Volvimos el 26 de diciembre a Uruguay en un vuelo de LAN CHILE para reencontrarnos con nuestras familias y amigos. Fue durísimo porque 29 no habían vuelto vivos. Pero para honrar mis palabras los traje a todos en mi maleta para que cada familia pudiera contactarse con algo material que los representaba, para que pudieran hacer su duelo. Estuve 30 días yendo casa por casa a llevar las cosas que había traído de la cordillera para ellos. Eran sus padres, hermanos, hijos, novias. Se había terminado la incertidumbre de qué había pasado y ya tenían la certeza que nunca más los volverían a ver físicamente.
Pasé hablando con cada familia, contándoles cómo habían muerto, cómo habían vivido y llevándoles objetos, cartas, relojes, cruces. Eso fue una experiencia muy fuerte y al mismo tiempo muy motivante porque sentía que estaba cumpliendo con lo que me habían pedido mis amigos.
Mi madre, que era una mujer extraordinaria, me acompañó casa por casa, familia por familia. Antes de morir a los 100 años y 2 meses, decía que se acordaba cómo planificaba a la noche la familia que iba a visitar al otro día, y buscaba en mi maleta los objetos que traje para cada familia.
Llegaba cargado de entusiasmo y energía para poder transmitir la mejor versión de mis amigos que murieron en la Montaña, pero cuando terminaba y me subía al auto para volver a casa no hablaba una palabra. Quedaba agotado. Me daba una ducha, comía, y me iba a la cama después de preparar todo para el otro día. Ella era la que coordinaba a donde iba a ir al día siguiente.
Fue un verano muy diferente. Todo era distinto: caminábamos por las calles y la gente nos miraba. No podías entrar a La Pasiva que, de repente, todo el mundo te estaba mirando cuando comías un pancho. Habíamos perdido el anonimato. Éramos el foco de atención de todo el mundo. Era muy raro, muy extraño. Fue muy difícil para todos.
Cuando terminé era fin de enero, y no había nadie en Montevideo. Me fui a Punta del Diablo, donde estaban Daniel Fernández Strauch, Fito y Eduardo Strauch que se habían ido con sus familias.
Fuimos a una hostería ahí en Punta del Diablo y estábamos juntos. Necesitábamos estar solos hablando entre nosotros. Yo hablaba mucho con ellos y con Coche en la montaña.
Lo más pintoresco fue que un día fuimos a la playa, caminamos por la Playa de Pescadores donde con los tiburones hacían el bacalao. En la playa pasó algo muy raro e interesante. Un día íbamos caminando y había un tipo rubio de pelo largo, con barba. Todo el mundo lo rodeaba y decía que él era Parrado. Entonces, la gente le preguntaba y le decían "che, Nando, contame esto y lo otro". Él contestaba como si fuera Parrado y nos dio vergüenza decirle algo.
Al otro día lo rodeamos, Eduardo, Fito, Daniel, Pedro Algorta y yo, que me arrimé a donde estaba el impostor. Le hacía preguntas y él contestaba con mucha tranquilidad. De repente, mirándonos, la gente y los pescadores se dieron cuenta que nosotros éramos los verdaderos sobrevivientes.
Este chico estaba viviendo desde hacía varios días en una posada. Le daban de comer gratis. Era terrible chanta. Casi lo linchan, lo tuvimos que proteger para que se pudiera ir. A nosotros no nos molestaba, pero la gente estaba indignada.
Esa fue una anécdota muy particular que vivimos en el verano que salíamos del infierno de los Andes. De ahí a estar en las playas semi desiertas de Punta del Diablo. Íbamos a caminar solos para que nadie nos molestara. Así que ese fue un verano muy atípico y particular.
Después, para pasar desapercibidos, nos compramos con Roberto dos motos Yamaha 125, y Nando apareció con su moto. Nos íbamos a pasear por todos lados con cascos. La gente veía pasar tres motos y no sabía quiénes éramos. Íbamos por todo Montevideo, paseando, disfrutando en el feliz anonimato de que nadie nos viniera a preguntar o arrimarse, y nos quitaran la privacidad.
También íbamos a pueblitos del interior en moto. Cuando nos sacábamos el casco íbamos a un bar y a los cinco minutos estaba todo el pueblo andando alrededor del lugar donde estábamos para mirarnos desde lejos, porque eran muy respetuosos, y no se nos arrimaban.
Ese verano también fue el nos quedamos sin jugadores. Es que de los 16 que volvimos, solo 5 jugábamos al rugby: Nando, Roberto, Vizintín, Roy Harley y yo. Fuimos buscando casa por casa quiénes querían o podían jugar por el club, para empezar a entrenar. A los 7 meses de las vacaciones, en octubre, estaba jugando de titular por los Teros en el Sudamericano de Rugby de San Pablo contra los Pumas. Ese año, en homenaje a nuestros amigos, salimos campeones uruguayos para dedicárselo a ellos.
Gustavo Zerbino es un empresario y exjugador rugby. Es uno de los sobrevivientes del accidente del avión en Los Andes en 1972 donde viajaba el equipo del Old Christian