El argumento central que esgrimen sus críticos se basa en el número de víctimas, la deficiente distribución de alimentos y la aparente falta de interés del Estado de Israel en detener su ofensiva militar en Gaza.
Sin embargo, esos argumentos no parecen constituir la verdadera razón detrás de la muy amplificada –y coordinada- ofensiva contra Israel.
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Terroristas de Hamás custodian a los rehenes israelíes Tal Shoham (I) y Avera Mengistu (D) antes de entregarlos a la Cruz Roja en Rafah, sur de la Franja de Gaza.
Todos contra Israel
Si Hamás liberara a los rehenes, gran parte de las demandas hacia Israel serían factibles de cumplirse.
Seamos claros: para buena parte del mundo progresista, Hamás representa más un movimiento legítimo que un grupo terrorista. Por eso, toda la presión contra Israel no se replica del lado palestino exigiendo la devolución de los cautivos.
De ahí que la información difundida por Hamás suele ser aceptada como veraz por políticos progresistas o de izquierda, agencias de noticias y organismos internacionales.
Sobre esa base se ha construido una narrativa que busca imponerse. Y esos datos suelen manipular la realidad
Si la condena a Israel se basara en víctimas, niños o hambruna, Gaza no sería el peor caso. Mucho menos como para sostener semejante campaña global de indignación.
Todo ese reclamo pacifista y la histeria “onegeísta” en Medio Oriente no se repiten en Ucrania.
En más de tres años de guerra, el costo humano para rusos y ucranianos ha sido devastador. De hecho, es peor que en todos los conflictos de Medio Oriente sumados.
Sin embargo, los mismos pacifistas que callan en Medio Oriente, en Ucrania se transforman en halcones.
Allí reclaman más dinero en armas, ataques más cercanos a Moscú, mayor intervención bélica de Estados Unidos e incluso apuestan al fracaso de la mediación de Trump.
La violencia es la normalidad mundial
Si ampliamos la mirada, la desproporción se vuelve aún más evidente al repasar otros escenarios.
Alguien dirá que comparar violencias es inmoral.
Pero es lo que permite fijar prioridades y medir la gravedad de cada coyuntura. Sobre todo, sirve como respuesta al principal argumento de quienes pretenden ubicar a Israel en el vértice de la pirámide de la violencia actual.
Un caso aún más grave es Sudán, con una guerra civil que ya ha dejado más de 40.000 muertos y 14 millones de desplazados internos. Es una de las catástrofes humanitarias más graves de nuestro tiempo.
También Siria, donde desde 2011 la guerra civil acumuló más de 650.000 muertos —la mitad de ellos civiles— y 13 millones de entre desplazados internos y externos.
La invasión de 2003 a Irak y la insurgencia posterior provocaron entre 186.000 y 210.000 civiles muertos, solo entre los casos documentados, aunque algunas estimaciones elevan el total de víctimas por encima del millón.
A esta lista se suma Yemen, otro de los grandes dramas contemporáneos olvidados por la progresía periodística y el activismo “onegeísta”. La guerra civil comenzó en 2014 y se calcula que ya han muerto casi 400.000 personas. Más de 4 millones fueron desplazados internamente y al menos 2 millones han huido al exterior.
Según UNICEF, más del 80 % de la población necesita ayuda humanitaria y millones de niños están en riesgo de desnutrición aguda. Es considerada por la ONU como la peor crisis humanitaria del mundo.
A pesar de ello, los actores de Hollywood, los estudiantes de los campus norteamericanos, Pedro Sánchez o Emmanuel Macron no han abierto la boca.
Este último porque ha hecho pingües ganancias vendiendo armas a los grupos involucrados.
También la República Democrática del Congo vive un conflicto armado que ha dejado entre 4 y 5 millones de muertos desde finales de los años noventa. Más de 7 millones de personas han sido desplazadas internamente.
El caso es un ícono de cómo un conflicto de semejante magnitud puede permanecer fuera del radar mediático global, pese a su brutalidad.
Y no puede omitirse Xinjiang, la región autónoma de mayoría uigur en China. Desde 2017 el régimen comunista desplegó allí una política sistemática de persecución y control social.
Informes de la ONU estiman que más de un millón de personas pasaron por campos de “reeducación”, sometidos a trabajos forzados, torturas y separación familiar.
Pese a su magnitud, este caso permanece en segundo plano en la agenda mediática internacional, eclipsado por los intereses económicos que atan a buena parte del mundo progresista con Beijing.
También Myanmar, en el sudeste asiático, vive desde el golpe militar de febrero de 2021 una represión brutal. El ejército ha bombardeado aldeas enteras en regiones donde operan grupos de resistencia, dejando miles de muertos civiles y comunidades arrasadas.
Según la ONU, más de 2,6 millones de personas han sido desplazadas dentro del país y en naciones vecinas. El gobierno en el exilio ha denunciado que los militares han cometido ejecuciones sumarias, la quema de pueblos, violaciones y el uso del hambre como arma de guerra.
Paradójicamente, las ONG internacionales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que en su momento contribuyeron a debilitar al gobierno democrático derrocado, hoy ya no muestran el mismo interés por este caso.
Ni hablar de Venezuela, sometida a un régimen que asesinó y torturó opositores, además de arrasar con la vida cotidiana de casi 8 millones de personas que debieron huir del país como pudieron.
En México, la muerte de periodistas, jóvenes y políticos bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum se esconde detrás de una utopía indigenista que reviste de idealismo lo que en realidad es una masacre silenciosa.
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Greta Thunberg hace el anuncio
La indignación selectiva
Cuando no es Israel el involucrado, los derechos humanos parecen perder importancia en gran parte de la narrativa internacional. Greta Thunberg, por supuesto, no planea pasar por ninguno de los países mencionados con su comitiva de jóvenes ansiosos.
La izquierda atlántica se divide entre el activismo universitario y del mundo artístico, y aquellos sectores políticos que han descubierto la conveniencia de construir bases electorales con emigrantes musulmanes.
En ese esquema, el uso populista de la condena a Israel parece traer buenos resultados.
La élite woke no ataca a Israel por Gaza.
Poco le importa la vida de quienes están fuera de su círculo privilegiado. El objetivo es político: atacar Israel es erosionar la base de la civilización occidental que buscan defenestrar.
Israel, además, ha sido el bastión de ese Occidente que tanto detestan en Medio Oriente.
La doble vara es el corazón del problema.
Hoy la violencia es global, pero la indignación y la condena es selectiva.