Los periodistas uruguayos Gabriel Farías y Miguel Ángel Dobrich publicaron una investigación que logró separar cuánto del calor que genera un centro de datos viene de los servidores y cuánto del simple hecho de haber construido sobre un terreno antes cubierto de vegetación.
El estudio analizó el centro de datos de Antel en Pando y corrige las limitaciones del único paper internacional previo sobre el tema.
El trabajo usó 25 años de imágenes del satélite Landsat, operado por la NASA y el Servicio Geológico de Estados Unidos, para medir la temperatura de la superficie del predio donde funciona desde mayo de 2016 el centro de datos de Antel en Pando, donde viven unas 30 mil personas.
El satélite mide, desde más de 700 kilómetros de altura, qué tan caliente está el suelo, los techos o el pavimento de un lugar. No registra la temperatura que sentiría una persona caminando por la vereda, sino la de las superficies, y eso alcanza para localizar qué zonas se están calentando más que otras. Su sensor térmico tiene una precisión de 100 metros, pero un procesamiento estándar la afina a 30 metros: lo suficiente para distinguir un edificio de la calle que lo rodea.
El análisis se basó en más de 32 mil mediciones tomadas a lo largo de dos décadas y media. La clave del método fue comparar el mismo terreno en dos momentos: antes de que existiera el centro de datos (2000 a 2013) y después de que empezó a operar (2017 a 2025). Los años de construcción fueron excluidos para no distorsionar los resultados.
Para asegurarse de que cualquier aumento no se debiera al cambio climático, al crecimiento urbano de Pando o a variaciones naturales, el modelo estadístico descontó las variaciones que también tuvieron dos edificios industriales cercanos usados como referencia: un galpón del Correo y un depósito textil, ninguno con maquinaria de procesamiento ni refrigeración industrial.
¿El resultado? La temperatura del predio subió 2,1 °C respecto a sus alrededores tras la puesta en marcha. Cerca de 0,2 °C corresponden a una tendencia de fondo del entorno. De los 1,9 °C restantes, el 83 % se explica por la transformación del terreno —vegetación reemplazada por edificio, estacionamiento y pavimento— y el 17 %, equivalente a 0,32 °C, corresponde a la operación activa de los servidores y su refrigeración. Es la huella térmica del centro de datos, aislada del cambio de cobertura y del calentamiento del entorno.
"Más allá de los números, que son conservadores, lo interesante y trascendente es la señal que se detecta: un aumento de calor en las inmediaciones del centro de datos", explicó Orlando. "Logramos confirmar que una parte está asociada a los cambios en el paisaje. Pero hay otra parte que solo se explica por la operativa. Esta medida captura eso: la señal inequívoca de un emisor de calor". Un tercio de grado puede sonar a poco, pero es la contribución de un solo edificio, medida a las 10:30 de la mañana —antes del pico de calor diario— y promediada a lo largo de 25 años.
Qué hizo diferente al trabajo uruguayo frente al estudio internacional
En marzo de 2026 se publicó "The data heat island effect", de Marinoni y otros autores, el primer paper que vinculó centros de datos con islas de calor. Se trata de un preprint, es decir, una versión preliminar difundida antes de pasar por la revisión de otros científicos. Reportó un aumento promedio de 2 °C alrededor de las instalaciones analizadas, pero recibió críticas metodológicas del divulgador Andy Masley, del analista de la consultora Omdia Vlad Galabov y del investigador de la Universidad de Bristol Chris Preist.
Los tres coincidieron en un mismo punto: el estudio no lograba separar el calor que producen los servidores del que se acumula simplemente por cambiar vegetación por techos y pavimento. Masley agregó que el trabajo tampoco se comparaba con otros tipos de construcción comercial y que el sensor usado —llamado MODIS, con una resolución de 1 kilómetro por píxel— era demasiado grueso para distinguir un centro de datos de su entorno inmediato.
El análisis de Farías y Dobrich usó Landsat, un satélite con una resolución 33 veces mayor, controló todos esos factores y, según la revisión de literatura realizada, es el primero en aislar ambos componentes. La probabilidad de que el resultado sea producto del azar, según el modelo estadístico, es de menos de una en mil millones.
La investigación también detectó un patrón espacial que refuerza el hallazgo. En un edificio común, el calor lo da el sol sobre el techo y disminuye a medida que uno se aleja. En los galpones de referencia eso se cumple: la temperatura baja en escalones, primero hasta los 150 metros y después hasta los 300. En el centro de datos de Antel, no. La temperatura se mantiene prácticamente igual entre el edificio y los primeros 150 metros, una especie de meseta térmica que no aparece en ningún otro sitio analizado.
Esa meseta, según el estudio, solo se explica por el funcionamiento del sistema de refrigeración: los equipos exteriores expulsan chorros de aire caliente que no se quedan junto al edificio sino que se desplazan con el viento y se acumulan en la periferia. "Ningún sistema de refrigeración elimina el calor: solo lo mueve de adentro hacia afuera", explicaron los autores.
El dato toma otra dimensión al mirar lo que viene. El centro de datos de Antel en Pando tiene una capacidad máxima de 12 megavatios y, según pudo confirmar Amenaza Roboto en una visita al lugar, durante el período analizado una de sus cuatro salas de servidores estaba vacía. A 11 kilómetros, en Ciudad de la Costa, Google construye el Proyecto Teros, su centro de datos de hiperescala —la categoría más grande de la industria— con una potencia media estimada de unos 64 MW: cinco veces la capacidad máxima del de Antel. Según la revisión del expediente ambiental, ninguno de los estudios presentados por Google contempla el efecto de isla de calor.