23 de mayo 2024
10 de marzo 2024 - 16:42hs

Justo el 8 de marzo (8M), Día internacional de la Mujer, una Milei, Karina, hermana de Javier, secretaria general de la Presidencia y el poder real detrás del trono, decidió que el Salón de las Mujeres de la Casa Rosada (así se conoce a la Casa de Gobierno en Argentina) cambiará su nombre y función por el flamante Salón de los Próceres, la mayor parte de ellos actores políticos del siglo XIX y, además, todos hombres.

Ese acto, con una gran difusión desde la misma presidencia, ocurrió un rato antes de la movilización por el 8M, un evento de la agenda política que en los últimos años alcanzó una importante influencia en el escenario sociopolítico argentino.

La reacción a la movida de Karina Milei no se hizo esperar, sobre todo, desde el mundo de la política, la cultura, la universidad y el activismo social, todo aquello que Javier Milei caracterizó –desde antes de asumir– como parte fundante de “la casta”.

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La casta, leitmotiv de la reciente campaña electoral, hace referencia al grupo privilegiado por las políticas estatales de las últimas dos décadas y representa –y es representado por– el relato predominante del Estado nacional desde la llegada del kirchnerismo al poder en el año 2003. 

La acción de Karina Milei fue caracterizada como una simple provocación.

Es decir, no se le reconoció ningún otro motivo ni peso más que una maldad intrínseca. 

Sin embargo, una mirada alejada del debate pasional permite observar cuestiones más complejas que la simple lucha entre el bien y el mal.

Para comenzar, fue la primera aparición en primera persona de Karina, quien hasta el momento había preferido eludir protagonismos y actuar como sombra de su hermano.

En el video oficial se muestran los trabajos en el salón mientras son atentamente observados –y relatados en off– por la misma hermana presidencial. ¿Será el preanuncio de una mayor presencia?, ¿puede haber un futuro político para otra Milei?

Posiblemente por eso también, y desde que se difundió el video con los cambios en la Casa Rosada, la noticia tomó creciente protagonismo en los medios de comunicación y en las redes sociales. 

De alguna manera, la movida fue exitosa, ya que contribuyó a quitarle centralidad a la concentración que se iba a desarrollar poco tiempo después.

El debate entonces comenzó a girar sobre los personajes particulares que ocupaban el renovado salón y su mayor o menor mérito para estar ahí. 

Sobre todo, por la polémica inclusión de Carlos Menem, expresidente peronista en los años 90 y símbolo de las reformas económicas neoliberales en Argentina.

Menem fue el único político de la segunda mitad del siglo XX que ocupó un lugar en el nuevo salón, lo cual no deja de ser simbólico del propio lugar que quiere ocupar el gobierno de Milei en la actualidad. 

Pero, además de los detalles tácticos, este suceso puede leerse en continuidad con el discurso del presidente argentino en el Foro de Davos y luego en la convención conservadora de Estados Unidos.

La conveniencia de la batalla cultural

Es que el gobierno de Milei considera que una parte importante de su tarea es la “batalla cultural”, sintetizada en la lucha contra la Agenda 2030 y todo el decálogo progresista en el cual la cuestión del género se encuentra incluida en un lugar relevante.

En la Argentina de los últimos años, este tema adquirió gran centralidad, sobre todo a partir del proceso que derivó en la sanción de la ley del aborto. 

Pero iba más allá de una ley. El proyecto político kirchnerista, en consonancia con la izquierda populista que inauguró el chavismo a fines del siglo XX, utilizó reivindicaciones sociales con extenso predicamento para luego volverlas sectarias y sostén de la legitimidad de los proyectos de poder que encarnaban sus líderes. 

En Argentina eso se vio claramente con los debates sobre los Derechos Humanos en la última dictadura militar.

En la medida que esta estrategia se usaba cada vez más evidentemente para proteger proyectos personales, autoritarios y la corrupción que de estos devenía, también fueron generando mayores rechazos. Más aún con el aumento de la pobreza, la inflación y la violencia.

Milei logró articular detrás de su candidatura a los sectores que se hallaban hartos por el uso de estos discursos vinculados al feminismo, al medio ambiente, al indigenismo, a la lucha anticapitalista, entre otros, en cuyo nombre los gobiernos kirchneristas abusaron del poder del Estado y llevaron al país a la ruina. 

Por eso, el triunfo de Milei también está marcando un cambio de ciclo en la voz del Estado con consecuencias muy importante en las élites universitarias, científicas, culturales y políticas que eran los principales voceros de la parte valórica de los gobiernos kirchneristas y también algunos de sus grandes beneficiarios. 

La concentración del 8M fue una postal de estos tiempos de cambio.

Por un lado, no tuvo la centralidad política ni el peso de poco tiempo antes, y fue planteada como un hecho político contra un gobierno que todavía tiene un importante respaldo social.

Por otra parte, la convocatoria mostró que sus líderes no comprenden aún las repercusiones de este cambio de ideas sociales.

De otra manera no se entienden las referencias de apoyo a Hamás en el documento leído en el acto, y un total silencio sobre las mujeres israelíes atacadas el pasado 7 de octubre. 

Milei está apelando cada vez más a la “batalla cultural”, como se vio en los anuncios sobre el cierre del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) y de la agencia oficial de noticias Telam. 

La posición de Milei sobre los 30.000 desaparecidos, expresada con sorna en su discurso ante el Congreso y la prohibición del lenguaje inclusivo en el Estado, son parte de esta estrategia.

Pero entre sus mismos aliados comienzan a aparecer malhumores porque se eluden peleas simbólicas más importantes, como al mantener el nombre de Néstor Kirchner en el paradigmático centro cultural ubicado en el micro centro porteño o la designación de ex funcionarios kirchneristas en importantes cargos políticos.

Seguramente veremos más de estas medidas y un aumento de la confrontación dialéctica. 

Para el gobierno la batalla cultural es un recurso fácil de utilizar y es barata, sobre todo, porque posee mayor repercusión entre sus seguidores que el camino de las reformas económicas, mucho mas tortuoso y donde las buenas noticias todavía parece que tardarán en llegar.

 

 

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