23 de julio 2024 - 20:00hs

Correr delante de toros ensogados en medio de un clima de celebración popular al ritmo de la música de las charangas es una experiencia que sólo puede vivirse en los tres días que duran las “Fiestas del Ángel”, en la localidad aragonesa de Teruel.

Durante este evento, también conocido como “La vaquilla”, veintiún peñas locales toman por completo el control de la ciudad y sus 35.000 habitantes se vuelcan a las calles junto a los más de 65.000 visitantes que llegan para disfrutar de la algarabía que se transmite de día y de noche.

Las charangas llenan de pasodobles y marchas una y otra vez cada momento de estas fiestas. Su música se mezcla con las bandas en vivo y los DJs que tocan en cada una de las carpas distribuidas a lo largo de las plazas, donde los peñistas y sus invitados se reúnen para disfrutar de almuerzos, cenas y jornadas de canto y baile que se extienden hasta bien entrada la madrugada.

Las “Fiestas del Ángel” cuentan con una serie de tradiciones. La más importante es que todos deben vestirse de blanco, con un pañuelo rojo atado en el cuello, y lucir una faja del mismo color alrededor de la cintura.

En los últimos años, se ha sumado también la costumbre de arrojarse agua y vino entre los participantes durante la primera jornada de la celebración para aplacar el calor. Para esto, se valen de pistolas y botellas, a los que se suman los baldazos que les tiran desde los balcones. Esto hace que todos queden teñidos de morado a poco de entrar en la plaza del Torico.

EL PATRONO DE TERUEL

Si bien Teruel empieza a conmemorar a su patrono, el Santo Ángel Custodio, diez días antes con cuatrocientos eventos (conciertos, exposiciones, teatro, danza, actividades deportivas y espectáculos callejeros), el momento más esperado es cuando se llevan a cabo las “Fiestas del Ángel”.

Esto ocurre siempre el segundo fin de semana después de San Pedro o el más próximo a San Cristóbal durante julio, entre la mañana del sábado y la noche del lunes. Esta celebración, centrada en lo taurino, cuenta con orígenes medievales y este año se realizó entre los días 6 y 8 de este mes.

El clima de algarabía popular va creciendo a medida que avanza la primera de las jornadas. Los primeros actos son el Salve Ángel Custodio y la subasta de los palcos de la plaza de toros para la merienda del domingo, uno de los eventos más esperados por todos los habitantes de Teruel, que se realizan en el Ayuntamiento.

La particularidad de este remate es que el público ofrece los montos en pesetas (tal como se hacía antiguamente), que luego son convertidas a 166,38 por cada euro, a la misma tasa con la que se cambió la moneda española en 1998.

El momento más esperado se produce tras el almuerzo, cuando la alcaldesa le entrega a una de las peñas el “pañuelico” rojo para que lo lleven hasta la plaza del Torico y se lo coloquen a la estatua que le da nombre al lugar.

Sus miembros se van abriendo paso en medio de una multitud de cerca de 100.000 personas que espera ansiosa en el lugar teñida ya de morado. Lentamente, los elegidos van escalando la columna de siete metros de alto hasta llegar a la cima, para cumplir con la misión.

Recién allí comienza oficialmente la fiesta y Teruel se transforma durante tres días en un universo paralelo donde “el prohombre y el villano cantan y se dan la mano sin importarles la facha”.

LA CULTURA TAURINA

La presencia de los toros está presente a lo largo de las tres jornadas. El sábado cuenta con la última de las tres corridas que se realizan a lo largo de estas fiestas, tras haber llevado a cabo otras dos el jueves y el viernes. Para ellas, llegan especialmente a Teruelmatadores de los más renombrados de España.

A diferencia del primer día, donde los turistas se acercan para vivir esta celebración en las calles y las peñas, el domingo está destinado para los locales. Es en ese momento, cuando sus pobladores salen a las calles disfrazados según el atuendo escogido por lapeña de la que forman parte y marchan al son de la música de las charangas desde el viaducto hasta la plaza de toros.

Allí, se celebrará una gran merienda popular donde se exhiben los toros que se ensogarán el lunes y donde los turolenses más valientes saltan a la pista para torear algunas vaquillas o para correr delante de ellas para que no los raspen con sus cuernos.

La madrugada siguiente es el punto cúlmine. Con la resaca a cuesta, una multitud se hace presente en la plaza de toros para presenciar la ceremonia de ensogado de los cuatro animales que participarán del evento.

Cuando el primero está listo, lo sueltan atado por las calles mientras la gente corre delante suyo a lo largo de recorrido que concluye en los Corrales de la Nevera. Una vez que llega su destino, todos vuelven al punto inicial para preparar al siguiente y repetir el proceso.

Finalmente, vuelven a liberar a los animales por la tarde en el centro histórico de la ciudad donde los más valientes se ponen en su camino en la plaza del Torico, en un espacio mucho más acotado.

A la euforia popular le queda aún un último paso: sacarle el pañuelo a la estatua y devolvérselo a la alcaldesa. Esta ceremonia, que se realiza durante la medianoche, está a cargo de la misma peña que se lo colocó el sábado, pero esta vez en un ámbito mucho más familiar.

Sus rostros demuestran la felicidad y el cansancio por las tres noches de parranda que vivieron y, al mismo, tiempo el deseo de comenzar una vez más con la cuenta regresiva que culminará al año siguiente cuando Teruel vuelva a vestirse de fiesta.

UNA TRADICIÓN CENTENARIA

La presencia taurina remite a los orígenes mismos de Teruel ya que han estado presentes a lo largo de toda la vida de esta localidad aragonesa durante más de nueve siglos. Según la leyenda, esto se remonta a la fundación de la ciudad en el siglo XII, como parte de la Reconquista encabezada por el rey Alfonso II.

Mientras buscaban un lugar para levantar un asentamiento, soltaron un toro que se detuvo justo debajo de una estrella. En este punto, comenzó a levantarse un emplazamiento a la que se llamó Toruel en recuerdo de aquel animal.

Más allá de esto, los orígenes de las “Fiesta del Ángel” se remontan al siglo XV cuando se transportaba a estos animales atados por las calles hasta la cárcel para que fueran capeados por los presos. En el camino, la gente corría junto a ellos para provocarlos, mientras quienes los conducían aflojaban las cuerdas para que pudieran avanzar y asustarlos.

Sin embargo, tuvieron que pasar casi quinientos años hasta que esto se transformara en una celebración popular, cuando una millonaria local decidió obsequiar todos los años dos vaquillas que eran corridas por la plazoleta de la Catedral, calles adyacentes y plaza del Mercado. A este festejo, se lo bautizó como “La vaca del Ángel”.

Desde ese entonces, se lleva a cabo esta tradición, que ha ido creciendo en popularidad en la provincia de Teruel y en todo Aragón, lo que le permitió obtener la Declaración de Interés Turístico Regional en 2016. Ahora, aspira a conseguir este mismo reconocimiento, pero de carácter Nacional.

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