El 6 de agosto de 1945, cuando el bombardero estadounidense Enola Gay soltó "Little Boy" sobre Hiroshima, no solo culminó el Proyecto Manhattan sino que se cerró una de las competencias científico-militares más intensas de la Segunda Guerra Mundial. Detrás de esa explosión que cambió la historia se escondía una carrera global por dominar la tecnología nuclear, donde cuatro países lucharon por conseguir primero el arma definitiva.
Alemania partió con ventajas considerables cuando estalló la guerra. Los físicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron la fisión nuclear en diciembre de 1938, sentando las bases teóricas para aprovechar esta energía con fines militares. Tras la ocupación de Checoslovaquia, los nazis controlaron las minas de uranio de Jáchymov, una fuente crucial de material fisible que les daba una posición privilegiada.
El Proyecto Uranio alemán comenzó oficialmente el 1 de septiembre de 1939, el mismo día de la invasión a Polonia, bajo la dirección del Premio Nobel Werner Heisenberg. Este físico, considerado uno de los padres de la mecánica cuántica, tenía los conocimientos teóricos necesarios y contaba con el respaldo de un régimen que había demostrado su capacidad para movilizar recursos masivos.
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La pila atómica experimental alemana en Haigerloch, abril de 1945
Sin embargo, el programa alemán enfrentó obstáculos críticos que terminaron por frenarlo. Los científicos subestimaron dramáticamente la cantidad de uranio enriquecido necesaria para una bomba funcional: calcularon que serían suficientes unos pocos kilogramos cuando en realidad se necesitaban decenas. Además, se enfocaron más en desarrollar reactores nucleares para generar energía que en crear armas.
El golpe definitivo llegó con los bombardeos aliados a las plantas noruegas de agua pesada. En 1943, comandos británicos y noruegos destruyeron las instalaciones de Vemork, donde se producía el agua pesada necesaria para los reactores alemanes. Esta operación, junto con el hundimiento del ferry que transportaba los últimos cargamentos, paralizó efectivamente el programa nuclear nazi.
Los otros competidores: Japón e Inglaterra
La decisión de Estados Unidos de lanzar su programa nuclear fue una respuesta directa al temor alemán. En agosto de 1939, Albert Einstein escribió su famosa carta al presidente Franklin Roosevelt, alertándolo sobre la posibilidad de que Alemania desarrollara "bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas". Einstein, junto con otros científicos europeos refugiados como Leo Szilard y Enrico Fermi, conocía de primera mano las capacidades alemanas.
Esta urgencia llevó a Estados Unidos a invertir recursos sin precedentes en el Proyecto Manhattan. Entre 1942 y 1945, el programa empleó a más de 130.000 personas y consumió cerca de 2.000 millones de dólares de la época, equivalentes a unos 30.000 millones actuales.
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La bomba del Proyecto Manhattan
Japón también mantuvo programas nucleares secretos durante la guerra, aunque menos desarrollados. El país asiático desarrolló dos proyectos paralelos: el Ni-Go, dirigido por el físico Yoshio Nishina en el Instituto de Investigación Física y Química RIKEN, y el F-Go, liderado por Bunsaku Arakatsu en la Universidad Imperial de Kioto. Ambos programas comenzaron en 1941 y se centraron en el enriquecimiento de uranio mediante centrifugadoras y separación térmica.
El programa Ni-Go logró construir una ciclotron de 60 toneladas para separar isótopos de uranio, pero los constantes bombardeos aliados sobre las instalaciones japonesas y la escasez crítica de recursos impidieron avances significativos. Los científicos japoneses calcularon que necesitarían 10 años y 10.000 millones de yenes para producir una sola bomba, recursos que el país no tenía disponibles en plena guerra.
Reino Unido, por su parte, había iniciado su propio programa nuclear conocido como "Tube Alloys" en 1940, dirigido por Wallace Akers y con la participación de científicos como James Chadwick, descubridor del neutrón. Sin embargo, las autoridades británicas pronto comprendieron que carecían de los recursos industriales necesarios para competir solos en la carrera atómica.
En 1943, Winston Churchill decidió colaborar estrechamente con Estados Unidos a través de los Acuerdos de Quebec, integrando a científicos británicos al Proyecto Manhattan. Esta colaboración incluyó el traslado de físicos clave como Klaus Fuchs, Rudolf Peierls y Otto Frisch a Los Álamos, quienes aportaron conocimientos cruciales sobre el diseño de armas nucleares.
El espionaje soviético que aceleró la bomba rusa
Mientras los aliados occidentales competían contra Alemania, Stalin ya pensaba en la posguerra. En 1942, el líder soviético puso en marcha su propio programa nuclear bajo la dirección de Igor Kurchatov, pero con recursos limitados debido a la guerra en el frente oriental. La primera fase del proyecto soviético se desarrolló con apenas 35 científicos y un presupuesto reducido.
La clave del sorprendente éxito soviético fue una combinación de espionaje masivo y capacidad científica propia. Klaus Fuchs, un físico alemán comunista que había huido del nazismo y trabajaba en Los Álamos, comenzó a filtrar secretos nucleares a los soviéticos desde 1941. Fuchs proporcionó información detallada sobre el diseño de ambas bombas: la de uranio utilizada en Hiroshima y la de plutonio detonada en Nagasaki.
El espionaje soviético no se limitó a Fuchs. David Greenglass, cuñado de Julius Rosenberg y técnico en Los Álamos, entregó esquemas detallados del mecanismo de implosión de la bomba de plutonio. Theodore Hall, un físico de apenas 19 años que trabajaba en el proyecto, también transmitió información crucial sobre el diseño de las armas nucleares.
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Maqueta de la bomba RDS-1 localizada en el Museo Politécnico de Moscú
Además del espionaje, los soviéticos se beneficiaron de la captura de científicos alemanes al final de la guerra. Manfred von Ardenne, Gustav Hertz y Max Steenbeck fueron trasladados a la Unión Soviética junto con equipos nucleares y stock de uranio alemán. Estos científicos trabajaron en el programa nuclear soviético durante 10 años bajo estricta vigilancia.
Los soviéticos también establecieron sus propias minas de uranio en Asia Central y Europa del Este. Para 1949, habían extraído más de 15.000 toneladas de mineral de uranio de las minas de Wismut en Alemania Oriental y desarrollado instalaciones de enriquecimiento en Novaya Zemlya.
Con esta combinación de inteligencia robada, talento científico capturado y recursos propios, la Unión Soviética logró detonar su primera bomba nuclear el 29 de agosto de 1949, apenas cuatro años después de Hiroshima. La velocidad sorprendió a los estadounidenses, que esperaban mantener el monopolio nuclear por al menos una década.
La primera bomba soviética, denominada RDS-1 o Primer Relámpago, era una copia casi exacta de la bomba de plutonio estadounidense "Fat Man", gracias a la información proporcionada por los espías. La explosión tuvo una potencia de 22 kilotones, similar a la bomba de Nagasaki, y se detonó en el polígono de Semipalátinsk en Kazajistán.
La carrera atómica que precedió a Hiroshima no solo determinó el desenlace de la Segunda Guerra Mundial, sino que estableció las bases del equilibrio nuclear de la Guerra Fría. Estados Unidos llegó primero, pero su ventaja temporal resultó más breve de lo anticipado gracias al espionaje soviético y a la subestimación de las capacidades científicas de sus rivales. Para cuando se utilizaron las bombas en Japón, el principal motivo original para desarrollarlas —el temor a un arsenal nuclear alemán— ya no existía, pero las armas se lanzaron de todas formas, ahora con objetivos diferentes: acelerar la rendición japonesa y demostrar el nuevo poder estadounidense a la Unión Soviética.