La promoción de hábitos saludables de un tiempo a esta parte está presente en todos lados –por real propósito, moda o puro marketing–. En las charlas familiares, en las redes sociales, en las notas de prensa, en las publicidades, en ciertas góndolas del supermercado, en la creciente instalación de tiendas naturistas, en la filosofía de disciplinas como el yoga y así sucesivamente. En lo que refiere a la alimentación, cada vez se insiste más en que las dietas sean en base a productos naturales. Y esto no solo implica reducir el consumo de ultraprocesados, sino que también se recomienda buscar productos que salgan de la tierra y no estén intervenidos por productos sintéticos. Esta movida, además, no solo tiene que ver con la creciente preocupación de las personas inmersas en el siglo XXI por cuidar su salud e imagen. También se conecta con la necesidad de reparar el daño que se le ha hecho a la naturaleza durante siglos, apostando a consumos más responsables.
En su libro, El dilema del omnívoro (Editorial Debate, $850) Michael Pollan, periodista y activista estadounidense especializado en alimentación, habla del cocinar como un acto político. El autor problematiza la desaparición de las habilidades culinarias como consecuencia de la industrialización de alimentos en manos de las grandes corporaciones y propone la reconexión de los individuos con los ingredientes y con la manipulación de los mismos.
En ese sentido, la parte por el todo –que sería cocinar– está dada en la materia prima que se utilice. Que el consumo de frutas y verduras es importantísimo para adquirir las vitaminas, minerales, fibras y antioxidantes (entre otros nutrientes) que requiere cada persona, lo sabemos o lo hemos escuchado reiteradamente en voz de los especialistas de la salud. Pero que cuánto más orgánicos sean esos alimentos es mejor, no es algo de lo que todos tomen real conciencia. O quizá sí, pero muchos ven el consumo de orgánicos como algo lejano, costoso, e innecesario frente a toda la inmensidad de consumos perjudiciales que se deben abolir primero. Claro, no están al mismo nivel una lechuga que creció impulsada por productos sintéticos como pesticidas, herbicidas y fertilizantes artificiales que un paquete de papas chips o una hamburguesa de carrito. Pero, si de empezar a tomar conciencia se trata y el cocinar es un acto político, todo lo que se haga en el terreno de la alimentación supone la constante toma de decisiones.
Si usted decidió que quiere reconectarse con la naturaleza, cuidar su salud y ve en el consumo de productos ecológicos un camino para lograr eso, las noticias son buenas. La era de lo orgánico llego para quedarse. La brecha entre los precios de estos productos y los sintéticos cada vez es más chica, muchos supermercados comenzaron a ofrecer alternativas orgánicas y en Montevideo existen lugares como la Feria Orgánica que se desarrolla los domingos en el Parque Rodó en la que los mismos pequeños productores que cultivan, venden sus frutas y verduras ecológicas.
Pero además, la lista de buenas noticias se amplía si toma en cuenta que incluso puede obtener vegetales orgánicos en su propia casa. Porque para tener una huerta no hacen falta grandes patios ni gastos.
La huerta es, en esencia, la posibilidad de ver crecer al alimento que luego se comerá y decidir sobre su destino. También es un espacio de relajación para muchos y de juego y aprendizaje para otros. Y es una forma sincera –y sin grandes pretensiones– en la que las personas pueden aproximarse a sus raíces. “Tener una huerta en casa es el principio de la reconexión con los alimentos de verdad, con el ciclo de la vida, el cuidado de la tierra y el medioambiente en general”, dijo el educador y cocinero Diego Ruete.
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Si aún lo ve como una posibilidad lejana o, si hace tiempo que está con ganas de armar sus propios cultivos pero no sabe cómo, te contamos cuáles son los pasos fundamentales a la hora de pensar en una huerta doméstica.
¿Por dónde empezar?
Ruete recomienda comenzar con alguna maceta con hierbas aromáticas y, en temporada de primavera y verano, plantar una planta de tomates en familia. “Cuidarla juntos (padres e hijos) es una actividad recreativa y fortalecedora del vínculo, además de poder preparar con ellos una ensalada deliciosa y fácil”, agregó el cocinero.
Según el educador, esos son los primeros pasos para llegar luego al otoño e invierno y adentrarse en el mundo de las hojas y raíces comestibles. Para Ruete, si las primeras plantas suponen una experiencia exitosa, ese será “el comienzo de algo que va a durar para siempre”.
José Martínez, productor que vende sus productos en la feria de orgánicos de Parque Rodó los domingos, contó que incluso desde un balcón se puede armar un lugar de cultivo. Entonces, si no tiene espacio suficiente, puede conseguir cajoneras de madera que se venden en algunos lugares (por ejemplo, en Huerta en Casa) o se pueden fabricar con tablas de 15 centímetros de ancho por un centímetro y medio de espesor.
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Una vez prontas las cajoneras o la superficie que vaya a utilizar para el cultivo, se debe conseguir el compost –que es abono orgánico– para mezclar con la tierra fértil. Este será el sustrato que le otorgará a las plantas los nutrientes necesarios para crecer sanas y fuertes. El abono se puede comprar o se puede preparar con desechos de verduras y hojas verdes que se dejan fermentando o descomponiéndose en un barril o balde.
Una vez que se tienen esos elementos y sustratos, se deben conseguir los plantines o las semillas. Quienes cuentan con espacio también puede sembrar en almácigos (semilleros), que permiten adelantar las cosechas, aprovechar el espacio, facilitar el trabajo de riego y proteger a las plantas en sus primeras fases de desarrollo.
¿Qué plantar?
El inicio de la primavera es uno de los mejores momentos del año para plantar. A la hora de determinar la siembra se deben considerar los gustos y hábitos, la cantidad de personas que comerán de esos alimentos –para no desperdiciarlos– y se debe tener presente el tiempo que tarda cada especie en estar pronta para su consumo.
Entre los posibles cultivos para esta época Martínez destacó la lechuga, tomate, morrón, berenjena, misuna, apio, perejil, chauchas, porotos, kale, cebolla de verdeo, cibulette y rúcula.
Los cultivos de verdes son de ciclo rápido. Una lechuga, por ejemplo, puede demorar entre 35 y 45 días en estar pronta para su consumo. En tanto los tomates o las berenjenas pueden llevar de 90 a 100 días en su producción.
Martínez explicó que la lechuga no necesita tanta profundidad de tierra como los tomates o las berenjenas. Esto se debe a que estas son plantas de ciclo más largo que desarrollan más raíz y, por ende, requieren de más tierra. A esa profundidad, el productor dijo que se debería multiplicar al doble para determinar el tamaño de la maceta.
En el caso de las lechugas, el perejil, el kale o la misuna, por ejemplo. La profundidad debería de andar entre los 15 y los 20 centímetros. Mientras que, el tomate y la berejena necesitan de 35 a 40 centímetros.
Como macetas se pueden reutilizar baldes (uno de 20 litros puede servir para una plantita de berenjena o tomate), bidones (en uno de 6 litros partido a la mitad se pueden producir lechugas) e incluso botellas. Además, se pueden utilizar los cajones mencionados anteriormente.
La ubicación de las plantas es importante
Para asegurarse un buen desarrollo de los cultivos es fundamental consignar la llegada del sol, que bien aprovechado favorece los buenos resultados. Martínez aclaró que plantas como las de tomate o berenjena –que se plantan por su fruto– son más resistentes al sol al lado de las de hojas verdes como la lechuga, que se cultivan por sus hojas y necesitan del sol pero en rangos menores de tiempo.
Sin patio ni balcón
Es posible cultivar en interiores plantas como la de lechuga, hierbas aromáticas, rabanitos y rabanitos. Pero es fundamental asegurarse que las plantas reciban sol desde una ventana por, al menos, 4 horas. A la vez, se deben alejar de electrodomésticos que sean fuentes de calor.
La recomendación del productor es colocar las hojas verdes debajo de una malla sombra a 35% principalmente de 11 a 16 horas. En tanto las otras hortalizas y frutas pueden resistir más al sol mientras tengan humedad.
En cuanto al riego, lo recomendado es que sea por la mañana o por la tardecita, porque son momentos en los que si mojás la planta no te las quema el sol y absorbe mayor humedad.