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Las cámaras de televisión se acomodan como una luna en cuarto creciente alrededor de Pablo Caggiani. Los cronistas preparan los micrófonos. Algunos escuchan indicaciones por los auriculares. El presidente del Codicen acaba de presentar un plan de 44 obras para la educación pública durante este quinquenio y espera las preguntas sobre los nuevos centros educativos.

Apenas llega una primera pregunta relacionada a modo de rompehielos. Y enseguida cambia el eje de la conversación.

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El tema ya no son los liceos, escuelas o polideportivos anunciados minutos antes mediante la participación público privada. Lo que domina la escena es otro asunto: la decisión del presidente Yamandú Orsi de donar a la enseñanza pública la camioneta que quedó envuelta en polémica.

Caggiani responde. Habla de la necesidad de vehículos para trasladar estudiantes, especialmente aquellos con discapacidad. Explica que todavía no está definido qué destino tendrá la camioneta. Pero desliza un dato que termina siendo más revelador que la propia discusión política.

"Hay chiquilines en Uruguay que se levantan a las 5 de la mañana y vuelven a las 19 o 20 horas por la frecuencia del ómnibus".

La frase deja flotando una pregunta incómoda: en un país donde cada vez nacen menos niños, ¿tiene sentido seguir construyendo más centros educativos o llegó el momento de discutir cómo trasladar mejor a los alumnos?

La pregunta no es menor, aunque no aparece en esa rueda de prensa. Hace apenas una semana, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed) presentó una proyección contundente: en los próximos 15 años los centros educativos públicos y privados perderán uno de cada cuatro alumnos.

El fenómeno ya es visible. El Observador mostró anteriormente cómo se vacían las escuelas de todo el país.

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Ahora, una actualización de esos datos revela que la merma sigue no solo en cierre de escuelas. Hay 31 con un único estudiante matriculado y 388 donde los estudiantes caben en los asientos que tiene la camioneta que Orsi prometió donar.

Las zonas donde siguen faltando lugares

La caída de la matrícula no significa que sobren lugares en todos lados. Cuando los técnicos de la ANEP observan el país desde sus mapas, descubren algo más parecido a un rompecabezas que a una tendencia uniforme. Mientras algunas zonas pierden estudiantes, otras siguen creciendo por migración interna, nuevos desarrollos urbanos, la llegada de población extranjera o una mejor captación de alumnos desescolarizados.

Caggiani explicó a El Observador que uno de los insumos —no el único— que se usó para saber dónde era necesario ya mismo un centro educativo o un polideportivo fueron mapas de calor del equipo de investigación y estadística de la ANEP.

Maldonado es el ejemplo paradigmático como departamento. Pero cuando se hace todavía más zoom, las intensidades varían en zonas mucho más pequeñas.

Aquí un ejemplo para la zona del barrio Capurro y sus alrededores en Montevideo, para los estudiantes de media básica.

IGE Educación Media Básica por Localidad CAPURRO BELLA VISTA

Cada polígono es una zona censal, a la que luego se le agrega la zona de influencia por cercanía a un centro educativo, se calcula la oferta (estudiando los cupos por los tamaños y otros criterios). Y luego se estima la demanda sabiendo cuántos alumnos de cursar determinados nivel están escolarizados y cuántos no. A partir de allí el índice se divide en colores en que el rojo intenso es el más falto de infraestructura.

La estimación, admite el investigador Santiago Cardozo, tiene sus sesgos y nunca es tomada como la definición única de dónde se necesita infraestructura nueva. Como ejemplo, cuenta que hay lugares en que un arroyo atraviesa un polígono y tal vez unos estudiantes van hacia un lado en busca de la oferta y los de la otra área al lado inverso.

A veces las discusiones sobre infraestructura desembocan en situaciones difíciles de explicar.

La escuela Brasil, en Pocitos, es una de las más demandadas de Montevideo. Los padres consiguieron hace años equipos de aire acondicionado para las aulas. Sin embargo, parte del edificio está protegido por normas patrimoniales y los aparatos no pueden colocarse porque alterarían la fachada.

El resultado es paradójico: la preservación estética del edificio termina pesando más que el confort térmico de los alumnos que estudian allí. Importa más una fachada que la concentración, productividad y hasta salud de los niños.

En la educación media es donde, admite Caggiani más tensión hay en la necesidad de infraestructura en el corto plazo: porque todavía hay estudiantes fuera del sistema (chances de crecer la matrícula) y porque el crecimiento previo de la cobertura no siempre fue acompañado de obras.

En el período pasado solo terminaron poniéndose en servicio 15 escuelas de todas las obras pensadas en formato PPP. El resto fueron transformaciones en los regímenes. Así consta en las diapositivas que las autoridades presentaron este miércoles.

El plan nuevo significa una inversión de casi 13 millones de pesos.

¿Por qué no apuntar al transporte como solución?

Hay una frase que se repite cada tanto: “Donde haya un niño tiene que haber una escuela”. Esa filosofía se traduce en una lista de complejidades:

Otros países, sobre todo aquellos en que la descentralización funciona también en la capacidad del tercer nivel de gobierno de involucrarse, existen transportes escolares en que se mueve al alumno. Es la clásica imagen de esos ómnibus amarillos en las películas de Estados Unidos, pero que se replica en decenas de otros países del mundo.

Germán Rama había propuesto un sistema así. Su plan original pretendía reducir y consolidar hasta el 50% de las escuelas rurales más pequeñas del país (aquellas con menos de 10 o 5 alumnos).

“Para llevarlo a cabo, el proyecto obligaba a contratar un sistema estatal de transporte escolar (camionetas) para trasladar diariamente a los niños desde sus alejados hogares hacia un centro educativo rural más grande y nucleado. El argumento era que una escuela más grande ofrecía mejores ventajas pedagógicas, interacción social y profesores especializados”, recuerda la doctora en Educación Denise Vaillant, quien integró aquella administración. Pero la iniciativa no prosperó, ni siquiera llegó a implementarse, por oposición de los sindicatos, algunos docentes del área rural y algunas comunidades rurales. Estaba aquello de que la escuela es el lugar neurálgico de esa pequeña zona.

Vaillant cree que la vieja idea de Rama podría discutirse nuevamente, aunque adaptada a la realidad actual. No solo para las zonas rurales.

También podría servir para atacar uno de los problemas que el propio Ineed identifica como centrales: la segregación educativa.

En Malvín Norte existe una imagen que resume el fenómeno mejor que cualquier informe técnico. Hay dos escuelas enfrentadas. Apenas las separa una calle.

En una estudian los niños que, según los propios vecinos, son considerados "los rescatables". En la otra, aquellos que algunos llaman "los loquitos".

Son apenas unos metros de distancia.

Pero entre ambas comunidades educativas hay una frontera mucho más profunda que una calle. Ahora imagínese los guetos invisibles entre instituciones todavía más alejadas.

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