Cada tanto, una figura joven irrumpe en la escena global. Un talento admirable que trasciende fronteras y activa una fibra colectiva. En Argentina, cuando eso ocurre, no solo celebramos: también proyectamos, con la ilusión de numerosos éxitos y victorias, pero tal vez con algo más que ese aliento.
Estamos acostumbrados a tener figuras e ídolos que ponen la bandera en lo más alto. Ese orgullo compartido nos envuelve y convoca un apoyo masivo que crece con velocidad vertiginosa. Emerge, crece y se construye un nuevo ídolo en tiempo récord. Pero casi con la misma rapidez, si los resultados no son los esperados de inmediato, se lo defenestra.
El ascenso de Franco Colapinto a la Fórmula 1 —con un inicio prometedor y luego errores propios de una curva de aprendizaje lógica para su edad y nivel— no solo es una gran noticia deportiva. Es también una oportunidad para mirar el fenómeno desde otra óptica.
Uno de los aspectos más destacados del joven piloto argentino, además de su talento al volante, es su carisma espontáneo, su forma natural de conectar con el público frente a las cámaras. Ese mismo carisma del que es elogiado, es hoy, junto con su rendimiento, blanco de burlas y etiquetas como “Chocapintos”, “Bleff” o “Puro Humo”.
Es en esa veloz contradicción —entre el entusiasmo desbordado y la crítica feroz— donde aparece una oportunidad: mirar más allá de las pistas y dirigir un tanto la atención hacia las gradas. Porque el lugar que ocupamos como espectadores frente a fenómenos como este puede funcionar como un espejo. Un espacio que condensa aspectos más profundos sobre nosotros mismos. Tal vez, cuando arengamos, celebramos, criticamos o descalificamos, estamos siendo más autorreferenciales de lo que creemos.
Ver a Colapinto en la grilla de los 20 mejores pilotos del mundo —donde se toman decisiones en milésimas de segundo y se maniobra a más de 300 km/h— nos despierta orgullo, sin dudas. Pero también nos expone. Muestra una cultura donde el exitismo muchas veces pesa más que el sostén, donde la tolerancia al error es baja y la idea de proceso resulta incómoda, incluso sospechosa.
Hasta parecería como si se hubiera atrofiado un tanto el sentido de construir. No pasan muchos días desde el enaltecimiento hasta la crítica despiadada. No hay escalas intermedias. A veces estamos más cómodos idolatrando o defenestrando que acompañando. Es más fácil asignar la etiqueta de “genio” o “fracaso” que sostener la ambigüedad de una carrera o un desafío en curso.
Tal vez ahí esté el punto: la forma en que observamos a Colapinto, la rapidez con la que construimos o destruimos ídolos, nos dice mucho sobre cómo nos relacionamos con nuestros propios procesos. ¿Cuánto margen de error nos damos? ¿Cuánta paciencia nos permitimos? Cuánto podemos sostener un deseo, un proyecto, una vocación o hasta un vínculo… sin obtener resultados inmediatos, sin una auto calificación abrupta, sin castigarnos si no son los esperados.
La cultura del resultado es adictiva. Nos premia cuando llegamos, pero nos silencia en el mientras tanto. Y en esa lógica, perdemos algo valioso: la posibilidad de acompañar, el valor de construir con otros y de respetar los tiempos reales del crecimiento. Colapinto no necesita que lo salvemos ni que lo crucifiquemos. Tiene talento, equipo, entrenamiento y, sobre todo, años de carrera por delante. Pero nosotros, que lo observamos desde lejos, tal vez sí necesitemos usar este fenómeno como excusa para reflexionar.
Quizás el verdadero privilegio no sea simplemente ver a un joven argentino en la F1 luego de 23 años de ausencias, sino aprovechar ese momento para revisar cómo nos relacionamos con la valoración de nuestro rendimiento, la construcción de nuestros procesos, proyectos, aciertos y errores.
Puede que las encendidas gradas que se vuelcan a la pista con contagiosa pasión no alienten solo con el ímpetu por más ídolos exitosos o endiosamientos fugaces, sino por más capacidad de sostener, de acompañar y de perseverar a través del camino.
Como sintetiza el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi en su Teoría del flow: “El éxito, como la felicidad, no puede perseguirse; debe sobrevenir… como efecto secundario no intencionado de la dedicación personal a una causa mayor que uno mismo”.
Los resultados importan, claro que sí. Pero cuando hay un propósito guiado por un proceso genuino, cuidado y persistente, los resultados deberían ser una consecuencia natural —aun si no son los esperados—. No una exigencia inmediata, ni una vara definitiva que mida el valor de un camino, que aún está en marcha.