19 de agosto 2025 - 19:26hs

Pasados algunos días de la reunión entre Donald Trump y Vladímir Putin, la rueda de una posible salida a la guerra entre Rusia y Ucrania parece haber comenzado a girar, percepción que se consolidó con el encuentro en la Casa Blanca entre Trump y Volodimir Zelenski, al que se sumaron una selección de líderes europeos.

Se inicia así una compleja danza de demandas y concesiones que, aunque todavía carece de cronograma y formas precisas, podría conducir —en el mejor de los casos y en un tiempo prudencial— a un acuerdo de paz; o, por el contrario, a una prolongación del conflicto.

Luego de la reunión en Alaska entre Trump y Putin, tanto la prensa internacional como numerosos analistas manifestaron su decepción por la ausencia de resultados concretos, ya que no se alcanzó un cese del fuego que, en verdad, nunca estuvo planteado como una posibilidad real.

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El equipo de Trump había trabajado intensamente para moderar las expectativas.

Sin embargo, el propio presidente norteamericano no pudo con su genio y desplegó un optimismo público exagerado que culminó con el anuncio previo de un posible alto el fuego que finalmente no se concretó.

Esto llevó a que el balance del encuentro se evaluara desde una mirada crítica.

Días después, ya en la Casa Blanca, Trump se mostró más cauto, incluso se comportó como uno de esos presidentes a los que los europeos están más acostumbrados, posiblemente porque no tenía buenas noticias para ellos.

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Donald Trump y Volodimir Zelenski, el lunes en la Casa Blanca.

Donald Trump y Volodimir Zelenski, el lunes en la Casa Blanca.

¿Realismo o realismo mágico?

En general, tanto en la prensa europea como en buena parte de la latinoamericana —y también en Estados Unidos— se reproduce un esquema de análisis de “lucha del bien contra el mal”.

Todo intento de Trump por resolver el conflicto debería entonces estar asociado a un castigo ejemplar a los rusos, y a un beneficio directo para los ucranianos.

Por eso, la principal crítica al encuentro entre Trump y Putin fue que permitió el reingreso del ruso a la escena internacional, a pesar de la orden de arresto de la Corte Penal Internacional y las sanciones internacionales.

Esto habría supuesto una suerte de “blanqueo” político a cambio de nada.

Lo cierto es que Putin exhibe la tranquilidad de quien siente tener todo para ganar.

Ni las sanciones ni la propia guerra han logrado debilitar su poder interno. Tampoco deteriorar de forma significativa la economía o la calidad de vida de los rusos.

Además, la situación en el campo de batalla le es favorable.

El aislamiento propinado es, en gran medida, una ficción europea: Rusia conserva alianzas sólidas con China, India y diversas potencias regionales en todos los continentes.

Al igual que en sus declaraciones tras el encuentro en la Casa Blanca, los líderes europeos —y la prensa progresista— siguen sosteniendo que Ucrania debe lograr un triunfo en las negociaciones y que, si Rusia no cede, el desenlace debería contar en la fuerza militar de Estados Unidos.

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Sería apagar un incendio arrojándole nafta.

Trump, en cambio, plantea —no sin razón— que no se puede llevar a Rusia al límite sin pagar costos altísimos: se trata de una potencia nuclear de primer orden.

Arrinconarla sin opciones implicaría pagar un precio inimaginable. Incluso para quienes reclaman hoy una postura más dura frente a Putin, ese costo sería difícil de aceptar.

Pero la ideología, a veces, prefiere cerrar los ojos ante la realidad.

Lo cierto es que los acontecimientos parecen marchar en sentido opuesto a lo que desean los europeos, aunque, sin duda, su presencia en la mesa sigue siendo la mejor —si no la única— carta de Zelenski.

Aun así, los ucranianos no parecen tener buenas opciones: o continúan desangrándose, o aceptan que el fin del conflicto solo será posible pagando también un precio muy elevado.

Por otra parte, para Trump no sólo están en juego los costos económicos o el riesgo de un conflicto mayor. También le preocupa que seguir castigando a Rusia termine empujándola aún más —y en peores condiciones— hacia los brazos de China.

Uno de sus objetivos, al avanzar en una rehabilitación de Putin, es ofrecer incentivos para que ese vínculo entre rusos y chinos —forjado por necesidad— comience a aflojarse.

Si bien no es algo esperable de inmediato, tampoco sería la primera vez que ocurra: existen antecedentes notables de tensiones, desconfianzas e incluso rupturas entre las élites de ambos países.

En este sentido, “blanquear” a Putin es, en realidad, reconocer el lugar que ocupa efectivamente en el tablero global. Nunca es triste la verdad… lo que no tiene es remedio.

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Xi Xinping y Donald Trump, presidentes de China y de EEUU.

Xi Xinping y Donald Trump, presidentes de China y de EEUU.

¿Qué quieren los grandes jugadores?

Desde antes de asumir, Trump y su equipo sostenían un diagnóstico claro: la administración Biden dejó un mundo plagado de conflictos y un deterioro del liderazgo global de Estados Unidos.

Todos esos frentes heredados —con EE.UU. aportando armas, dinero e incluso tropas— representan para Trump un desgaste inútil: no por pacifismo al estilo Gandhi, sino porque considera que sólo benefician a sectores específicos de la élite norteamericana.

Más aún, entiende que estas guerras distraen a Estados Unidos de su verdadero foco estratégico: la disputa por los aranceles y la reestructuración económica global.

Sobre todo, del conflicto geopolítico central con China en la región Asia-Pacífico, donde Beijing actúa con paciencia, consciente de que se trata de una contienda posicional que aún no se libra abiertamente.

Con la política errática de Biden, más el bajo perfil chino, la India recién comenzando a proyectarse y Rusia concentrada en sus propios dilemas, apareció un vacío que fue ocupado por actores con diversos grados de fanatismo e incluso grupos no estatales.

Sin reglas definidas ni actores capaces de imponer un orden coactivo, cada conflicto terminaba derivando en salidas violentas. Trump propuso cortar con esa lógica: incluso el conflicto necesita reglas, y por eso se lo vio apagando incendios en distintas partes del mundo.

Su apuesta es imponer un sistema en el que los muchachos grandes del barrio se sienten a la mesa y se encarguen de ordenar sus respectivas zonas de influencia.

En Medio Oriente, Israel y Arabia Saudita serían esos jugadores; que para eso deberían convertirse en socios políticos y comerciales.

Europa tendría que abandonar su adolescencia eterna para asumir lo que le corresponde; y, por primera vez en décadas, Estados Unidos parece mostrar voluntad de ordenar su “patio trasero”, como se vio en la última reunión de la Organización de Estados Americanos.

En ese contexto, Rusia también debería cumplir su rol. Por eso, una derrota rusa o el colapso de su Estado darían lugar a una inestabilidad de consecuencias impredecibles.

En ese esquema Ucrania no tiene poder ni para verla por zoom.

El analista Guillermo Lafferriere sentencia que si la mediación norteamericana fracasa, Trump no continuará la guerra como lo hizo Joe Biden. Y si Europa insiste en la vía bélica, advierte Lafferriere, Estados Unidos se retirará del conflicto y Ucrania quedará librada a su suerte… que no será mucha.

Aun así, persisten ciertos motivos para el optimismo si se entiende que lo más urgente es detener la muerte de personas en una guerra que ya ha dejado —según la revista francesa Le Grand Continent— al menos un millón de muertos o heridos, además de la destrucción masiva de ciudades e infraestructuras.

En definitiva, lo que está en juego no es sólo el destino de Ucrania, sino el modo en que los grandes jugadores pretenden reordenar un mundo atravesado por conflictos y sin reglas claras.

Si Trump logra que “los muchachos grandes del barrio” vuelvan a la mesa, quizás se abra una oportunidad —imperfecta, costosa y desigual— para detener una guerra devastadora y evitar otras.

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