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“Me preocupa que este espíritu de vigilancia se vuelva filosofía de vida”

¿Cómo repensar la pandemia desde la filosofía?: Darío Sztajnszrajber habló de esto con El Observador 

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16 de mayo de 2020 a las 05:00

Desde que un virus sacudió varias de las estructuras que parecían estar bajo control, la foto de las dinámicas sociales, de repente, quedo fuera de foco. Y las personas cayeron, casi inevitablemente, en un profundo abismo de incertidumbre. Entonces, aparecieron las preguntas. 

Cuando los primeros casos de covid-19 llegaron a Argentina, la periodista y militante feminista Luciana Peker le dijo a su compañero de radio Darío Sztajnszrajber: “Se viene un tiempo muy propicio para la filosofía”. Y es que, como el popular filósofo y divulgador de 51 años explica: “Hoy más que nunca hace falta salirse del sentido común y correrse de los discursos hegemónicos, y la filosofía tiene la necesidad de pensar desde una perspectiva diferente”.

Por eso, no es casualidad que en tiempos de cuarentena, en Argentina, la voz de Darío –un hombre que sacó a la filosofía de las aulas, la popularizó, y logró que libros de esta disciplina fueran bestsellers- se reproduzca frecuentemente. El divulgador conduce de lunes a viernes por las mañanas el programa radial Lo intempestivo junto a Peker y su hija María. Por las tardes lleva adelante, también con María, Demasiado humano. Además, da clases en Televisión Pública dirigidas al nivel de secundaria y plantea preguntas existenciales a través de distintas transmisiones de Instagram que siempre cuentan con una numerosa audiencia. Y en el medio de esa agitada agenda, las entrevistas también ocupan su lugar.

Para repensar la pandemia desde la filosofía, para reflexionar sobre nuestras propias limitaciones y para encarar la coyuntura actual desde un pesimismo emancipador, El Observador dialogó con Darío Sztajnszrajber.

En distintas ocasiones dijiste que el coronavirus saca a relucir las limitaciones del ser humano, y lo relacionaste con la idea de Michel Foucault de que el hombre es producto y efecto. ¿Por qué?

El virus demuestra las limitaciones del individuo en términos de lo que implica una enfermedad en el organismo, pero también en la imposibilidad de salvarse por sí solo.  Al mismo tiempo, la idea del individuo como fundamento primero o último de todo –que está en la base del pensamiento individualista– nos posibilita repensar la metáfora de confinamiento. Porque la cuarentena, simbólicamente hablando, instala una narrativa del individualismo.  Cuando un paradigma se pone en peligro se transforma o se fundamentaliza. Y creo que hoy pasa lo segundo, se está dando un neoindividualismo cada vez más potente. Y su expresión máxima la tipificó Paul Preciado, cuando dijo que hoy las fronteras dejaron de ser nacionales y pasaron a ser las mascarillas. Ahí comienza y termina mi patria, o sea en uno mismo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Atención la sirena que empieza a escucharse de fondo ni bien se nombra a Foucault... Gracias @soficornell

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Acá se difundió bastante la idea de que “nos cuidamos entre todos”, pero, ¿qué tanto hay de intención colectiva ahí? ¿Podría tratarse de un individualismo solapado con una frase que da a entender que se actúa por un bien común?

El tema es no confundir el liberalismo con un ultraliberalismo anárquico. El liberalismo clásico plantea que el Estado no debe intervenir nunca, salvo en situaciones anómalas como esta. Y también es importante entender que la filosofía del liberalismo, conocida como contractualismo, plantea la necesidad de una convivencia social que parte de un contrato que hace que la sociedad funcione a partir de una máxima primera, que es la prevalencia absoluta del individuo. Entonces, el “nos cuidamos entre todos” puede tener que ver con la versión liberal más clásica: para salvarse cada uno, y ahí no tiene que ver con una elección del bien común o de una supremacía del otro. Es al revés, se trata de la  supervivencia de uno mismo a través de acuerdos con los otros. Entonces, cuando vemos que la ciudadanía cumple con la normativa, no significa que se lo está haciendo por amor al otro, sino porque es el mejor modo de organizarse para la salvaguarda individual.

Desde que comenzó la cuarentena voluntaria en Uruguay ciertos ciudadanos repudiaron a través de redes sociales acciones de otros, por considerarlas transgresiones a las recomendaciones. ¿Qué pensás de ese control moral que se reproduce, a veces de forma violenta? 

Lo que me preocupa es que se nos vuelva una filosofía de vida este espíritu de vigilancia policíaca en nuestra relación con el otro, que se vuelve un agente de contagio permanente e inminente. Esa consecuencia del confinamiento es la que percibo como más nociva. Porque algún día la pandemia se irá pero, de repente, quedará impregnado el distanciamiento social, que además de excluir la posibilidad del encuentro hace del otro un potencial enemigo a ser delatado permanentemente. Ese espíritu de vigilancia policíaca es muy seductor en relación a un ejercicio de poder, pero en el fondo se reduce siempre a lo mismo: priorizar lo individual.

Pero cuestionar este espíritu de delación no debe llevarnos a no cuestionar las transgresiones a la cuarentena – que pueden poner en vilo a toda una organización que apunta a que el contagio no se desparrame–, porque si no uno reproduce lo mismo que critica.

¿Cuáles son las preguntas filosóficas que más te inquietaron desde que comenzó la cuarentena?

Como interesado que soy por la filosofía política, la primera es ¿de qué forma va a quedar impregnado en el lazo social la relación de desconfianza y distanciamiento con el otro? En todas las teorías del disciplinamiento social, y no es casual, siempre se avizoraba distópicamente un futuro donde la forma más efectiva de romper el lazo social era partir de la presencia de una pandemia sanitaria. Parece increíble, profético. Pero esto es simbólico, porque el virus es real y esa realidad debe ser resuelta. Y las sociedades democráticas tienen la posibilidad de ejercer un control que también esté controlado en sí mismo.

La segunda pregunta es más existencial y tiene que ver con la sensación casi posreligiosa de que estamos ante una especie de apocalipsis que hace implotar la normalidad conocida hasta ahora. De ahí, hasta la reconversión de muchos aspectos que hacen a las estructuras fundamentales  de la experiencia como, por ejemplo, la concepción del tiempo, del trabajo, de las relaciones vinculares. Estamos en el medio de un proceso que todavía no sabemos hacia dónde va, pero que tiene una fuerte potencialidad de subvertir las formas consabidas de la vida social. Aunque también puede pasar, y esto también es una pregunta filosófica, que una vez que todo esto pase, nos reacomodemos y nos acordemos de la pandemia del coronavirus casi que anecdóticamente.

Siempre defendiste ser un pesimista militante en contrapartida con lo que es el “optimista ingenuo”. ¿Cómo creés que se ubican uno y otro en la coyuntura actual?

El pesimista en realidad es más optimista que el optimista.  Una cosa es reproducir el optimismo normalizado y serializado que se nos presenta como forma canónica de la felicidad contemporánea y otra es hacerlo en términos generales. Creo que las formas del optimismo que circulan en el sentido común son un intento de desesperación frente a la imposibilidad de ser conscientes de nuestras propias limitaciones. El optimista del sentido común es el desesperado, como decía (Søren) Kierkegaard, porque se da cuenta de que no puede asumir su propia contingencia y termina aferrado a una cotidianidad cosificada o a una cuestión metafísica.

En cambio, el pesimista es alguien que todavía cree en un sentido emancipatorio de la existencia y por eso se está peleando contra esas verdades reveladas o formas en que se instituyen las certezas cotidianas. Invertiría el esquema: creo que ser pesimista es una forma de creer que todavía es posible la libertad.

¿Cómo fue tu propia evolución reflexiva desde que empezó la cuarentena hasta estas últimas semanas?

No sé si evolucioné o involucioné. Voy pasando por todos los estados. Y con mucha avidez de lectura, con mucha melomanía informativa, tratando de ver lo que pasa en todos lados.  En mi caso, al seguir todos los días haciendo radio y teniendo un espacio educativo en la televisión pública estoy como online con todo lo que sucede y la sobrecarga de información a veces no me permite conectar con ciertos estados de ánimo. No me di permiso para angustiarme o deprimirme.

Y todas las actividades de divulgación filosófica que tenés ahora se están consumiendo mucho. ¿Por qué?

Creo que no ha habido grandes conversiones en las formas en las que se trata la noticia o en cómo se busca pensar lo que sucede. Los medios que acá en Argentina eran más amarillos hoy lo son más que nunca, los opositores al gobierno y los medios que lo apoyan también. No es que hubo una transformación porque llegó la pandemia. Y los que hacemos filosofía o divulgación en general proponemos otra forma de relacionarnos con el entretenimiento y la cultura en un sentido amplio. El que decide escucharme o escuchar filosofía en relación a esta situación sabe que no voy a tener una visión de un optimismo ingenuo o motivacional. No hay grandes sorpresas, yo siempre voy a tratar de trabajar cualquier situación del mismo modo, que es buscando variables diferentes o versiones que por algo están dejadas de lado y tratando de dar una vuelta más a noticias que a veces se presentan de manera monocromática.

¿Saldremos transformados de esta situación?

Por ahí está bueno rever las formas de aislamiento social y de confinamiento metafórico en las que ya estábamos, que de algún modo explicaban las maneras de relacionarnos con el otro bastantes cerradas sobre sí mismas.  Primero, me preocupa ver si de algún modo hay algún paradigma que se rompa. ¿Se va a romper la narrativa de la productividad, la idea de que solo vale lo que es productivo, después de una situación como esta donde colapsó la productividad? La pregunta es, ¿podemos soportarnos a nosotros mismos viviendo el día a día desde un lugar más improductivo al que estamos acostumbrados? ¿Se va a romper la narrativa militar que explica la salud en términos de un “enemigo invisible”? Porque es cierto que por un lado nos permite pedagógicamente comprender los efectos devastadores que tiene la enfermedad, pero es toda una elección ir por esa narrativa. El ser humano, básicamente, es un animal que narra para darle un sentido a algo que lo representa. Pero no hay una única narrativa y eso habla también de nosotros y de nuestras posibilidades y elecciones.

Ojalá que después de todo esto se mueva algo. Pero si tuviera que dar una respuesta unívoca, me cuesta creer que haya una transformación en términos sociales. Y si hay una transformación no creo que sea positiva, sobre todo si pensamos lo social como apertura al otro. Sin embargo, creo que puede ser muy transformador para muchas existencias singulares, en eso que nos hace diferentes, incluso, con nosotros mismos.

 

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