1 de octubre 2025 - 10:03hs

El diario El País ha sido, durante décadas, una de las cabeceras periodísticas más influyentes en el mundo hispanohablante.

Construyó su prestigio como un medio independiente, referente para el progresismo moderado, con plumas brillantes y capaz de combinar información, análisis y pluralidad de voces.

Sin embargo, desde el cambio editorial de 2018 —casi en paralelo con la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno— el diario adoptó un rumbo político que desdibuja de forma permanente las fronteras entre el periodismo y el activismo.

Más noticias

En este recorrido, El País ha logrado erigirse como un gran difusor de la nueva narrativa de la izquierda cultural.

Se trata de una corriente tan convencida de su superioridad moral que ya no discute ni argumenta: se limita a sancionar y a expulsar del espacio legítimo de lo público a todo aquel que no se someta a su canon ideológico.

Además, El País ha tejido un coro iberoamericano de voceros, dando espacio a personalidades de distintos países, pero bajo un mismo ideario, con el fin de proyectar su influencia política más allá de las fronteras españolas.

Este viraje no ha sido inocuo. Figuras de renombre abandonaron el diario al comprobar que la diversidad que alguna vez lo definió había desaparecido.

El ejemplo más emblemático es el del filósofo Fernando Savater. Mientras tanto, otros medios han crecido allí donde los lectores tradicionales dejaron de sentirse representados.

La lógica del etiquetado: todo lo que no es izquierda, es ultraderecha.

ayuso milei .jpg
Presidente de Argentina, Javier Milei, y presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Presidente de Argentina, Javier Milei, y presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

La "gran amenaza" de Díaz Ayuso

En este contexto —y con esa estrategia editorial— se entiende la fijación con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.

El País la retrata como la gran amenaza para la construcción socialista, mucho más peligrosa que el propio líder formal de su partido.

Por eso, este último fin de semana, otra tanda de textos estuvo dedicada a la figura de Díaz Ayuso. Entre ellos, el titulado “PP Madrid. Ayuso, mil grescas y una grieta”, firmado por Natalia Junquera y Manuel Viejo.

El artículo muestra cómo la izquierda mediática construye escenarios políticos y discursos sociales. Coloca a Díaz Ayuso en el centro de una radicalización que arrastra a todo el Partido Popular.

Pero al “victimizar” al partido, no lo defiende; lo expone como una fuerza débil y sin identidad.

Cada gesto político de la presidenta madrileña es interpretado como una prueba de extremismo.

Incluso las estrategias más previsibles con las que se abrió camino en su carrera, así como las decisiones y cambios que le dieron mejores resultados, son condenados. Según estos periodistas, Díaz Ayuso debería haber renunciado a crecer políticamente.

En esa lógica, solo habría estado del lado correcto si hubiera optado por el camino de los errores y los peores resultados. En otras palabras, si hubiera jugado a garantizar que los que gobiernan hoy no abandonen jamás sus sillones.

La entrega de una medalla por la presidente de la Comunidad al mandatario argentino Javier Milei es un buen ejemplo de este doble estándar. A Díaz Ayuso se le reprocha que premiar a un presidente democrático se interprete como un signo de radicalización, únicamente porque el galardonado es un dirigente de derechas.

En contraste, los vínculos estrechos que los socialistas mantienen con la dictadura de Nicolás Maduro no solo se pasan por alto: se blanquean como si fueran parte de la rutina democrática.

La asimetría en la valoración es tan evidente que casi parece un chiste, pero se repite con toda seriedad.

En definitiva, esta narrativa descansa en una operación retórica que convierte valores particulares en normas universales. Se da por sentado que el único criterio legítimo para evaluar la política es el que impone el progresismo actual.

Bajo esa lógica, todo aquel que no se ajuste a esos parámetros es rápidamente etiquetado como “ultraderecha” o “antisistema”. El resultado no es un análisis equilibrado de la realidad, sino un dispositivo de alineamiento ideológico que empobrece el debate y reduce la pluralidad democrática.

fotonoticia_20250925022855_1920-1140x815
Pedro Sánchez, junto a los chilenos Gabriel Bóric y Michelle Bachelet en Nueva York.

Pedro Sánchez, junto a los chilenos Gabriel Bóric y Michelle Bachelet en Nueva York.

Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago

Lo paradójico es que, mientras Pablo Casado arrastraba al PP hacia una posición indefinida, sin identidad clara aunque moderada, el PSOE de Pedro Sánchez iniciaba un giro hacia la izquierda.

En ese proceso, el socialismo se radicalizaba, mientras sus voceros —entre ellos El País— acusaban a los populares de ser ellos quienes lo hacían.

Así, mientras la tibieza burocrática arrastraba al Partido Popular a sus mínimos históricos, el PSOE, con su flamante populismo de izquierda, lograba desbancar a los rivales que lo desafiaban en su propio territorio: primero a los nacionalistas, luego a Podemos y, más tarde, a Sumar.

A diferencia de la vieja socialdemocracia clásica de figuras como Willy Brandt, Helmut Schmidt, François Mitterrand, Mario Soares o el propio Felipe González, este programa de la izquierda actual se sostiene en un discurso de corte populista.

Por eso, no fue la radicalización de los partidos lo que dio lugar al extremismo y la polarización. Todo lo contrario: allí donde la izquierda actúa como izquierda y la derecha como derecha, reivindicando sus identidades políticas y sus diferencias, existen menos incentivos para el surgimiento de fuerzas ultras.

Eso encarna Díaz Ayuso: una derecha sin complejos que, al esquivar la competencia por su propio flanco, se erige en la verdadera alternativa al sanchismo.

El País lo advierte con claridad y, por eso, la señala como su rival privilegiada. La percibe como la amenaza más seria a un universo simbólico que se presenta como natural y que, precisamente por eso, pretende ser eterno.

Por otra parte, la polarización no es un invento de Isabel Díaz Ayuso —ni de Pedro Sánchez—.

Forma parte de la tradición política española, aunque las expresiones que adopta hoy están modeladas por nuevas dinámicas sociales y tecnológicas.

Lo que verdaderamente erosiona la pluralidad política en España —y en Europa— no es el estilo de Díaz Ayuso, sino la peligrosa disolución de fronteras entre Estado y sociedad civil, entre audiencia y electorado, entre periodismo y militancia.

Esa confusión es la que convierte al debate público en un ejercicio de control y disciplinamiento.

Fernando Pedrosa es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Temas:

periodismo trinchera El País Díaz Ayuso izquierda pedro sánchez

Seguí leyendo

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de Argentina

Más noticias de Estados Unidos