20 de mayo 2024
23 de octubre 2023 - 0:46hs

Alguien que lo conoce desde hace muchos años le dijo el sábado a la noche, bien tarde. “Sergio, si mañana ganás esta elección, vas a quedar en la historia. Vas a poder dar charlas en las universidades del mundo contando como te metiste en el ballotage y quedaste a las puertas de la presidencia cuando tenías todo para perder”.

El candidato sonrió pese al cansancio de la campaña y el de las complicaciones enormes de la economía que administra.

Vamos a andar bien mañana, y el lunes empieza otra película”.

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¿Se puede ganar una elección con el 138% de inflación anual, con el dólar disparado por encima de los 1.000 pesos y con la pobreza cruzando la barrera del 40%? Massa se sobrepuso a todas esas adversidades, consolidadas durante su gestión como ministro de Economía, y se trazó un plan para poder lograr una victoria en tres etapas en la que casi ninguno de sus colaboradores creía.

Massa es, ante todo, un profesional de la política. El más profesional quizás de toda la casta política, ahora que Javier Milei ha puesto de moda el término y que muchos lo creían una mochila insoportable en estos tiempos.

Con la economía en llamas y las finanzas del país apuntando hacia otra crisis terminal, el candidato no dudó en construir una campaña populista para recrear la ilusión del consumo. Y en demonizar las propuestas del libertario, asustando a muchos argentinos con la visión de un futuro de catástrofe si le permitían el bombardeo del Estado.

No dudó en lanzar créditos a un interés irrisorio para el nivel de actual de la inflación, ni en suprimir el pago del impuesto a las Ganancias por tres meses sin reparar demasiado en el costo fiscal.

Movilizó a los gremios del transporte para poner el precio que costarían los boletos sin subsidios en la tarjeta SUBE o en los carteles luminosos de los trenes. Y suspendió las elecciones en Ucrania y en Israel porque están en guerra, pero sobre todo (en el caso israelí), para evitar el voto a favor de la oposición que se replicó en varios de los países con grandes colonias de argentinos emigrados.

Todo suma en una elección tan reñida. En una pulseada voto a voto donde tenía que remontar el resultado paupérrimo que había obtenido en las PASO del 13 de agosto.

Massa fue a buscar a cada gobernador peronista y a cada intendente del conurbano bonaerense de los que jugaron a la displicencia en las primarias de hace tres meses. Dos días después de aquella derrota viajó a Salta y lo encaró a su amigo Gustavo Sáenz. Hizo lo mismo con el tucumano Osvaldo Jaldo, con el riojano Ricardo Quintela y con una decena de barones peronistas del Gran Buenos Aires. El discurso siempre fue el mismo. 

El 22 de octubre quiero que juegues en serio. Y si volvés a jugar mal, mejor que yo pierda. Porque si yo gano, me voy a acordar toda la vida que me jugaste mal”, les advertía, palabra más, palabra menos a todos esos dirigentes.

Massa no quería perder tampoco ningún voto en los distritos donde el peronismo está acostumbrado a ganar. Y solo hay que mirar bien otra vez el mapa electoral para entender que la estrategia le dio resultado.

El domingo, Massa ganó en Salta, ganó en Tucumán y ganó también en La Rioja, entre otros distritos que le habían sido infieles. Pero, especialmente, ganó en forma decisiva en la provincia de Buenos Aires y el conurbano bonaerense fue el bastión donde construyó la base de la inesperada victoria.

Fue un triunfo edificado desde la soledad más absoluta en la campaña.

No estuvo Cristina Kirchner ni estuvo jamás Alberto Fernández. Jamás apareció Máximo Kirchner y casi ni se vio a Wado De Pedro. Apenas algunos actos compartidos con Axel Kicillof, con quien viene construyendo una relación de sintonía política que se pudo observar al trasluz cuando acordaron rápidamente la salida de Martín Insaurralde del gobierno bonaerense, apenas descubierto el escándalo de corrupción que el funcionario protagonizó con la modelo Sofía Clérici y el yate “Bandido”. Música, relojes Rolex y carteras Louis Vuitton con fondo azul del mar Mediterráneo.

En la noche del domingo, cuando Patricia Bullrich ya había admitido su derrota y Javier Milei comenzaba a digerir el mal trago y la desilusión de su elección tan idéntica a las PASO, Massa salió a hablar ante los suyos para celebrar brevemente la miel de su victoria.

Con el rostro concentrado, prefirió calmar la euforia de los suyos con un discurso pleno de definiciones políticas para esbozar ya un proyecto de país. Habló de una Argentina de consenso, de la producción, del papel del Estado y de la necesidad de construir un gobierno de consenso. 

Parecido al sueño de Rodríguez Larreta, pero sobre una base real. La plataforma de un escenario presidencial con núcleo peronista, aliados potenciales y terminales en otros sectores políticos. 

Se acabó la grieta”, planteó Massa en el final de un discurso que parece solo el principio.

La próxima estación es el ballotage del 19 de noviembre, cuando deba a enfrentar a Milei. Tiene 51 años y su adversario ayer cumplió 53. Ambos representan una generación que viene a reemplazar lo que hicieron y lo que no pudieron hacer Cristina y Macri. Veinte años de un país que no consigue salir de las trampas del fracaso y de la decadencia.

 

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