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Música en todas partes

La música es un elemento al que todavía no se le da la importancia que merece en los restaurantes

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16 de julio de 2019 a las 05:02

Por Jaime Clara*

Desde que la música es música está presente en la vida de las personas. Gracias a los avances tecnológicos, esta maravillosa manifestación artística nos acompaña cada vez más. No hay momento en el que salgamos a la calle y no nos crucemos con decenas de personas que, a través de celulares, mp3, radios de todo tipo, streaming, redes sociales, van con sus auriculares escuchando música. Muchísima gente estudia o trabaja con música de fondo. Vamos a un comercio, a un shopping, a un supermercado o, hasta en los ascensores, la música dice presente.

¿Cuáles son los mecanismos por los que la música proporciona placer? Un artículo del diario ABC de España, informa que “a italiana Silvia Bencivelli repasa en su libro Por qué nos gusta la música varios estudios científicos en torno a los gustos musicales.

El trabajo hace referencia a otras investigaciones en las que se concluyó que “quien entra en una bodega donde suena música de Mozart gasta aproximadamente un 250 % más. A este mecanismo se le definió como «efecto Château Lafite«, en honor a uno de los vinos más caros del mundo.” Un estudio realizado en 2003 por Adrian North concluyó que los clientes de un restaurante de lujo eligen los platos más caros del menú si en la sala suena música clásica.

Por momentos, da la sensación que la música es un elemento al que todavía no se le da la importancia que merece en los restaurantes. Es un aspecto clave que puede influir en la experiencia de los comensales, tanto positiva como negativamente. Algunos testimonios indican que «normalmente son los empleados los que eligen la música según sus gustos, dependiendo del tipo de bar o restaurante.» En muchos casos, una música inadecuada puede transformar en negativa, una experiencia gastronómica. El sábado fuimos a cenar, estaba muy agradable la comida, fue un buen momento, que no tenía la música adecuada. Una aturdidora marcha electrónica invadía el local, y nada tenía que ver con el perfil de comensales que allí estaban. Recuerdo que hice el comentario, «si aquí hubiera música francesa, este local estaría lleno de gente». A lo que Alva coincidió, por eso decidí compartir este tema en la columna de hoy.

Leí que existen estudios que confirman que, dependiendo del ritmo de la música que haya en restaurantes o determinados tipos de negocios, influye, tanto en el tiempo que pasan los clientes en el mismo, así como la cantidad de dinero que gastan. Según los investigadores, «un ambiente de restaurante más estimulado y energético provoca que la gente coma en exceso porque se le alienta a comer más rápido. Pero si la atmósfera del restaurante provoca que la gente se sienta más relajada y pase más tiempo disfrutando su comida esto conduce a que coma en forma más pausada, saboreando el plato.»

El experto de marketing Celestino Martínez marca tres puntos sobre los efectos que la música tiene sobre las personas:

  • Es inductora de estados de ánimo: se tiende a relacionar las melodías con recuerdos o experiencias vividas.
  • Los ritmos de la música modifican el comportamiento: por ejemplo, en algunas cadenas de comida rápida, cuando el local está muy lleno, cambian la música a un ritmo más rápido. Así consiguen que sus clientes coman más rápido y dejen espacio a los siguientes.
  • Ciertos estilos musicales facilitan la conversación y la intimidad.

A su vez, la Universidad de Arkansas hizo un estudio en un restaurante, en el que utilizó cuatro géneros distintos de música —jazz, hip hop, rock y clásica— y varios tipos de alimentos, a los que catalogó como emocionales (chocolate) y no emocionales (pimientos). Los comensales tenían más apetito al escuchar jazz y menos con hip hop. Según el estudio, «la razón de esto tiene que ver con las emociones. Los comensales se alegran cuando escuchan música de ritmos armoniosos y eso hace que el apetito crezca», dijo Thomas Hummel, uno de los científicos involucrados en el estudio.

“La doctora Sandra Trehub ha comprobado en sus investigaciones que, a diferencia de los adultos, los niños tienen la misma sensibilidad para cualquier género, sintiéndose cómodos en cualquier ambiente musical en el que se críen. La cultura, la educación y la exposición a cierta clase de sonidos serán las que determinen nuestros gustos en la edad adulta.” Agrega el artículo que la “progresiva adaptación de nuestro oído da lugar a situaciones grotescas. Por ejemplo, cuando en la década de los sesenta se pusieron de moda las composiciones indias, la mayor parte del público europeo no comprendía realmente lo que estaba escuchando. Cuentan que, en el primer concierto de Bangladesh organizado por George Harrison, los asistentes comenzaron a aplaudir cuando el citarista Ravi Shankar se limitaba a afinar su instrumento.”

Un dato interesante es lo que indican los estudios del norteamericano Alisun Pawley y el alemán Daniel Müllensiefen sobre los diez temas más pegadizos de la historia. We are the champions, de Queen, obtiene el primer puesto en un listado que comparten con Y.M.C.A., de The Village People, y Fat lip, obra de los canadienses Sum 41.

El artículo aclara que no todo el mundo se conmueve al escuchar a Freddie Mercury. “Como explica Bencivelli, el 5 % de la población padece amusia, un trastorno sin graves consecuencias para la vida diaria, pero que impide a sus afectados sentir la música como algo diferente a una serie de sonidos yuxtapuestos.

En mi caso debo confesar que hay una composición que es la que me aplaca, me tranquiliza. Cada tanto tengo que recurrir a ella para ordenar mi cabeza. Cuando escucho Rhapsody in Blue de  George Gershwin, siento una paz interior necesaria. Un artículo interesante sobre el tema, lo publicó el músico Gustavo Ripa, en este blog, que se puede leer aquí.

En su caso, caro lector, ¿cree que la música influye en su conducta a la hora de comprar un producto o ir a un lugar o a un restaurante?  ¿Qué melodía no puede faltar en su vida?

*Esta nota fue originalmente publicada en Blog Delicatessen

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