“No, no es lo mismo que escucharlos en un baile. Ahí tocan 10, 20 minutos, acá van a venir con invitados, pueden cantar más” le comenta una chica a su amiga esperando para entrar al Antel Arena. Hace frío, la gente se saca fotos con las luces coloridas de fondo, pasan grupos de amigos, familias con niños chicos y un par de vendedores ofreciendo vinchas y coronas a $100.
El sábado pasado, la banda de plena liderada por Jonathan “Jona” Suárez, La Nueva Escuela, se presentó por primera vez en el Antel Arena con su show Primera Clase. Durante dos horas y media pasaron por todo su repertorio, desde los clásicos, sus inicios de adolescente y los últimos lanzamientos.
Al entrar, lo primero que llama la atención son los asientos numerados en el campo. Uno se podría imaginar que al tratarse de una banda de plena, un ritmo hecho para bailar, el campo estaría liberado para que el público esté de pie. Pero ese detalle fue el primer indicador de que la propuesta del espectáculo no sería lo que muchos esperaban.
El show comenzó con luces tenues y en el escenario aún no se veía a la banda. Solo a un grupo de intérpretes con valijas y bolsos simulando un aeropuerto y una voz en off anunció de que se iba a tratar el concierto: Esta noche viajaremos hacia nuestra identidad. Porque la cultura no solamente se hereda. Se honra, se vive, se comparte. Esa frase dejó bien claro desde el principio que no se trataría de una especie de versión extendida de lo que hacen en festejos y fiestas. Tenían un mensaje que querían transmitir y querían demostrar de dónde viene la plena y La Nueva Escuela.
Cuando empezó la música, como por instinto, la gente se puso de pie. Comenzaron cantando canciones de su nuevo disco (que le da nombre al concierto) y al cuarto tema “sube la energía” como tenían marcado los bailarines en su copia del setlist. Jona Suárez se pone una remera de Uruguay y canta dos canciones que en todas sus versiones hacen emocionar a cualquier uruguayo: El Viejo, de La Vela Puerca, y Muriendo de Plena, de Ruben Rada. Habían pasado apenas 15 minutos del comienzo del espectáculo y ya la gente había encontrado en el espacio entre la barra, la última fila de asientos y las puertas una pista de baile. En ese rinconcito varias parejas aprovechaban para bailar más cómodamente. Cerrando el primer bloque llegó la primera invitada, Luana Persíncula, que además de ser cantante de plena es la actual pareja de Jona. Interpretaron juntos Te entiendo y se despidieron con un corto beso que fue muy celebrado por el público.
En el segundo bloque la banda interpretó sus canciones que los hicieron más conocidos, como Tu y Yo, Qué dolor y Tan nervioso. El último tema de este segmento fue Solo tuyo, que fue acompañado al final de una cuerda de 6 tambores. Dentro de los percusionistas estaba el padre de Jona, Héctor Manuel Suárez. En un momento de la canción queda únicamente la voz del cantante con los tambores, y el público se sumó haciendo con palmas la clave de candombe. Ese final sería el enganche perfecto para el siguiente segmento.
En el Antel Arena se repite varias veces antes del comienzo del espectáculo que por seguridad los pasillos deben quedar libres en todo momento. Esa regla quedó olvidada por primera vez cuando la comparsa de La Nueva Escuela tomó protagonismo. En el escenario estaba toda la cuerda de tambores y en los pasillos del campo de desplegó el cuerpo de baile. Después se sumaron los gramilleros, las mama viejas y el escobillero para las canción Simples Rumores y las que quedaban del bloque. El segmento concluyó con una frase que terminó de darle sentido a lo que acababan de hacer: Las raíces no se dejan atrás, viajan con nosotros. Y en el silencio otra vez la gente aplaudió la clave de candombe, como si quisieran contestarle de alguna manera a la comparsa y quisieran mantener viva esa energía unos segundos más.
Luego, el show fue a los verdaderos orígenes de Jona como artista. Presentó a su segundo invitado como un “hermano de la vida”. Se trataba de su primo, Brian Suárez, cantante de La Dosis. Cantaron juntos aquellos temas que sacaron como adolescentes. “Estos temas los escribíamos en la ceibalita” recuerda uno de ellos. Sin banda, solamente acompañados de un DJ, se notaba el disfrute y la complicidad entre ambos.
Después se incorporó la banda y Ezequiel de León, integrante de La Dosis para seguir cantando éxitos populares de La Nueva Escuela. Luego de un par de canciones llegó el penúltimo invitado, Mariano Bermúdez, quien antes de despedirse recordó que “lo que está pasando hoy para el género es historia pura”. En el último bloque Jona cantó Carnaval, el penúltimo tema del concierto, junto con Américo Young. Durante esta canción invitó a la comparsa a que se subieran con ellos, y en apenas unos segundos el cuerpo de baile ya ocupaba espacio en el escenario.
Para la última canción, Mayores, Jona pidió que los niños y niñas del público subieran al escenario con él. Le dijeron que no y él respondió “Entonces voy yo ‘pa ahí, de una”, y bajó de un salto del escenario. Mientras Jona cantaba desde el campo, en el escenario no quedaba ni un lugar vacío. Todos los integrantes de la comparsa, los bailarines y demás estaban gozando esa última canción. En el campo se volvió a ignorar el pedido de que los pasillos queden libres, y algunos formaron un trencito. Los demás seguían bailando en el fondo o desde su lugar indicado, pero todos estaban bailando. La gente pedía otra, pero se prendieron las luces y se tenían que ir, se quedaron con ganas de más, de seguir la fiesta eternamente.
Durante todo el show la energía no bajó ni un segundo y La Nueva Escuela demostró que la plena tiene un lugar muy importante en la música uruguaya. El público después salió y se volvió a encontrar con el frío de una noche de agosto, pero durante esas dos horas y media que duró el concierto, se sintió la calidez de los tambores, la música y un género lleno de alegría, disfrute y goce.