18 de abril de 2026 9:24 hs

El militar prusiano Carl von Clausewitz, autor de una obra fundamental sobre la ciencia militar moderna, se hizo más famoso —como en tantos otros casos— por una frase que pasó al dominio público: "La guerra es la continuación de la política por otros medios".

Al analizar el conflicto entre Irán y Estados Unidos, su complejo entorno, y las idas y vueltas de los protagonistas, también podríamos decir que esta premisa funciona en ambos sentidos: hoy, la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Donald Trump domina como pocos ese flujo continuo entre la guerra y la política, moviéndose en una frontera difusa con un timing que desconcierta a sus aliados como a sus oponentes. Su locuacidad y verborragia confunden; sin embargo, nadie se atreve a descartar sus palabras.

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Tras los primeros ultimátums, el escenario se trasladó a una ronda de negociaciones en Pakistán. Mientras Teherán desmentía su participación, el canciller iraní y altos funcionarios de la Guardia Revolucionaria se encontraban para negociar con el vicepresidente estadounidense, JD Vance.

A pesar de la expectativa, no hubo acuerdo. Entonces Washington respondió con amenazas y comenzó su propio bloqueo en el Estrecho de Ormuz, mientras Irán también mantenía su postura más dura.

Sin embargo, bajo esa superficie de hostilidad, la negociación seguía viva.

Pese a las amenazas que el mismo profería y contra todo lo que se veía en medios y redes sociales, Trump afirmó que estaban avanzando en la negociación y que estaba dispuesto a ir en persona a firmar el acuerdo si los iraníes se avenían a aceptar sus términos.

El régimen no se inmutó y amenazó con ataques en el Mar Rojo. Pero la noticia es que al final garantizaron que el estrecho de Ormuz estará abierto hasta el fin del cese el fuego, lo que provocó la suba de acciones y un desplome en la cotización del crudo. Además adelantaron más reuniones.

trump ormuz
“El nuevo presidente del régimen iraní, mucho menos radicalizado y mucho más inteligente que sus predecesores, ¡acaba de pedir un alto el fuego a los Estados Unidos de América!”, afirmó Trump.

“El nuevo presidente del régimen iraní, mucho menos radicalizado y mucho más inteligente que sus predecesores, ¡acaba de pedir un alto el fuego a los Estados Unidos de América!”, afirmó Trump.

La brecha del uranio

Posiblemente sabiendo esto Trump había evitado la reacción histérica o las medidas extremas. En su lugar, optó por la presión militar simultánea a la oferta de una segunda ronda de negociaciones. Como un jugador que sabe que sus cartas son irremediablemente ganadoras.

El desacuerdo no parece ser de fondo, sino de plazos.

El objetivo de Estados Unidos es suspender el enriquecimiento de uranio iraní por un período de veinte años, mientras que la oferta de Irán se limita a cinco.

La resolución del conflicto radica en encontrar un punto medio en esa diferencia.

Todo indica que este nuevo encuentro se producirá más temprano que tarde, especialmente tras la tregua firmada entre Israel y el Líbano. Para Irán, ese acuerdo es parte del asunto y busca incluir puntos que den un respiro a Hezbollah, protegiendo su influencia regional.

Gran parte de la prensa occidental, en su afán antitrumpista, intenta mostrarlos como una suerte de irreductibles galos al estilo de Astérix y Obélix, que resisten al imperio que los busca dominar. Pero no todo es tan sencillo para los iraníes como la descripción de sus estrategias lo sugiere.

La realidad es que —con su capacidad militar convencional prácticamente desarticulada y sin poder de disuasión— el país se encuentra exhausto y en una situación de aislamiento extremo y sin apoyo exterior concreto.

En ese contexto, mantener el poder interno –o lo que queda de él– es tan importante para la Guardia Revolucionaria y los ayatolás como el enfrentamiento militar con Estados Unidos. También mantener a raya a las belicosas minorías étnicas y no perder de vista al hijo del Sha.

Esta fragilidad política y militar del régimen convive con un recrudecimiento brutal de la represión interna: solo en 2025, las autoridades iraníes ejecutaron al menos a 1.639 personas. En medio de los ataques norteamericanos, el régimen ahorcó a siete personas por las protestas de enero.

El progresismo occidental, mientras tanto, calla ante lo que ocurre puertas adentro. Amnistía Internacional reclama que la cuestión de la pena capital se ponga en cualquier mesa de negociación con Teherán para prever que no se aplique a destajo luego del conflicto.

Pero esto no será fácil. En Irán, la autoridad estatal está fragmentada por las internas. Esto hace que cada acuerdo sea producto de agobiantes negociaciones y de eludir múltiples vetos. Por eso, los intermediarios internacionales cobran tanto peso como las partes mismas.

Es aquí donde emerge el papel crucial de otros países islámicos que mantienen vínculos con sectores supervivientes del poder iraní; terminales a las que Estados Unidos, lógicamente, no tiene forma de llegar.

Pero entre todos los protagonistas emergió un actor que hasta el momento se mantenía fuera de escena: el vicepresidente estadounidense JD Vance. Su figura emerge con un peso renovado tras meses detrás de una postura silenciosamente contraria a la escalada de la guerra.

viktor orban

JD Vance: el protagonista de la "suerte dispar"

En su afán por consolidarse como un actor principal, Vance parece haber encontrado un camino, marcado por ahora por una fortuna esquiva. Su primera misión estos días fue el respaldo explícito a la reelección de su aliado Viktor Orbán en Hungría.

Orbán es una figura que funciona como espejo para los sectores más conservadores del catolicismo republicano que Vance representa. Sin embargo, el resultado fue un golpe seco: Orbán no solo perdió, sino que lo hizo por un margen contundente.

La segunda tarea asignada al vicepresidente fue negociar con los iraníes en Pakistán. Bajo la lógica de Trump de «si tanto te gusta la paz, ve y consíguela», Vance se sumergió en un diálogo complejo que, si bien sigue abierto, no arrojó resultados inmediatos para que JD muestre a sus seguidores.

Pero quizás el reto más simbólico ha sido actuar como el rostro de la administración frente a otro «norteamericano ilustre»: el Papa León XIV. Este encuentro no es un dato menor; tiene una carga significativa dado que Vance es un reconocido –y entusiasta- converso al catolicismo.

Situarse entre la agenda de Trump y la Santa Sede lo coloca en una posición de equilibrio donde busca, en última instancia, erigirse como el canal de comunicación clave entre el presidente, la nueva derecha estadounidense y las bases más tradicionales del movimiento MAGA.

Finalmente, y no menos importante, Vance debe gestionar la delicada tarea de congraciarse con su jefe y líder, en un entorno donde cualquier especulación sobre el futuro es terreno minado.

En la Casa Blanca actual solo hay lugar para un único líder.

Mientras Trump y los iraníes navegan en un mar de flexibilidad estratégica y amenazas terminales, la política y la guerra dejaron de ser compartimentos estancos.

En este juego de espejos, ambas se confunden y se funden hasta aparecer, simplemente, como las dos caras de una misma moneda.

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