5 de junio de 2026 5:00 hs

En Joaquín Requena al 1094, en pleno Cordón, una casona de los años 1940 parece haber sido concebida para ser una bodega urbana.

Sin embargo, aún lejos de ese destino, el lugar fue la antigua residencia de una familia de inmigrantes, sufrió un incendio y fue abandonada y ocupada. Hoy, luego de más de seis meses de obras, y una inversión cercana al millón de dólares, su antiguo sótano, en el que arcos de piedra forman parte de sus cimientos, se convirtió en una cava y sus diferentes niveles, restaurados, albergan las distintas unidades de negocio de esta apuesta innovadora . Detrás de esta transformación hay dos grandes protagonistas, los hermanos María Clara y Francisco Pizzorno, cuarta generación de esta familia de vitivinícolas y Toro arquitectos, una firma de arquitectura e interiorismo con sede en Uruguay, responsable de rescatar la esencia histórica del inmueble.

Así lo convirtieron en un nuevo punto de encuentro para la cultura del vino en la capital, que ya cumplió su primer año, llama la atención de turistas y uruguayos y estrena nuevas propuestas.

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Cómo funciona City Winery: de las degustaciones a experiencias culturales inmersivas

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La familia Pizzorno está vinculada al vino desde 1910. Más de un siglo después, la empresa cuenta con una bodega, restaurante y posada en el departamento de Canelones, además de una fuerte presencia de sus etiquetas tanto en el mercado local como en el exterior.

Sin embargo, en un contexto de cambios en los hábitos de consumo y una mayor valorización de las experiencias locales durante la pandemia, la empresa familiar comenzó a preguntarse cómo acercar el mundo del vino a nuevos públicos y seguir innovando.

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La oportunidad la encontraron finalmente en un formato que no existía en el mercado local: una bodega urbana integrada a la vida cotidiana de la ciudad, cerca de los hogares, hoteles y principales circuitos turísticos de la capital. Así, los hermanos María Clara y Francisco, de 27 y 33 años respectivamente, se pusieron el proyecto al hombro e inauguraron el espacio en el 2025.

"Nuestro objetivo es ser el kilómetro cero del vino en Uruguay", resumió María Clara Pizzorno en diálogo con Café y Negocios.

El espacio, de 450 metros cuadrados, fue diseñado para combinar distintas experiencias bajo un mismo techo. Con diferentes niveles, City Winery funciona así como un ecosistema en el que conviven gastronomía, enoturismo, tecnología y eventos.

Durante el día, el foco está puesto en la divulgación de la cultura del vino y la degustación. Estas experiencias comienzan con una sala inmersiva 360° en la que se narra la historia del vino uruguayo a través de proyecciones sobre pisos y paredes.

"Cuando nos mudamos a Montevideo pensábamos cómo podíamos mostrar el viñedo y contar nuestra historia cuando, en realidad, los vinos nacen en Canelones", explicó María Clara Pizzorno sobre esta sala.

Tras esa introducción audiovisual, los visitantes descienden a la cava para participar en degustaciones guiadas por sommeliers. La propuesta incluye vinos de distintas regiones del país, acompañados por bocados representativos de cada zona, con el objetivo de posicionar al espacio como una puerta de entrada al universo vitivinícola uruguayo, con vinos de distintos orígenes y bodegas.

A partir de las 19:30 horas, el espacio cambia por completo de perfil y la cava y la sala principal se transforman en un restaurante que recibe a comensales con una propuesta gastronómica centrada en productos locales y de temporada. La carne ocupa un lugar protagónico en la carta, aunque también hay opciones de pastas y postres inspirados en el mundo del vino, como las tradicionales peras al vino tinto.

El complejo se complementa con una boutique de productos locales y espacios destinados a eventos sociales y corporativos. En conjunto, todas las áreas tienen capacidad para recibir a unas 80 personas.

Pero, además, en la sala inmersiva los emprendedores encontraron un potencial que va más allá del vino y que recientemente se transformó en una nueva unidad de negocio.

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En alianza con la productora Nodo, responsable del desarrollo tecnológico de la sala, City Winery comenzó a construir una agenda propia de eventos culturales. La programación ya incluyó experiencias de escucha inmersiva dedicadas a Pink Floyd, mientras que en los próximos meses sumará propuestas centradas en Michael Jackson, además de actividades como campeonatos de truco y vino, encuentros de astrología y otras experiencias temáticas. El espacio cuenta además con un rooftop en lo que antes era la azotea de la casa. La estrategia apunta a ampliar el alcance del proyecto más allá de los aficionados al vino y convertir al espacio en un nuevo polo cultural de la ciudad.

Hoy el público del lugar es definido por su fundadora como un maridaje entre turistas y público local, con una presencia destacada de visitantes brasileños, argentinos, estadounidenses y alemanes.

A nivel de vino, el interés de los consumidores se ha ido diversificando y cada vez crecen más las consultas por variedades como Marselán, Petit Verdot y distintos blends. Además, el lugar no solo ofrece los vinos de la propia bodega, sino que ha ido incorporando etiquetas de bodegas amigas, así como cervezas y tragos.

“Para nosotros City Winery Uruguay, es el punto de partida de una etapa más ambiciosa, queremos llevarlo a otra escala, y evaluar posibilidades para que este modelo pueda crecer, y poder captar inversores que nos permitan llegar a nuevos mercados teniendo siempre como foco transmitir la cultura de nuestro país a través de los vinos, la tecnología, y la gastronomía. El foco es que el cliente no venga solo a cenar sino que venga a vivir una experiencia con todos los sentidos”, sostuvo Pizzorno.

Seis meses de obra para rescatar una joya escondida en Cordón

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La transformación de la casona en lo que es hoy supuso un importante desafío arquitectónico. En diálogo con Café y Negocios, Ernesto Figueroa, director de Toro Arquitectos -estudio con presencia en Montevideo y Punta del Este especializado en proyectos de retail, gastronomía y residencial- repasó el proceso que permitió recuperar la propiedad. Cuando comenzaron a trabajar, contó el arquitecto e interiorista, el lugar estaba en un estado de abandono absoluto, ya que además de haber sufrido un incendio que había afectado parte de su estructura, el inmueble había sido ocupado y se había convertido en una boca de drogas.

Aun así, tanto los fundadores como el equipo de arquitectos identificaron rápidamente el potencial del lugar y pusieron manos a la obra.

La recuperación requirió una intervención integral, donde fue necesario reforzar la estructura, incorporar instalaciones que no existían y adaptar el inmueble a sus nuevos usos.

"Acondicionamos el lugar al 100%. No contaba con baños, generamos espacios, cocina y áreas de producción", explicó Figueroa.

Además, el desafío consistía en aprovechar al máximo los 450 metros cuadrados disponibles sin perder la esencia de la construcción original.

Para optimizar la superficie, el estudio desarrolló un sistema de circulaciones que conecta los distintos niveles mediante varias escaleras y espacios de doble altura.

La intervención también buscó respetar el lenguaje arquitectónico de la casa. La construcción original, realizada en ladrillo, sirvió de inspiración para las nuevas incorporaciones y gran parte de las ampliaciones y adaptaciones mantuvieron ese mismo material, reforzando una estética industrial y rústica que busca recrear la atmósfera característica de una bodega tradicional.

La experiencia, contó Figueroa, se completa con un cuidadoso trabajo de iluminación.

La obra demandó cerca de seis meses de ejecución, aunque estuvo precedida por aproximadamente un año de trabajo conjunto entre los arquitectos y los fundadores para definir el concepto y el diseño del proyecto.

Entre los espacios recuperados, uno de los más destacados es el antiguo subsuelo de la propiedad. Lo que alguna vez funcionó como depósito y área de almacenamiento de alimentos se convirtió en la cava. Allí se descubrió uno de los principales tesoros arquitectónicos de la casa: una serie de arcos de piedra que forman parte de sus cimientos y que dotan al ambiente de una identidad única. En el extremo opuesto, la azotea fue reconvertida en rooftop y alberga actualmente la sala inmersiva.

“Justamente ese lugar fue lo que más nos atrapó porque nos hace viajar en el tiempo y espacio. De todas las cosas lindas que nos pasaron en estos meses, una de las más especiales fue recibir la visita de antiguos dueños, que vivieron acá hace muchos años. Hoy, ese lugar sigue vivo, pero de una forma distinta: lleno de encuentros y experiencias”, cerró Pizzorno.

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