El adelanto meteorológico anticipa un consumo más rápido de las reservas de gas, que ya parten de un nivel más bajo que el año pasado. Pero además, a fin de año expira un acuerdo de “tránsito” que posibilita que el gas ruso fluya, en menor escala que antes, a Europa a través de Ucrania.
La combinación de ambos riesgos tiene a los operadores nerviosos y a la defensiva: en los mercados el gas sube 50% este año y se disparó 25% sólo desde octubre, con una marcada aceleración en las últimas semanas. Se encuentra cerca de un máximo en un año.
Nada comparable, de todos modos, a aquel 2022, en que el precio saltó 20 veces la norma histórica. Pero si bien bajó dramáticamente, todavía no volvió a niveles pre-crisis.
Europa viene diversificando sus importaciones de gas pero todavía hay varios países, sobre todo del Este, que dependen del suministro terrestre por tubería de gas ruso, a un costo relativo muy conveniente. Una interrupción abrupta de esa oferta podría hacer trepar el precio y resonar en todo el continente.
Demasiado frío para pocas reservas almacenadas de gas
En cuanto a la temperatura, un invierno especialmente crudo implica un uso más intensivo de las reservas almacenadas. Pero los inventarios a nivel europeo están al 85% cuando a esta altura del año pasado la capacidad disponible era del 95%.
La Unión Europea (UE) elevó su objetivo de reservas, de modo de llegar a febrero con al menos el 50%. Porque en la medida en que se consumen a un ritmo mayor, puede peligrar la campaña de recuperación del stock en el verano, aumentando la competencia con Asia.
De hecho, algunas proyecciones sugieren que, dado el punto de partida, es probable que la temporada termine con el almacenamiento al 39%, incluso sin un clima extremo.
Rusia todavía tiene 15% pero el mercado es de Noruega
Después de este acuerdo de cinco años entre Rusia y Ucrania y sin alternativas a la vista, el arreglo expirará el 31 de diciembre y los flujos de gas se interrumpirán.
Con las mejores intenciones pero poco sentido de la oportunidad, la administración de Joe Biden en EE.UU., que intenta hacer todo lo posible por Ucrania antes de que tome el mando Donald Trump, sancionó a uno de los últimos grandes bancos rusos que aún no habían sido penalizados, Gazprombank, que se especializa en el mercado de energía.
Así que Gazprom (la empresa de gas rusa) y quienes aún le compran gas en Europa buscaban una alternativa antes de que entre en vigencia la sanción el 20 de diciembre. Claro, suponiendo que, de alguna manera, aún puedan acceder al commodity luego de que caiga el acuerdo con Ucrania.
Pero Vladimir Putin acaba de levantar la norma que exigía que los pagos de importaciones de gas debían hacerse a través de esa entidad para frustrar el intento estadounidense de estrangular sus ingresos.
Hace tres años, Rusia era el mayor exportador de gas del mundo y Europa era su principal comprador. El acceso al gas barato ruso compensaba los cuestionamientos políticos de estar lidiando con el presidente Vladimir Putin.
Aunque desde entonces los europeos diversificaron sus proveedores -a costa de pagar más caro- Rusia sigue siendo uno de los exportadores más importantes, al punto de que la meta de la UE de erradicar su dependencia de los combustibles fósiles del país para 2027 no está en absoluto garantizada.
Las importaciones de combustibles fósiles rusos representaban unos u$s 1.000 millones mensuales a fines de 2023 contra u$s 16.000 millones a comienzos de 2022, según el think tank Bruegel en Bruselas.
Cuando hablamos de combustibles fósiles, es fundamentalmente gas. Rusia todavía concentra el 15% de las importaciones de la UE pero el liderazgo quedó en manos de Noruega, con el 30%, seguida de EE.UU., con el 19% y los países del Norte de África, con el 14%, de acuerdo a la Comisión Europea.
Austria, Eslovaquia y Hungría son los que más compran pero no los únicos
La mayor parte de ese gas ruso llega a través de Ucrania y Turquía. Entre los principales compradores están Austria, Eslovaquia y Hungría.
Países como España, Francia, Bélgica y Países Bajos todavía importan gas natural licuado (GNL) en barco. Parte termina mezclado con gas procedente de otras fuentes en la infraestructura de cañerías europea, lo que supone que potencialmente atraviesa Alemania, que alega no “tocar” el gas ruso.
Pero lo cierto es que no hay ningún tipo de prohibición a nivel europeo que impida continuar comerciándolo. Sarcasmo crudo.
Por otro lado, países que hicieron esfuerzos por buscar liberarse de la dependencia rusa, como República Checa, hoy vuelven a importar, al menos parte, vía Eslovaquia, al no poder enfrentar los costos de importar energía de otros países. También Italia, discretamente, recibe gas ruso a través de sus vecinos.
Mientras tanto, Rusia salió a buscar nuevos compradores para su gas y se convirtió en un gran abastecedor de China, al punto de que las exportaciones vía Siberia, con su enorme infraestructura de tuberías, aumentó 40% y ya desplazó a Europa, que incluso con lo que compra hoy significa un ingreso importante en este momento.
La buena noticia es que Rusia representó menos del 10% del consumo del gas en Europa en 2023, cuando antes del 2022 era más de un tercio. Es verdad que hay menos actividad en la industria pero también ahorro energético y un récord de instalaciones renovables.
En 2023, el viento produjo por primera vez más energía que el gas.