23 de abril de 2026 5:00 hs

Semanas pasadas escuché dos comentarios de pequeños-medianos empresarios en Uruguay que me han dejado pensando: “mi empresa está limpita, no tiene deudas” y “sacar un préstamo en Uruguay para ejecutar un proyecto es imposible”. Parecen dos caras de monedas distintas. Por un lado quienes creen fielmente que no tener deuda es una virtud a riesgo de no entender el costo de oportunidad, y por otro lado quienes comprenden lo necesario del credito al servicio del desarrollo, se les dificulta mucho acceder a él. Pareceria que en nuestra economía tenemos un sesgo de percepcion negativa a aplancar proyectos, y un sistema financiero no dispuesto ni a promoverlo ni a facilitarlo. ¿Qué dicen los números? Esos que no mienten.

De las 304 categorías empresariales que el Banco Central del Uruguay releva en sus estadísticas de crédito, 94 tienen un stock de deuda bancaria inferior a un millón de dólares. Más de la mitad (178 de ellas) están por debajo de los diez millones. Apenas 36 superan los cien millones. El crédito se concentra en un puñado de sectores y el resto de la economía vive, estructuralmente, sin financiamiento bancario.

A febrero de 2026, el sistema bancario uruguayo tenía un stock de crédito al sector no financiero privado residente de aproximadamente USD 27.000 millones. La mayoría con vencimiento menor a un año. El Fondo Monetario Internacional, en su Consulta del Artículo IV publicada en octubre de 2025, cifra esa profundidad financiera en 31% del PIB y lo califica, textualmente, como "relativamente baja comparada con la de nuestros pares", agregando la dificultad de acceso para familias y pequeños emprendimientos. De ese stock, USD 15.900 millones financian empresas y USD 11.100 millones financian familias. La relación es 59% a 41%.

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Dentro del segmento familias, el consumo, con USD 5.500 millones, ya es la categoría individual más grande de todo el crédito privado uruguayo. Es más grande que todo el crédito agropecuario. Más grande que todo el comercio mayorista y minorista. Más grande que toda la industria manufacturera. Todo parece indicar que el sistema le aprtece financiar más al consumo que a la producción.

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Préstamos.

Préstamos.

Repasemos la concentración sectorial. Comercio, Agropecuario e Industria Manufacturera concentran el 34% del stock total. A nivel individual, los tres códigos de actividad más endeudados son ganadería, construcción de edificios y explotación mixta agrícola-ganadera. Después aparece un desierto. Muchos de los setores con de un millón de dólares en deuda están en áreas donde el país declara su apuesta estratégica: tecnología, servicios profesionales, enseñanza privada, industrias creativas, turismo. Categorías enteras registran cifras de stock que, en la escala de la economía uruguaya, son testimoniales.

La comparación internacional completa el diagnsotico. Datos recientes compilados por la consultora argentina 1816, tomados de fuentes oficiales y del Banco Mundial, ubican el crédito privado como porcentaje del PIB en Chile en 103 %, Brasil 76 %, Paraguay 57%, Ecuador 56%, Colombia 40%, México 35%. Uruguay 31%. Argentina cierra la tabla con 12%, caso condicionado por su historia macroeconómica reciente. El promedio latinoamericano ronda el 55%. En la Unión Europea el ratio de crédito bancario al sector privado es de 78% . En Estados Unidos, supera el 200% .

La literatura económica encuentra una correlación positiva y robusta entre profundidad del crédito y crecimiento económico, con rendimientos decrecientes recién cuando el ratio se acerca al 80%100% del PIB. Uruguay no está cerca de ese umbral. Está en el otro extremo. Tiene, en términos técnicos, un margen enorme de profundización financiera pendiente. El propio FMI lo dice en su último informe: el acceso al crédito sigue limitado para algunos hogares y, especialmente, para las empresas más pequeñas.

¿Por qué, entonces, no tomamos deuda? Conviven al menos dos posibles explicaciones, y no son excluyentes. La primera es cultural. Somos un país con una economia que ha sufrido duras crisis en los últimos 40 o 50 años, regenerando entornos de aversión al riesgo y al endeudamiento. Ese sesgo, porque es un sesgo, en el sentido técnico: un error sistemático de procesamiento, nos priva de oportunidades.

La segunda explicación es estructural. Los plazos del crédito uruguayo son cortos, las tasas incorporan un spread elevado, el mercado de capitales local es fragmentado y poco profundo. Para una empresa mediana, financiarse en Uruguay sigue siendo caro, extremedamente engorroso y de corto aliento. Para un sector emergente sin garantías reales, es directamente inaccesible.

Una deuda corporativa baja puede leerse como virtud. Puede leerse también como oportunidad perdida. Cuando la brecha entre Uruguay y los países más desarrollados o de la región es de dos a tres veces, cuando la empresa se financia menos que la familia, y cuando el propio FMI nos recuerda que seguimos subdesarrollados en materia de crédito, algo más que prudencia está ocurriendo. Está ocurriendo que no estamos apalancando el crecimiento que decimos querer. Que sistema financiero necesitamos como país, por su relevancia, es parte de las discusiones que tenemos pedniente como sociedad.

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