Todo vale en el universo Pedro Sánchez. Sobre todo ahora que su presente y su futuro político se juegan sobre la humanidad de su esposa, la influencer empresaria Begoña Gómez.
No bastó con que el año pasado hiciera una de sus jugarretas políticas después de la caída catastrófica del PSOE en las elecciones comunitarias del 28 de mayo. Adelantó los comicios generales para las vacaciones del verano, metió al Partido Popular y a Vox en la misma inquisición de la “ultraderecha” y convirtió el llanto de la catástrofe electoral en los panes y los peces de una derrota ajustada.
Luego solo tuvo que acordar con los separatistas vascos que no condenan los asesinatos de la ETA (EH Bildu) y con los separatistas catalanes que atentaron contra la Constitución de España. Para estos últimos, diseñó la ley de amnistía, el mismo instrumento legal que el peronismo utilizó en la Argentina para suavizar los crímenes de la guerrilla y los del terrorismo de Estado. Como cantó la poeta Eladia Blásquez, Pedro Sánchez a veces tiene el corazón mirando al sur.
Pero el virus de la sobreactuación se ha quedado para siempre dentro de Pedro Sánchez.
Ahora sabemos que él sabía que Begoña Gómez iba camino a ser imputada por supuesto tráfico de influencias con empresarios que luego se vieron beneficiados por el Estado español. Por eso, mostró su enésima jugada.
Aquel postureo de la renuncia cuando la Justicia le abrió una diligencia a su esposa. Aquella convocatoria escuálida en la calle Ferraz y aquel terror de sus ministros y secretarios a perder las ventajas de la casta política. La invención del operativo clamor que solo mostró la indiferencia y hasta cierto hastío que se respira en España.
Quienes pensaron que todo acababa allí se equivocaron.
EL DESAFÍO POLÍTICO Y TECNOLÓGICO DE JAVIER MILEI
La enfermedad de la sobreactuación ya es crónica en Pedro Sánchez. El presidente observó cada detalle de la visita de Javier Milei y creyó que sus dioses volvían a convocarlo cuando el argentino se refirió a Begoña (sin nombrarla) como “la esposa corrupta” que lo obligó a retirarse cinco días para pensar.
El arlequín socialista salió como un rayo. Mandó ese mismo domingo a su ministro, el pulcro y obediente José Manuel Albares, a exigirle disculpas y a citar al embajador en Madrid como si España fuera declararle la guerra a la Argentina. Sino fuera porque resultó patético hasta pudo ser gracioso. Pero no.
Sánchez llevó la sobreactuación al paroxismo y se trajo de Buenos Aires a la embajadora María Jesús Alonso Jimenez, a quien la guerra de los posteos de X le hizo menuda gracia porque acababa de operarse de una pierna y lo último que habría querido es actuar la farsa del conflicto diplomático.
Claro que jamás hubo disculpas de Milei ni nada que se le pareciera. Apenas una frase tomándoselo a broma (“Pedrito no me duró un round”) y un hit del libertario con fondo de musica electrónica distribuido generosamente por sus tropas digitales. “Pedro, Pedro, Pedro, Pedro Pe, tu esposa es corrupta, y vos también”, cantaba sobre las armonías retro de Rafaella Carrá un Milei construido con inteligencia artificial.
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Aunque a algunos de sus estrategas no los termina de convencer la insistencia, Pedro sigue colgado de la bandera de la sobreactuación. Tanto que, en la publicidad de la candidata socialista, Teresa Ribera, para la elección europea de este domingo hacen aparecer la sonrisa de Milei intentando asociarlo con el populismo. ¿Quién? ¿Felipe González?, ¿Francoise Miterrand? ¿Willy Brandt? No, Pedro Sánchez.
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El problema con los jugadores de ajedrez siempre es el mismo. Las negras también juegan.
Porque Sánchez sabía que Begoña estaba imputada. Lo que no sabía es que la citación del juez Juan Carlos Peinado se iba a conocer cinco días antes de las elecciones europeas. Ni Alberto Núñez Feijóo ni Santiago Abascal tardaron más de una hora en salir a pedir aquello que supuestamente Pedro iba a pensar durante cinco días.
Socialistas y Populares se juegan el domingo algo más que la política para los inmigrantes ilegales o la Agenda 2030, que Europa tanto defiende y la ultraderecha tanto desprecia.
La sobreactuación le ha servido hasta ahora a Pedro Sánchez para surfear con éxito la ola del poder. Y es que allí arriba, hay que reconocerlo, se siente como en casa.
Puede ser el juego de las sorpresas estratégicas con las que somete desde hace cinco años al Partido Popular. O la batalla de las provocaciones, que juega con Milei en las redes sociales para beneficio mutuo. O puede ser el truco de las renuncias imaginarias con el que eriza los nervios de la sociedad española.
Pero la sobreactuación se vuelve un ejercicio peligroso cuando la corrupción toca las campanas de la casa familiar.
Bajo ese terremoto oscuro han sucumbido otros compañeros de correrías en la izquierda romántica y próspera de Iberoamérica. El ecuatoriano Rafael Correa debió exiliarse en Bélgica. El brasileño Lula pasó dos años preso y Cristina Kirchner consume su vejez tratando de que la condena a seis años de cárcel por enriquecerse con la obra pública no amargue las mieles de su década y media disfrutando los privilegios que nunca tendrán los desposeídos.
Incluso hay una trama de pólizas de seguros que nubla el cielo de turista español de su aliado argentino, Alberto Fernández. Ya le llegará a él también el momento de rendir cuentas judiciales.
Ahora le toca a Begoña Gómez pararse ante un juez y explicarle porqué sus amigos empresarios lograron que el incienso de la fortuna los bendiga justamente a ellos.
Como el pastorcito fabulador de la leyenda, Pedro Sánchez también jugará su carta de asustar a Europa con el lobo feroz de la ultraderecha. El riesgo más peligroso para estos actores vocacionales es cuando en la aldea ya dejan de creerles.