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Vida de selfies

Había fotos de vacaciones, aniversarios, el primer plano de una milanesa con papas fritas, el diente que se le cayó al hijo de alguien, hasta un amigo retratando el dormitorio de su casa con la cabeza seguramente aún apoyada en la almohada

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23 de julio de 2019 a las 05:02

Por Carolina Zamudio*

Pertenezco a esa categoría de personas que siente una melancolía escandalosa por ciertos objetos viejos que algunos no quieren ni parecen respetar. Soy adicta a los museos –especialmente a las secciones que albergan objetos inverosímiles que alguna vez le fueron útiles a alguien–, a los anticuarios, a cualquier feria de usados de cualquier ciudad del mundo, siempre en busca de ese tesoro inadvertido por el que alguien seguramente pagó, para venderlo a su vez, muy poco valor monetario.

Un 6 de enero de hace unos años, estando de vacaciones en casa de mi madre en la Argentina, tuve un inesperado regalo de Reyes. Revisando un baúl blanco que para mí todavía no ha alcanzado la categoría de antiguo –ya que forma parte del cuarto que yo ocupaba de niña– me topé con una maravillosa pila de fotos familiares, esta vez sí, antiguas. Qué experiencia sublime para gente de nuestra naturaleza tener entre las manos esos papeles que estuvieron a su vez en las manos de alguien hace tanto tiempo, sentir su olor, experimentar su textura y contabilizar las marcas del forzoso paso del tiempo.

Luego de reencontrarme con algunas de estas fotografías vistas ya algunas veces, de repente emergió del devenido y fortuito túnel del tiempo la imagen de un hombre de unos veintitantos años parado sobre un muelle, vistiendo un impecable traje con chaleco y pañuelo en la solapa, sombrero y abrigo en mano. Un dandy con todas las letras al que solo podía corresponderle la caligrafía impecable con la que inmortalizó el siguiente mensaje: “Para Francisco Candia, un espíritu selecto, de su amigo”. Luego de ello iba su rúbrica cuidada, lugar y fecha: Cts. 15/VI/924 (Corrientes, 15 de junio de 1924). Estuve unos segundos estupefacta al percatarme que tenía entre los dedos ese trozo de intimidad entre dos personas, mi abuelo materno y un amigo suyo, de hace casi cien años.

De vuelta a casa, empecé infructuosamente la tarea de intentar seleccionar algunas fotos de vacaciones para luego dar un paso más de edición previa y hacer eso que intento acometer a menudo y solo a veces logro: imprimir algunas de ellas. Pero caí en la cuenta de que habíamos tomado más de mil fotografías en las últimas salidas familiares. Así que pospuse para mejor momento la tarea. Algo que vengo haciendo hace cerca de quince años, desde que tenemos una cámara digital.

Desconozco cuántas fotografías están almacenadas en distintos medios simultáneamente para intentar alejar lo inevitable: que alguna vez perdamos un trozo de la historia o todo lo que hemos intentado perpetuar en ellas. Tenemos los archivos en la computadora, una época copiada en discos compactos, los backups recomendados en discos rígidos extraíbles y hasta en la nube. Sin contar los álbumes digitales de plataformas varias (de los que a menudo olvido, además, su contraseña) y las compartidas en redes sociales. Más allá de la fiabilidad de cada uno de los métodos de almacenaje, me desconsuela saber que todo eso puede desaparecer con un simple clic.

Del mismo viaje a la Argentina volví con otras dos antigüedades halladas nuevamente en la casa de infancia: una raqueta de tenis de madera marca Slazenger y un juego de té para niñas de porcelana (‘Toy China Te Set’, tal como reza la caja de cartón en la que todavía se encuentra). El primero, reliquia usada por mi padre hace al menos cincuenta años; el segundo, uno de los juegos favoritos de mi hermana y mío.

Al ver la raqueta exhibida en una de las paredes de mi casa –como quien comparte una pequeña joya en medio de adornos chinos o igualmente fabricados en serie, y algunos otros tesoros traídos de remotos lugares del mundo– una de mis hijas preguntó por qué estaba en una pared y no podía ser usada para jugar. No encontraba las palabras exactas para explicar todo lo que entraña para los coleccionistas domésticos un trozo de madera y un encordado, como en este caso. Intenté con una explicación del tipo “perteneció a tu abuelo y tiene muchísimos años, así que quiero conservarla para que dentro de algunos años sea todavía más vieja y quizá vos misma quieras tenerla en tu casa”.

Hay gustos que no se heredan, ni siquiera se enseñan. O sí. Lo cierto es que un domingo cualquiera de hace unos años un llanto muy angustioso nos despertó temprano de mañana. Era mi hija, quien usando el para ella flamante juego de té de porcelana chino había roto sin querer uno de los platitos. No recuerdo sollozos de esa intensidad producto de la rotura involuntaria de alguno de los juguetes con los que cuenta, a fuerza de la producción de baratijas en serie, de las Navidades, del día de niño, Reyes y fiestas de cumpleaños, propias y ajenas.

Entonces volví a pensar en las fotos, en el sentido de la posesión, en el de la pérdida, en China, en el Barrio de los judíos de Montevideo, en las sorpresas, en la abundancia, en las pequeñas herencias, en el mensaje oculto de los objetos. Y un rato después me encontré en mi teléfono –uno de esos portarretratos móviles en los que se convirtieron los celulares– con algunas selfies de colegas, amigos, sobrinos y otros parientes o desconocidos. También había fotos de vacaciones, aniversarios, el primer plano de una milanesa con papas fritas, el diente que se le cayó al hijo de alguien, hasta un amigo retratando el dormitorio de su casa con la cabeza seguramente aún apoyada en la almohada… e intuí que lo primero que hizo al abrir los ojos fue perpetuar y distribuir ese trozo de intimidad con su universo virtual.

Evidentemente los métodos han cambiado, pero nuestra necesidad de comunicación, de eternizar un momento y compartirlo, no ha variado sustancialmente en cien años. Igual que la postal de vacaciones que el amigo le envió a mi abuelo hace noventa y tantos años, distribuimos cada vez más imágenes de pedacitos de nuestro día a día, que no necesariamente son una selfie, sino un brindar en línea lo que nuestros ojos disfrutan o ante lo que se conmueven. Y lo compartimos tanto como lo almacenamos. O no. Tanto como no lo imprimimos.

Intento imaginar cómo será el futuro de los pequeños coleccionistas domésticos, qué llevará mi hija de trofeo si perpetúa ese rasgo de la madre cuando me visite en unos treinta años, si tengo la suerte que suceda. Quizá elija la misma raqueta, punteada aún más por los años. Quizá algún libro –como una ya antigua y diminuta edición del Quijote, de Editorial Kapelusz, de hojas marrones y olorosas que tengo–. Imagino también rescatando uno o varios teléfonos hoy modernos y quizá explicándole a su descendencia, o a cualquier persona de generación posterior, que fue una genialidad de uno de los íconos de la tecnología de finales del siglo pasado, que había vuelto a revolucionar al mundo con una manzana. Quizá incluso lo exhiba como un objeto estrafalario en medio de quién sabe qué materiales, que si tengo nuevamente la suerte compartiré a medias desde mis ojos modelo ‘73. A lo mejor los use como pisapapeles, lo cuelgue, lo exhiba… quizá hasta llegue a armar una pequeña colección con ellos: distintos tamaños, formas y colores. ¿Y las fotos?

*Esta nota fue originalmente publicada en Blog Delicatessen

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