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5 de febrero 2026 - 5:05hs

Cuando pienso en un verano memorable siempre vuelvo al 93. Tenía 24 años, estaba por recibirme, empezaba a trabajar, pero todavía sin todas las presiones ni todas las responsabilidades que llegarían después. Era esa etapa en la que uno ya no es un adolescente, pero tampoco un adulto con tantos compromisos y responsabilidades. Un punto medio ideal. Como todos los veranos desde que nací, ese verano lo pasé en Punta del Este.

Ese verano, como todos, lo pasé con mis amigos. Somos un grupo grande, y en el 93 estábamos con tiempo, aunque con menos que cuando éramos chicos, y con relativamente poco stress. Las salidas eran largas, las charlas también, y no planeábamos mucho lo que íbamos a ser. Si pintaba algo, lo hacíamos. Ibamos a la playa todos los días, alguna navegada, alguna esquiada, asados y salidas de noche. Había una libertad que la vida ya se estaba empezando a encargar de irla frenando un poco.

En ese verano, el del 93, que fue tan divertido, nos ennoviamos con mi mujer, María Noel, y estamos juntos desde ahí. Fue en Más Allá, un boliche de un amigo mío en La Barra que era donde nos encontrábamos todos antes y después de ir a Space, el boliche del que seguro se acuerdan muchos. Fue un verano muy especial con amigos, libertad, la sensación de estar justo antes de que empezaran los cambios grandes. Pero sobre todo, fue el verano en el que me ennovié con la mujer con la que después formamos nuestra familia. Los cambios grandes empezaban.

Con el tiempo entendí que ese verano marcó una especie de límite. Los veranos habían empezado a acortarse por razones bastante lógicas como más trabajo, más responsabilidades, decisiones importantes. En el 94 me recibí de abogado, en el 95 me fui a estudiar a Estados Unidos, más tarde vino el casamiento en el 96, el final del MBA en el 97, vivir en Buenos Aires, volver a Montevideo, los primeros emprendimientos, los hijos, los siguientes emprendimientos. Cada una de esas etapas fue muy buena a su manera, pero también implicó menos disponibilidad, menos horas libres, menos veranos “largos”.

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Lo memorable fue la combinación del momento de la vida, haberme ennoviado con María Noel, compartir el verano con mis queridos amigos, todos con la edad justa y esa sensación de disponibilidad total. Era el momento ideal antes de que el tiempo se empezara a restringir.

Lo interesante es que, muchos años después, ahora los veranos empiezan de a poco a alargarse otra vez. La vida tiene ciclos. Primero pasamos de tener todo el tiempo del mundo y vacaciones hasta marzo, pasaron a ser 15 días en enero- como en el 93- después a no tener casi nada, y ahora con los hijos más grandes y la vida más ordenada, vuelve a aparecer ese espacio para recuperar el tiempo y tratar de tener veranos más largos disfrutando de otras cosas sin estar cien por ciento desconectados gracias a la tecnología que tenemos hoy.

Por todo eso, cuando tengo que elegir un verano memorable, el 93 sigue ganando. Fue el mejor no por espectacular, sino por auténtico. Fue el último verano “largo”, el último antes de que llegara la vida adulta y el primero de una historia que todavía sigue y que, si Dios quiere, seguirá por muchos años más.

Francisco Ravecca es el fundador de las zonas francas Aguada Park y Zona Franca del Plata. Su empresa familiar creó la cadena Kinko y el grupo Strip Centers. Cofundó Endeavor a Uruguay.

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