La guerra de Irán no se define solo en el campo de batalla: la clave es el relato para mercados y votantes
En un escenario donde la capacidad bélica convencional de Irán fue casi destruida, el conflicto se traslada al terreno de la percepción y las alianzas internas en Occidente. El desafío de Pedro Sánchez, pensado en clave electoral.
En una escena clave, el cineasta utiliza la metáfora de la pelota de tenis que golpea el fleje y queda suspendida, sin terminar de caer hacia un lado u otro.
Con este recurso, Allen juega con la idea de la fortuna o el azar como factores determinantes, con un peso equivalente al de las habilidades, el dinero, los conocimientos o los contactos.
No es un dilema original; resuena desde tiempos míticos hasta el presente.
Quizás haya sido Nicolás Maquiavelo el primero en teorizar tempranamente sobre esta cuestión. Esa milimétrica diferencia entre el éxito y el fracaso cobra hoy una fuerza inquietante al observar la escalada de tensión en la guerra con Irán y las disputas por darle un final.
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¿Match point?
El azar es, seguramente, uno de los elementos más infravalorados en el análisis político.
En general, tanto desde las ciencias sociales como desde el análisis experto en la prensa, lo fortuito rara vez aparece con el peso real que puede llegar a tener en la toma de decisiones.
Cuando se abordan hechos de gran complejidad, los acontecimientos suelen explicarse a través de la racionalidad de quienes deciden. De algún modo, esta visión genera tranquilidad: la sensación de que todo está en manos de alguien capacitado para el mando.
Bajo esta lógica, se asume que existe una relación lineal entre lo que se decide, lo que se ejecuta y los resultados obtenidos. En última instancia, lo que determinaría el curso de los hechos sería la relación de fuerzas en el campo de batalla, sumada a la "virtù" maquiavélica de los líderes.
Días atrás, al hablar del conflicto con Irán, algunos especialistas repetían la imagen de la moneda en el aire (similar a la pelota de Match Point). Sin embargo, hay que evitar la confusión. Irán carece de oportunidades en términos bélicos convencionales. Esa moneda ya cayó.
Por ello, ha quedado restringido a una jugada: maximizar su capacidad de daño, generar pánico en los mercados y sembrar temor en las sociedades occidentales para presionar a sus gobiernos, especialmente en un contexto donde Israel y Estados Unidos atraviesan procesos electorales.
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Pedro Sánchez, en los Premios Goya en Barcelona.
Pedro Sánchez, no te enganches.
Es que el conflicto se desarrolla también dentro de Occidente.
Irán se apoya en aliados diversos —y no pocos— para multiplicar su impacto: desde conservadores católicos y derechas tradicionales hasta, fundamentalmente, sectores de izquierda que buscan socavar los cimientos del sistema.
Pedro Sánchez lo comprendió mejor que nadie y, olfateando que el futuro electoral no le sería favorable a Trump —la fortuna no lo acompañaría mucho tiempo más—, no dudó en ubicarse en el centro del escenario.
Pocos líderes de su nivel político han tomado una posición tan tajante.
Sánchez no se ha quedado solo en las palabras: España cerró su espacio aéreo a los aviones estadounidenses. Es una decisión que implica un riesgo enorme, pero de acertar la jugada, la recompensa será de la misma magnitud que su apuesta.
Si algo se le reconoce a Sánchez es su audacia —y la carencia de pruritos— al jugar sus cartas para permanecer en el poder. Después de todo, España también tiene elecciones a la vista.
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Terroristas hutíes, ahora en apoyo de Irán.
¿War is over?
En estos días, la guerra no ha perdido centralidad, pero sí espectacularidad.
Los ataques de gran magnitud han cedido lugar a las palabras de gran magnitud. Trump oscila entre amenazas de destrucción total y la posibilidad de una negociación.
Del lado iraní también hubo movimientos: pusieron en juego los últimos recursos de su red. Sumaron a los hutíes de Yemen para multiplicar el pánico en los mercados mediante ataques en el Mar Rojo, afectando el comercio internacional con el objetivo de potenciar el daño percibido.
La irrupción de los hutíes es, ante todo, un movimiento de ajedrez geopolítico.
Su aporte no reside en un gran aporte bélico, sino en el intento de sabotear la maniobra saudí buscando reemplazar parcialmente la ruta de Ormuz mediante la salida al Mar Rojo.
Pero no todo han sido palos. El propio presidente de los Estados Unidos ha reconocido gestos iraníes, como el reciente anuncio de permitir el tránsito de veinte grandes buques petroleros por el estrecho de Ormuz como una "señal de respeto".
Si bien en Irán no hay elecciones a la vista, ni son muy democráticas, se libra una disputa interna feroz entre la Guardia Revolucionaria que presiona por una ofensiva militar más agresiva, frente a sectores religiosos hoy diezmados y una presidencia más moderada, pero estructuralmente débil.
En esta guerra, Arabia Saudita ha quedado expuesta, de modo similar a lo ocurrido con Europa en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Más allá de su poder económico, a la hora de responder ante los numerosos ataques —aunque poco contundentes— de Irán, no mostró una reacción significativa.
Quizás, simplemente, fue falta de voluntad. Con ellos nunca se sabe de qué lado de la red están jugando.
Esto es algo que deberán revisar, al igual que con otros países de la región. En sus últimas declaraciones, Trump instó a sus aliados a hacerse cargo de sus propias necesidades petroleras y a "poner el cuerpo" para tomar el Estrecho.
Sin embargo, si en algo ha fracasado notoriamente la estrategia de Trump, es en lograr que sus aliados asuman ese riesgo físico junto a él.
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¿Azar o incertidumbre?
En esta ocasión no predomina el azar, sino la incertidumbre.
Son conceptos muy diferentes: a diferencia del azar, la incertidumbre implica que el resultado final es desconocido, pero no que dependa de la suerte o de una mueca del destino.
La guerra no se desarrolla únicamente en el campo de batalla, ni se definirá solo por el nivel de destrucción del enemigo, incluso cuando esta haya sido de una magnitud tan impresionante como la que sufrió el sistema militar iraní.
Lo decisivo tampoco será un golpe de suerte ni un accidente inesperado.
El factor determinante será la capacidad —o incapacidad— de cada actor para construir un relato que, más que veraz, resulte creíble globalmente. Para los mercados y los futuros votantes donde tengan voz.
Es allí donde realmente se decide la suerte de la partida.