30 de mayo 2024
23 de abril 2024 - 0:46hs

La novedad de la semana es la escalada en el enfrentamiento entre las universidades y el gobierno de Javier Milei. 

Lo que comenzó como un tira y afloja presupuestario se convirtió en un conflicto de gran magnitud y, posiblemente, en el primer obstáculo político importante que debe enfrentar el gobierno del presidente libertario.

El sistema universitario argentino es muy particular, primero, porque carece de examen de ingreso.

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En segundo lugar, porque no tiene arancel para estudiantes nacionales ni extranjeros. 

En tercer lugar, porque posee sistemas de decisión colectivos elegidos por votación democrática que son autónomos, es decir, sin injerencia del Estado, y donde los estudiantes tienen un poder institucional muy importante. 

Todo esto es lo que se dio a llamar el modelo reformista, nombre tomado de las reformas del año 1918 y que significaron la apertura a la educación superior moderna.

Pero es la masividad del sistema lo que más determina su funcionamiento. Y también su impacto político. 

Por ejemplo, solo la Universidad de Buenos Aires cuenta con casi 300.000 alumnos. Algunas de las universidades públicas pequeñas en Argentina serían grandes para otros países.

Esa cantidad de alumnos implica una infraestructura enorme y miles y miles de docentes para el dictado de clases, lo cual termina conformando un cuerpo de nivel heterogéneo y malpago y la existencia de condiciones académicas y científicas que se han deteriorado en los últimos años. 

El 84,5% del presupuesto total es para cubrir los salarios de docentes y personal administrativo.

La masividad es también producto de que el ingreso a la universidad ha sido para las clases medias y bajas una de las pocas opciones que han tenido a lo largo de la historia para lograr algún tipo de ascenso social o de mejora en su situación económica.

Si bien todo esto sigue pesando en algunos imaginarios y relatos, su impacto es cada vez más restringido en una sociedad donde la pobreza y la caída de los estándares educativos la norma. 

Es difícil separar el rumbo de la universidad del resto del aparato estatal y público del país. 

En este aspecto, se hace fuerte la crítica de Milei y sus seguidores que argumentan que las universidades ya no cumplen su función, que son lugares de adoctrinamiento y “para hacer negocios turbios”. 

Sobre todo, que son organizaciones privilegiadas, cuyas élites se han beneficiado de sus puestos de poder como el resto de “la casta”. 

Por eso se aprovecharían del presupuesto público, rechazando los pedidos de auditoria en nombre de una anacrónica autonomía que solo conduce al desenfreno y la corrupción.   

Las universidades son un lugar donde los libertarios piensan que deben librar un capítulo central de la “batalla cultural”.

No solo por lo que la institución debería hacer y no hace, también porque allí se produjeron y legitimaron los relatos kirchneristas sobre el pasado reciente, el papel del Estado y el rumbo de la economía.

La(s) Universidad(es)

Por lo pronto se puede decir que las universidades públicas no son un colectivo homogéneo. 

Muchas cumplen su función correctamente, aunque la intolerancia y los recursos de los gobiernos kirchneristas han impactado mas o menos en casi todas ellas.

Además, en los últimos años, hubo mucha polémica por la creación de nuevas universidades sin otro criterio que la demanda de intendentes (alcaldes) y sectores académicos y culturales del peronismo que buscaban bastiones donde gozar de presupuesto y empleo público para ellos y sus adherentes. 

Por eso, en el diverso mapa del centenar de instituciones de educación superior, las más prestigiosas y mejor evaluadas son, en general, las más antiguas. 

La Universidad de Buenos Aires es la que marcha primera en este pelotón. Sin embargo, el conflicto con Milei las ha unificado a todas, y atrás de ellas, a todos los grupos opositores. La Biblia y el calefón. 

Históricamente, cuando se quiere enfrentar al oficialismo de turno, si no hay un líder político que domine la escena, las oposiciones se aglutinan atrás de sectores que disputan por temas puntuales.

El peronismo ha utilizado con éxito a los sindicatos y, en el siglo XXI, sumó a los movimientos sociales, a la ultraizquierda y a los grupos vinculados a los derechos humanos. 

Ellos han sido el ariete con el cual el peronismo desgastó a los gobiernos ajenos hasta que pudo conseguir un líder con potencia electoral para ganar las elecciones. 

Pero los sectores no peronistas también lo han hecho. En los últimos tiempos, de la mano de las agrupaciones representantes del mundo agroexportador, a veces con la prensa o a través de las redes sociales.

Los universitarios no se han quedado atrás y han sido protagonistas en muchos momentos de la historia, incluso, aportando a la caída de varios presidentes constitucionales. 

Como casi siempre en la Argentina, pero particularmente en los últimos 20 años, el enfrentamiento político se da a todo o nada, en un juego de suma cero.

No hay lugar para matices. Por eso hoy todo se plantea como la “educación pública contra el gobierno de ultraderecha” o “los privilegiados de siempre contra el gobierno del pueblo”. 

En este momento es difícil discutir desde un lugar de racionalidad. 

El gobierno tiene que cambiar su actitud hacia las universidades que son importantes en el desarrollo de cualquier país del planeta. 

Al mismo tiempo, tiene que pensar en que está siendo más agresivo con las corporaciones culturales y educativas que con las económicas a las que vino a derrotar. 

Pero las universidades también tienen que hacer una fuerte autocrítica y plantear formas más actuales, razonables y transparentes de encarar la gestión de sus asuntos. 

Al mismo tiempo romper con la excesiva partidización de sus claustros y autoridades, y, sobre todo, una tasa de egreso que puede convertirse en su talón de Aquiles (solo el de 26,3% se recibe a tiempo y la mitad no aprueba más de una materia por año).

Sin embargo, ahora esa no es la discusión. Ni sabemos si en algún momento ocurrirá. 

Hoy son dos trenes que van uno contra otro a toda velocidad para ver quién es el más fuerte y quién impone la agenda política del país. 

¿Podrán las universidades lograr aquello que los políticos opositores no han podido?

¿Podrá el gobierno vencer a una institución que ha calado transversalmente en el mundo simbólico de las clases medias argentinas?

Pronto lo sabremos.

 

 

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