29 de agosto 2025 - 16:17hs

Es que alguna vez iba a pasar.

Nadie puede negar el cambio de estos tiempos. El éxito imparable de las redes sociales y la decadencia de los medios tradicionales tal como los conocimos.

Elon Musk mató a Marshall Mc Luhan. El medio ya no es el mensaje. Y un insulto bien dirigido en Twitter (perdón Elon, en X) tiene la potencia suficiente para destruir al enemigo del momento.

Ni siquiera hace falta conocer de ortografía. Los errores en los textos a veces hasta mejoran la viralización y maximizan la llegada del mensaje.

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Pobre mi profesora Barrionuevo, experta en literatura, quien me enseñó a leer a Cortázar a los 15 años y me gritó tanto en clase hasta que logré escribir sin errores gramaticales básicos. Twitter la hubiera hecho agonizar en el peor de los infiernos.

Pero es la política el territorio donde Twitter obtuvo sus victorias más aplastantes.

En la Argentina y en el resto del planeta. Donald Trump en EEUU, que hasta se creó su propia red (Truth). El patético ministro de Transporte, Oscar Puente, en España. Y el tren a la presidencia que condujo al argentino Javier Milei.

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En Argentina, el kirchnerismo fue el primero en advertir el fenómeno y en profesionalizarlo en los años finales de Cristina. Todo quedó a la vista cuando se descubrió que los funcionarios y los activistas digitales K escribían mensajes parecidos.

Y muchas veces, tantas que finalmente perdieron el glamour, escribían exactamente el mismo mensaje. En idéntico orden, con los mismos puntos y las mismas comas.

El macrismo también hizo su experiencia tuitera, bajo la batuta del todopoderoso Marcos Peña, aunque sin agresividad y apostando a lograr una victoria cultural del republicanismo que, como se comprobó, fue derrota.

Al intento de los Macri boys por cambiar la narrativa le faltó agresividad, la vitamina fundamental del universo de Twitter.

Eso es lo que entendió rápidamente Javier Milei. Venía de la furia de los paneles televisivos y trasladó ese capital muy naturalmente a las redes sociales. Se lo notaba cómodo en esa coreografía de gritos y de insultos virales.

La historia dirá cuánto hubo de instinto personal de Milei; cuánto de asesoramiento del consultor Santiago Caputo y cuánto de aporte del resto de los emprendedores digitales que se fueron acercando al hombre que iba a terminar como presidente.

Pero esa coalición de saltimbanquis de las redes sociales terminó conformando un fenómeno que llegó a la Casa Rosada amparado en la potencia letal de las miles y agresivas cuentas de Twitter.

Ni el kirchnerismo ni el macrismo pudieron resistir ese vendaval que acompañó el ascenso de Milei.

Claro que las cosas comenzaron a cambiar desde que Milei es el presidente.

La armada tuitera siguió siendo el sostén narrativo durante el primer año y medio de gobierno, pero el panorama se modificó rotundamente a medida que se acercó el momento de las decisivas elecciones legislativas.

Es lo que se advierte en estos días definitorios, antes de la elección bonaerense del 7 de septiembre y de las legislativas nacionales del 26 de octubre.

La violencia de Twitter, la de los insultos y la de las invitaciones a pelear que se multiplican en los posteos de las redes sociales, comienzan a pasar al terreno de la realidad en la campaña de las calles.

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"Afuera de Twitter te cagan a piedrazos”, explica uno de los encuestadores top de la Argentina. Y no se trata de elucubraciones intelectuales.

Esta semana, en ese municipio del sur bonaerense que es Lomas de Zamora las piedras volaron sobre la humanidad de Javier Milei, de Karina y de José Luis Espert, el primer candidato a diputado de la Libertad Avanza, quien debió subirse a una moto de la custodia para no quedar a merced de las patotas kirchneristas.

Sin piedras, pero con trompadas y patadas voladoras, la violencia electoral se repitió en la Facultad de Derecho, donde los universitarios kirchneristas intentaron dirimir a los golpes el enfrentamiento con el grupo libertario, todavía inexperto en el arte de la putrefacción de las asambleas y los escrutinios definidos a las piñas.

Tendrán que pedirle asesoramiento a los radicales universitarios de Franja Morada, que en la década del ’80 lograron quebrar al peronismo en todas las facultades y que debieron entrenar a sus propios matones para mantener ese liderazgo durante tres décadas.

Un buen consultor para los libertarios también podría ser el economista Carlos Maslatón, que en aquellos años militó el éxito transitorio de la UPAU, el brazo universitario de la Ucedé de los Alsogaray.

Es cierto que hoy está alejado de Milei y abrazado a las rémoras del kirchnerismo, pero seguramente recuerda la emoción de las batallas contra Franja Morada, la Juventud Universitaria Peronista y la extinguida Juventud Intransigente de Oscar Alende. No se le recuerdan combates puntuales, pero siempre algo queda.

La violencia electoral también apareció en las calles de Corrientes, provincia que elige gobernador este fin de semana, y seguramente aparecerá de nuevo en los distritos donde los simpatizantes y aliados de Milei intenten desafiar al kirchnerismo en sus territorios.

Los piedrazos, las trompadas y las patadas tienen una única traducción política. El miedo a perder.

Por eso, la apuesta del gobernador Axel Kicillof y sus aliados circunstanciales del cristinismo es una elección de aparatos políticos para los comicios regionales del 7 de septiembre.

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Si el ausentismo es grande, crecen las posibilidades del kirchnerismo.

Así es que no hay prácticamente publicidad oficial de los comicios bonaerenses, que van a hacerse con el viejo método de la boleta sábana (más vulnerable para las maniobras de fraude electoral) y para los que ya tendrían alquilados más de 10.000 remises y unos 5.000 colectivos para trasladar a los votantes.

Frente a eso, está la fragilidad inexperta del aparato electoral libertario, que apenas cuenta con el auxilio de la reducida estructura del PRO, que sobrevivió a la interna entre los que acordaron con La Libertad Avanza y los que se marginaron por estar en desacuerdo.

Muy poco si el resultado se termina definiendo en un escenario de escasa participación.

Está claro que Javier Milei y La Libertad Avanza apuestan a que una participación masiva pueda favorecerlos.

En esa línea, podrían resultar beneficiados por los episodios de violencia como el de Lomas de Zamora que lo devuelve al lugar de víctima. El mismo espacio que logró ocupar luego del debate con Sergio Massa antes del ballotage.

De todos modos, ninguna encuesta podrá medir antes del 7 de septiembre qué grado de impacto tendrán los escándalos recientes. Ya no hay tiempo.

El impacto de los audios del abogado Diego Spagnuolo, en contra de Javier Milei, o el de los tirapiedras K del conurbano bonaerense, a favor del Presidente. Ese enigma solo se revelará con el resultado de las elecciones.

Hay algo que sí se puede advertir en la Argentina incierta del futuro inmediato.

Y es que el éxito completo de Javier Milei, que solo sucederá si es reelecto en 2027, se pondrá a prueba en un territorio diferente y mucho más complicado.

En el de las redes sociales, pero también en el de los medios tradicionales y en el de las calles argentinas.

Allí donde hay que hacerles frente a los desafíos económicos, a las peripecias judiciales y también a las piedras. El enésimo zarpazo de los violentos para perpetuar el fracaso del país sin destino.

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