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Violencia doméstica I: ¿qué ocultan los datos?

En Uruguay todavía sabemos poco sobre las causas de violencia doméstica 

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21 de abril de 2019 a las 05:00

Era el 2 de febrero por la tarde cuando se encontraron colgados en San José los cuerpos de Inés Peña y Heber Sellanes. Aunque al principio parecía tratarse de un suicidio doble, las investigaciones determinaron que se trató de un caso de femicidio, seguido por el suicidio del homicida. La pareja se estaba separando y si bien habían protagonizado algunos episodios violentos, nunca hubo denuncias que alertaran de la situación. 

El caso no es excepcional. Las violencias íntimas e intrafamiliares son especialmente difíciles de prevenir y combatir, ya que suelen suceder en el ámbito privado y darse dentro de dinámicas culturales y de pareja que las disfrazan e invisibilizan. Por eso, en las últimas décadas se han hecho esfuerzos enormes para transformar la violencia doméstica en un problema de salud pública. Los resultados están a la vista y los cambios culturales en materia de igualdad de género suponen una verdadera revolución social que ha transformado cada aspecto de nuestras vidas. 

A su vez, los esfuerzos en el ámbito educativo, laboral, policial y judicial han buscado conformar una batería de medidas concretas para combatir la violencia doméstica y de género. Y si bien los esfuerzos no han sido en vano, pareciera ser que la violencia doméstica contra las mujeres no merma. El aumento de los homicidios fue especialmente devastador para los hombres, cuya tasa se incrementó un 125 por ciento desde 2006. En cambio, la tasa de homicidios de las mujeres se mantuvo relativamente estable en el mismo periodo, pero de 2016 a 2018 aumentó también un 30 porciento. En el caso de las mujeres, además, la mitad del incremento deriva de aquellos asesinatos perpetrados por familiares, parejas o ex parejas de la víctima.

La buena noticia es que existen políticas eficaces para reducir la violencia doméstica, incluso a corto plazo. Algunas de ellas no se han implementado todavía en Uruguay y serán las protagonistas de la próxima columna. En esta, sin embargo, prefiero referirme a un obstáculo anterior e ineludible para enfrentar el problema: la falta de datos y cómo mejorarlos.

Empecemos por el principio. El termino ‘violencia doméstica’ suele implicar una amplia variedad de fenómenos violentos, pero en Uruguay suele conceptualizarse como pautas de comportamientos abusivos entre familiares o personas que tienen o han tenido una relación íntima. Además, se considera que los abusos pueden darse tanto en el plano físico y sexual como en el psicológico y patrimonial. Esto supone un panorama complicado, porque quienes investigan la violencia doméstica suelen definir estos comportamientos de manera diferente, sin que surja todavía un consenso sobre qué implica exactamente cada tipo de violencia.

Por esa y otras razones, los datos con los que contamos suelen tener lagunas que dificultan enormemente su interpretación. La consecuencia más grave es que ni siquiera sabemos con certeza si en Uruguay la violencia doméstica aumenta o disminuye. Las denuncias se han sextuplicado desde 2005 y en 2018 hubo 39.540. La cifra es escandalosa e implica 110 denuncias diarias, prueba fehaciente de que se trata de un problema social grave y extendido. Sin embargo, en realidad no sabemos si este aumento corresponde a mayores niveles de violencia o si se trata solo de un aumento gradual de las denuncias. El último caso es el más probable, ya que hay pocos factores que puedan motivar un aumento tan decidido. Por el contrario, es un hecho que con el paso de los años ha habido una mayor sensibilización en la materia, así como también una mayor facilidad para realizar denuncias, incluso de forma anónima.

En Estados Unidos, por ejemplo, las denuncias por violencia doméstica también aumentan, pero las encuestas nacionales de victimización –que se realizan dos veces al año desde 1972– demuestran que su prevalencia ha descendido notablemente y es hoy dos tercios menor a lo que era en 1990. En Uruguay se ha realizado solo una encuesta nacional de victimización y no incluyó preguntas sobre violencia doméstica. Sí contamos con una encuesta de victimización del año 2013 sobre violencia basada en género, que sugiere que ese año el 1,5 % de las mujeres encuestadas sufrió violencia física por parte de un familiar, mientras que el 2,7 %  sufrió violencia física –y el 0,8 % violencia sexual– a manos de su pareja o expareja. Hasta ahora la encuesta no ha sido replicada, por desgracia, así que no es posible identificar tendencias. 

Pero más allá de que supone un gran avance, esta última encuesta tiene dos problemas importantes. El primero es que solo incluyó a mujeres en la muestra, a pesar de que una de cada cuatro denuncias por violencia doméstica en Uruguay es realizada por hombres. El segundo es que no distingue entre tipos de violencia física. Mientras que las encuestas en Estados Unidos distinguen entre hechos menores y severos, la encuesta uruguaya pone en la misma categoría cachetadas y empujones, con golpizas y ataques con armas. Si bien ello permite visibilizar formas de violencia generalizadas que no siempre son tomadas en cuenta, la distinción permitiría comprender mejor las dinámicas de violencia y diseñar políticas que prevengan las peores consecuencias.

Por ejemplo, la explicación más frecuente del último aumento de los homicidios de mujeres en contextos de violencia doméstica es que se debe a una reacción de los hombres a la mayor independencia de las mujeres, así como también a la intolerancia de ellas a seguir aguantando abusos. Esta explicación es plausible, pero también puede haber otras. Una es que la violencia homicida en familias y parejas pueda estar motivada por razones revanchistas o económicas. Este puede ser el caso cuando alguno de sus miembros se involucra con pandillas o en el narcotráfico, donde la violencia envuelve a todos los participantes, incluyendo parejas y familias. Esta también es una explicación factible. Más aún, si consideramos que hay más de 200 homicidios por ajustes de cuentas, mientras que el aumento de los homicidios de mujeres a manos de parejas, ex parejas o familiares es de no más de 10 casos. 

A veces, los planteos de este tipo resultan incómodos, porque ponen en duda que detrás de toda violencia doméstica esté la cultura patriarcal y la necesidad por parte de los hombres de dominar y controlar a las mujeres. Sin embargo, la evidencia internacional (ver referencias) sugiere que la violencia doméstica sucede también por otros motivos. 

Se sabe, por ejemplo, que las mujeres agreden físicamente a los hombres en proporciones similares, si bien con menor agresividad y produciendo muchas menos lesiones (1). Es por esa, entre otras razones, que los hombres suelen denunciar la violencia doméstica (aún) menos que ellas. Esta dinámica corresponde también con una de las constantes más estables que existen en el mundo delictivo a nivel global, que es que los hombres cometen más delitos que las mujeres, cometen delitos más violentos y son menos proclives a desistir de cometerlos. Esta relación aplica a la mayoría de los crímenes y puede ser también el caso de la violencia íntima e intrafamiliar. No obstante, ello no significa que las mujeres no incurran también en violencia doméstica y que, en la mayoría de los casos, esa violencia no sea cometida en defensa propia (2). Estas dinámicas aplican incluso a las parejas homosexuales, para las cuales las tasas de violencia doméstica son iguales o más altas que aquellas de parejas heterosexuales (3)

Tomados juntos, fenómenos como estos sugieren que gran parte de la violencia doméstica puede no estar causada por una estructura social patriarcal que sin dudas existe y está ahí, pero que no necesariamente define todos los aspectos del problema. Y en ese caso, su reducción pasaría por medidas muy diferentes a las que se plantean hoy. 

En definitiva, en Uruguay sabemos aún demasiado poco sobre las dinámicas y causas de la violencia doméstica, y quizás sea por eso que no logramos contenerla. Dadas las lagunas, es un error descartar posibilidades. Necesitamos encuestas nacionales y periódicas de victimización, que incluyan a hombres y mujeres en la muestra y que desgranen cada detalle de los comportamientos abusivos. En la próxima columna propondremos medidas concretas, novedosas y evaluadas para reducirlos.


 (1) Archer, John. 2000. “Sex Differences in Aggression between Heterosexual Couples: A Meta-Analytic Review.” Psychological Bulletin 126(5): 651–80.
 (2) Hines, Denise A., and Kathie Malley-Morrison. 2001. “Psychological Effects of Partner Abuse against Men: A Neglected Research Area.” Psychology of Men and Masculinity 2: 75–85.
(3)  Hines, Denise A., and Kathie Malley-Morrison. 2005. Family Violence in the United States: Defining, Understanding, and Combating Abuse. Thousand Oaks, CA: Sage. 

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