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Yo no soy cool

Los del montón somos manada, así que no me siento sola, ni incomprendida, ni acomplejada, me gusta este lado del mostrador

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06 de agosto de 2019 a las 05:01

Por Alva Sueiras*

Aceptémoslo, no lo soy. No tengo media cabeza rapada, ni una frase de Brillant Savarin tatuada en la parte interna de mi antebrazo. Tampoco tengo por mascota un pegotón de masa madre, ni estoy pensando en dejarme barbita hipster. No me gusta la ropa de moda hasta que me acostumbro a verla y cuando al fin llego a ese punto, ya está demodé. Todo indicador lo evidencia, no soy cool, qué le vamos a hacer.

Hasta aquí todo en orden. Los del montón somos manada, así que no me siento sola, ni incomprendida, ni acomplejada, me gusta este lado del mostrador. Sin embargo, a veces, nosotros los simplones y gentes de ego y sex-appeal moderado, vamos a sitios gobernados por gente cool y salta la chispa, tal vez porque estropeamos el paisaje o porque rompemos ese equilibrio universal que hace que del otro lado del globo mueran cinco mariposas de golpe.

Pero rebobinemos por las dudas. Ser cool -o guay como diríamos en España-, puede tener connotaciones positivas o negativas, depende del contexto y del tono en que se utilice el término. El personaje protagonista de la serie Merlí es un profe cool, por diferente, subversivo, auténtico, efectivo y adorado por sus alumnos. Sin embargo Blair, uno de los personajes centrales de la serie Gossip Girl es la chica cool del instituto, la abeja reina liderando la manada, pero es mala malísima. 

Aclarados los conceptos, volvamos a ese momento en el que se nos ocurre la descabellada idea de ir a un restaurante de gente cool. El primer scanner se produce en la puerta, y a la primera caída y subida de ojos, le sigue generalmente una mueca de disgusto. Y ahí una piensa -mierda, si ya no le gusto a la hostess, verás cuando me vea el maître-. Luego respiras aliviada al darte cuenta que los sitios cool no tienen maître, son más de bartender hipster y moza con aspecto alternativo y agenda de ministro, porque nunca tiene tiempo para gente del montón. Tras sobrevivir al momento scanner, pronuncias esa frase diabólica que hace que el mundo entero se detenga: vinimos sin reserva. Largo silencio y segunda mueca. A la hostess se le incendia la mirada como si le lanzaras una copa de vino tinto a su impoluto vestido de novia frente al altar. Pero lo consigue, porque ella es cool y ha decidido hacer de nosotros su buena causa del día. Estamos de suerte, tenemos mesa, justo al ladito de la entrada, junto a esa puerta que cada vez que se abre te tele-transporta a la base científica antártica Artigas. Pero somos felices porque siendo poca cosa estamos en un sitio muy-muy guay. 

Muertos de frío como congoleños en Oymyako y veinte minutos después de llegar, conseguimos que se acuerden de nuestra existencia con señales muy parecidas a las que uno le hace a los sensores de movimiento del baño, cuando el timming para ninjas te deja a oscuras. Al parecer la moza, que al fin repara en nosotros, tiene mucha prisa y pocas ganas de dar explicaciones. Le preguntas qué es el kimchi y se le desencaja la mandíbula de incredulidad como diciendo: no me digáis que con vosotros tengo que empezar de cero. La verdad es que para ser tan coreana tiene un acento bien uruguayo. Tras respirar profundo, como cuando vas a bucear, nos lanza de corrido el discursito al completo, solo que le erra en la explicación. Como somos del montón y podrían morir más mariposas, no decimos nada.

Cuarenta minutos después de tomarnos nota e ilustrar nuestra ignorancia con grandes lecciones de vida -y gastronomía-, al fin llegan los platos. Un brumoso y espeso silencio gobierna la mesa. Miramos los platos, nos miramos, miramos los platos de vuelta y decimos al unísono ¡¿en serio?! Sí, en serio. El barman hipster, la moza coreano-uruguaya, los aires de autosuficiencia, el cocinero de moda -tan reseñado, seguido y laureado en redes-, la musiquita subida de tono y la luz tenue al extremo, como si le tuvieran miedo a la factura de la UTE, para acabar comiendo un bife con papas y chimichurri y un mal pescado con verduras al wok. Como dirían mis amigos catalanes, quins collons. 

Para digerir el disgusto de unos platos que no hacen honor a sus titulares, te tomas estoicamente la última copa de un vino a precio cuadriplicado y pides una segunda botella, cosa de morir con las botas puestas. No se olviden que hay que mantener la temperatura corporal, llevamos una hora de aires siberianos cada vez que se abre la maldita puerta. Como quien hace un trámite, ingerimos esos platos mas propios de la parrillada de mi barrio que del sitio en boga del momento, y por las dudas, nos salteamos el postre y el café, no sea que lo sirvan con bofetada. Ahí volvemos al efecto sensor de movimiento con la idea de conseguir que alguien se digne a mirarnos y nos traiga la cuenta. A estas alturas del partido, tu mayor aspiración en la vida es llegar al calor de la calefacción del auto. Quince minutos después y tras varios intentos, lo conseguimos. La coreana llega con una factura que asciende a $ 4.620. Ahí se le dibuja en la cara una suerte de sonrisita, la primera de la noche, que linda la perversión, como adivinando que estamos pensando. De pronto contrataca con esa gran frase que todo mozo guarda en la manga: ¿desea agregar el servicio? Tras dos segundos de eterno silencio y con la boca muy muy chiquitita le dices que si, porque no dejar propina evidencia aún más nuestra condición de gente del montón. Y así es como, los que no somos cool, gratificamos libre y voluntariamente a nuestro maltratador. 

Y tú, ¿eres cool o uno más en la manada como yo?

*Esta nota fue originalmente publicada en Blog Delicatessen.

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