona bastante bien. Es costoso, pero hay diferentes paquetes.
Como el equipaje llega un par de horas después de abordar el camarote, es aconsejable llevar en la mochila una muda de ropa y tener a mano el traje de baño.

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