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Fede Álvarez: "Uruguay es el país de 'qué va a ser crack este, si vivía a la vuelta de casa'. Y eso es lindo, hace bien"

Con una serie en Apple+ y dos películas como productor con fecha de estreno, el director uruguayo Fede Álvarez reflexiona sobre su año y el lugar que se ha ganado en la industria del cine

El director Fede Álvarez durante la promoción de La chica en la telaraña, en 2018

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03 de abril de 2021 a las 05:15

Una película sobre zombis. Algo similar a El resplandor, pero en la Casa Blanca. Una nueva entrega de La masacre de Texas. La secuela de No respires. Una reversión de Laberinto, la de David Bowie y Jim Henson. Desde que el realizador uruguayo Fede Álvarez se radicó en Los Ángeles, presentó su primera película —Evil Dead, 2013— y empezó a ganar terreno como director en la gran industria, nos hemos acostumbrado a escuchar su nombre vinculado a proyectos cinematográficos todo el tiempo. Eso, quizá, explica la sorpresa entusiasta que se generó cuando de la nada Álvarez anunció Calls, una serie hecha en pandemia para la plataforma Apple+ —no está disponible en Uruguay— que apela solamente a llamadas telefónicas y efectos digitales. La serie ya se estrenó, recibió críticas elogiosas y marcó, en algún punto, el regreso a la acción del director de 43 años luego de La chica en la telaraña (2018), su última producción.

Pero Calls no es lo único que ha ocupado a Álvarez durante el último tiempo. Radicado en Pan de Azúcar desde noviembre del año pasado por el recrudecimiento de la pandemia en la ciudad californiana en la que vive, el director de No respires también se abocó a la finalización de la secuela de esa película —que dirigirá su colega y guionista de la primera, el uruguayo Rodo Sayagués— y una nueva entrega de la saga de La masacre de Texas, una de las películas de terror más icónicas de la historia. Sobre eso, el valor del cine, su crecimiento como productor y la importancia de mantener el ego en alto, va la siguiente charla con Álvarez, un tipo que tiene ideas, ganas de ejecutarlas y un horizonte cinematográfico que se le abre cada vez más.

El año pasado fue complejo para todos, pero la industria del cine sufrió bastante. ¿Qué ambiente se respiraba en Los Ángeles?

De incertidumbre. La pandemia también potenció la preocupación por entender cada vez más la diferencia entre la televisión y el cine. La tendencia marcaba que la gente iba cada vez menos a la sala a ver películas que podía ver en su casa, y que iba a ver las películas evento, las que se ven masivamente para ser parte de un momento puntual. Entonces sobrevolaba eso: la pregunta de si el cine va a sobrevivir a esa costumbre, si a las nuevas generaciones les va a importar ir al cine o no, si los adolescentes van a preferir ver todo en el teléfono. O la pregunta del millón, que es cómo se va a sentir la gente al final de este período. ¿Se va a sentir igual al ver las películas en su casa o van a estar desesperados por ir al cine? En mi caso, lo segundo.

La experiencia nunca será la misma. 

No. Me encanta la experiencia del cine. La salida, el olor a pop, extraño todo. Pero va a volver. Es difícil explicar por qué nos gusta sentarnos en una sala con un montón de extraños a ver algo que podríamos ver en casa, pero lo hemos hecho por más de un siglo y así va a seguir. Soy optimista y creo que además va a haber un boom en la vuelta. Ya este fin de semana aparecieron películas que anduvieron bien en Estados Unidos. En mi caso concreto fue un año particular: hice dos películas como productor, y como director y guionista hice la serie para Apple. Fue un año muy productivo a pesar de todo.

El director Fede Álvarez durante la promoción de La chica en la telaraña, en 2018

¿Cambió la manera de pensar las historias? Pienso en el formato de Calls.

Intento no pensar demasiado en lo que la audiencia quiere ver o en cómo esa audiencia cambia de acuerdo a cómo está el mundo. Lo único que tengo es mi instinto y la certeza de lo que quiero contar. Las historias que me emocionan, esas con las que siento que si me encantan a mí, probablemente a otras personas también. Ese es mi norte. Lo que hacen estos eventos globales es cambiar el tipo de historias que querés contar. En mi caso, antes de la pandemia estaba desarrollando una película que tenía cosas en común con la situación y ahora me dejó de interesar, porque la gente lo está experimentando en carne propia y no le veo sentido. Eso sucede: cambia tu manera de pensar, de sentir, y cambia el tipo de película en la que querés participar. Porque además una película te involucra durante mucho tiempo. Lo que para la audiencia son dos horas en el cine, para mí son dos años o más. Por eso me tengo que meter en algo en lo que realmente quiera estar. Al final, todo esto es raro para mí, porque aunque usualmente mis cosas tienen un tono oscuro, ahora estoy intentando buscar historias más optimistas. De hecho, la serie está afectada por eso. Hay mensajes más humanos, de unión y de familia. Fui para lugares que no había explorado, para el lado de las relaciones humanas y otras cosas que se volvieron más importantes ahora. Esto cambia todo: lo que querés charlar, lo que querés ver, a quiénes querés ver. Te reajusta las prioridades. Y a la hora de contar historias, cambia tus direcciones.

¿Cómo apareció Calls en su horizonte?

La gente de Canal+ de Francia, en conjunto con Apple, me habló del formato original de la serie francesa en la que se basa, pero solo me ofrecieron tomar el concepto, que era el de la radionovela basada en llamadas telefónicas. Siempre me gustó contar historias con lo mínimo, como pasó en Ataque de pánico, en donde quisimos contar cinco minutos intensos sin ninguna línea de diálogo. No respires también: creo que tiene seis o siete líneas de diálogo. Acá estaba bueno probar lo contrario: que todo fuese diálogo y que no hubiese nada para filmar. Tenía, sí, colores, gráficos y sonidos con los que podía generar emociones. Y me pareció tentador.

Justamente, Calls recuerda a Ataque de pánico por su practicidad para plasmar las ideas. ¿La serie lo llevó a las raíces?

Sin dudas. Una de las cosas que más me fascinó de la idea de poder ser un director y contar historias fue cuando mi viejo me habló de La guerra de los mundos de Orson Welles, de cómo a través de un programa de radio logró hacerles creer a todos que estaban viviendo una invasión alienígena. La idea de que alguien puede convencerte de algo así me marcó. Ataque de pánico es La guerra de los mundos a la uruguaya, de alguna manera. Y Calls tiene mucho de eso, de intentar generar muchas emociones con poco. Siento que con 200 millones de dólares cualquiera debería poder hacerlo, aunque no es verdad, porque está lleno de películas gigantes que no generan nada, pero por eso me gusta el desafío de intentarlo con lo mínimo. Cuanto menos se pueda usar, más me divierte. 

Le cambió la manera de trabajar, entonces. Imagino que lo “sacó” de los esquemas de la industria.

La hice en el garaje de mi casa en Los Ángeles, completamente aislado. Pero todo se hace medio así allá. El proceso de hacer películas, en mi caso al menos, es bastante independiente de la industria. Por suerte he logrado mantenerme así y todo lo que hice es mucho más personal que la típica producción de Hollywood. Esos son los términos en los que trabajo. Siempre es una colaboración, pero el control de la historia la tengo yo o no lo hago. No me gusta rendir servicios de director, que es algo que se hace mucho allá. A mí por ahora no me interesa. Y si agarro una historia grande de un estudio, intento hacerla mía. 

¿Extrañó el rodaje durante el encierro?

Al rodaje nunca lo extraño (risas). Es muy solitario, estás lejos de tu familia, es agotador. No es ni de casualidad el peor trabajo del mundo, pero todos los días te levantás a las 5 de la mañana y volvés a tu casa después de 12 horas de filmar sin parar. No es algo que me entusiasme mucho. Me gusta mucho más la posproducción y la preproducción, es decir, escribir y soñar las historias, y terminarlas cuando están filmadas. Filmo desde chico y cada vez me dan menos ganas de hacerlo. Pero es algo bueno para mí, porque cuando lo hago realmente puedo contar la historia que quiero. Este año hice dos películas como productor, y en ambas estoy muy involucrado, pero hay directores que se encargan de filmar y de poner su impronta. En ellas yo hago lo que más me gusta, que es contar historias, pero sin tener que estar todos los días de rodaje.

Esas dos películas son No respires 2 y La masacre de Texas. La primera es la continuación de una idea original y exitosa, y la otra el relevo de una saga icónica del cine. ¿Qué cree que tienen en común?

Son muy diferentes, pero, como decía, todo lo que hago intento tomarlo y hacerlo propio. El proceso de crear cada película fue diferente, porque en La masacre de Texas teníamos que respetar un legado original, así que fue como volver al proceso de Evil Dead —su primera película en Hollywood—, que implicó agarrar un clásico con cuidado y respeto e intentar llevárselo a nuevas generaciones. Y eso es importante, porque creo que a esas historias, si no las contás, desaparecen. Si con Evil Dead no hubiésemos hecho nada, probablemente alguna generación se la iba a perder. Seguiría siendo una película de culto para nosotros, pero no para otros. Por suerte nuestra película generó una pasión nueva en jóvenes que la tomaron como propia.

¿Qué siente cuando le confían la continuación y el legado de historias así?

Siempre viene con una presión atada, una responsabilidad. Y hay una parte de ese tipo de proyectos que no me interesa hacer más, sobre todo después de la experiencia con la última película —La chica en la telaraña (2018)—. Me di cuenta de que, cuando hacés algo así, la gente tiene una noción preconcebida de cómo debería ser y es muy difícil darles algo nuevo. Entonces, como director, ese tipo de cosas no me interesan más. La industria igual sabe que respeto, que tengo mucha pasión y que me encantan esas películas, y si las adapto es porque quiero viajar a esos mundos y llevar a la audiencia a esas historias para que las disfruten tanto como las disfruté en su momento.

El poster de la nueva versión de La masacre de Texas, producida por Álvarez

¿Cómo es su vínculo con La masacre de Texas original?

De todas las películas, la original que más me marcó fue Evil Dead (Sam Raimi, 1981). A La masacre de Texas la vi de más grande, no a los 12 o 13 años, que es la edad en la que más te impactan esas películas. Por eso no tengo una historia de amor seminal con ella, pero sin dudas es uno de esos clásicos que se mantienen. Sigue siendo una gran película, la ves hoy y encontrás un cineasta atrás que tiene ideas, que se lo tomó muy en serio, que creó un mundo real. No está hecha con los dientes. Tiene cosas de bajo presupuesto o medias campy, pero es una película muy fuerte. En Uruguay, Rodo Sayagués y yo hicimos un cortometraje titulado El cojonudo, que se puede ver en Youtube, que fue influenciado por La masacre de Texas. Lo filmamos en Pan de Azúcar y tenía eso de la gente de ciudad que no respeta a quienes son del campo y después paga el precio. En esta nueva película —que dirige David Blue García— creamos un concepto nuevo que lidia con este tema, pero con otra vuelta.

Es usual encontrarse con noticias que lo involucran en múltiples proyectos, y parece ser cada vez más frecuente. ¿Cómo se gestiona ese interés?

Ya estoy acostumbrado. El shock más grande ya pasó. Fue el pasaje del 2009 al 2010, después de Ataque de pánico. Un día estoy en Uruguay haciendo un comercial de muy bajo presupuesto para Devoto Hogar que me quedó tan feo que ni el cliente me lo aprobó, y a la semana siguiente estoy en un auto en Los Ángeles barajando propuestas. Ahí el cambio fue radical. Pero después te acostumbrás. La gente habla, se comentan cosas, circulan datos falsos. Cuando sos una persona pública porque hacés cine, la cantidad de cosas que leés sobre vos que no son ciertas es impresionante. Pero lo acepto y no me quejo; es parte del juego. Si fuese política sería más complicado, pero es cine. Si alguien cree que voy a hacer un proyecto y es falso, no es tan grave. Además me encanta saber que en el mundo hay gente que le presta atención a mi cine. Nada me hace más feliz. Y esa atención fue algo que se fue dando de manera progresiva. También se da que hoy tengo relación directa con personas que están metidas en los estudios, pero eso es porque son miembros de mi generación, y cuando en el 2010 llegué a Los Ángeles apenas eran asistente de producción o ejecutivos muy jóvenes. Hoy son presidentes de producción en Netflix o en estudios grandes. Está bueno sentir que mi generación toma cada vez más decisiones gerenciales en la industria. Eso es lo que permite que, de golpe, yo pueda producir; 10 años atrás tenía que pedir por favor que me dejaran escribir la película que quería. Ahora produzco y elijo si la escribo yo o alguien más. Tener cada vez más control creativo es lo que se busca en esta industria y lo que aprecio más de este reconocimiento o trayectoria. Después, mi preocupación siempre es hacer cosas que estén buenas y que valgan la pena.

Álvarez en el set de Evil Dead (2013)

¿Qué estrategias tiene para controlar el ego?

Mi estrategia es dejar que se dispare. El uruguayo, en general, no es muy egomaníaco. A todos nos une eso de que somos iguales, y lo ves en los rodajes. Cuando filmaba en Uruguay, el director del departamento eléctrico podía haber ido al liceo conmigo y no había demasiadas diferencias entre nosotros. Nadie era crack. Uruguay es el país de “qué va a ser crack este, si vivía a la vuelta de mi casa”. Y eso es lindo, te hace bien. En otros lugares hay una distancia gigante. Los mundos del director y los demás no se tocan. No tienen nada en común, se sientan en mesas diferentes, hay diferencias socioeconómicas. Ahora: intento que el ego se me dispare porque hacer una película es un acto ególatra. Yo escribo algo que dirijo y pretendo que el planeta entero vaya a un cine, se siente dos horas, se calle la boca y mire la historia que tengo para contar. Y pretendo, encima, que les guste. Y a veces, incluso, hasta quiero educarlos. No hay cómo mirarlo: es un acto en el que te imponés a vos y a tus ideas al frente y a tu voluntad. Por eso es necesario tener mucha confianza en uno mismo, y si la perdés y dejás que la humildad te baje demasiado a tierra, no hacés nada. El ego saludable que hay mantener tiene que ver con esa confianza, con creer que tus historias van a encontrar una audiencia. 

¿Cree que esa falta de ego en Uruguay mina la confianza en las posibilidades artísticas? 

Recuerdo que de adolescentes teníamos una banda en la que solo tocábamos covers. No nos animábamos a escribir temas propios, y había muy poca gente que lo hiciera en mi entorno. Había como un temor a que alguien viniera y dijera “ah, el señorito es un artista y hace sus canciones”. Creo que nuestra idiosincrasia nos llevaba a eso. Quiero creer que era algo generacional y ahora cambió, y que en Uruguay se impulsa que la gente ponga su voz, su impronta y que no se vea la idea de ser artista como algo ególatra, algo que muestre que se te llenó el culo de papelitos. Los artistas hacen muchísimo por el mundo, el arte es necesario, viene de adentro e implica mostrarte, ser vulnerable y exponerte a que te odien, te hagan mierda o te amen. Hay que dejar que quien quiere estar en ese lugar lo esté, o empujar a que lo intente. Espero que las nuevas generaciones se estén permitiendo expresar lo que son, más de lo que mi generación lo hizo.

Álvarez en el rodaje de No repires; a la derecha el director de fotografía uruguayo Pedro Luque

Hablando de hacer mejor al mundo, ¿qué películas hicieron mejor su 2020/2021?

Hubo una serie que me encantó, y que tiene que ver con mucho de esto, que se llama Dave. En Estados Unidos se ve en Hulu y trata de un tipo de 23 años, con una relación muy cercana con sus padres y que quiere ser un rapero exitoso. Es una serie con gran corazón. Y después una película de Paul Mazursky, que me tocó de cerca y alguna vez me salvó, que se llama Alex in Wonderland (1970). Es la historia de un director que busca su próxima película después de una primera a la que le fue muy bien y que ahora tiene todo el oro de los estudios y no se decide qué hacer, cuál es la historia que vale la pena contar. El tipo se vuelve loco pensándolo y es algo que me pasa mucho. 

Durante la promoción de La chica en la telaraña dijo que quería “darle a una generación películas icónicas, películas que le importen a alguien en el futuro”. ¿Cree que va por buen camino?

No sé. Lo sigo intentando y tomando al cine muy en serio. A comienzos de 2020, cuando salían las listas de lo mejor de la década, en varias encontré a Evil Dead y a veces a No respires. Creo que fue Bloody Disgusting, la web más importante de cine de terror, que puso a Evil Dead como una de las más importantes del género en la década, y me emocioné. Me encanta saber que hay una generación que agarró esa película como propia. Sigue siendo una historia que escapa totalmente del control de lo que es el cine de terror estadounidense de los últimos años, y siempre intento reconectarme con eso. Las cosas han cambiado, Rodo (Sayagués, su colega) y yo ya somos padres y no solo pensamos en cómo matar gente de forma creativa en las películas, pero sigo tomándome todo muy en serio.

La sala de cine está en problemas y tiene que defenderla de quienes la atacan. ¿Cuál sería su argumento?

Los mejores recuerdos del cine los tengo dentro de una sala. Como cineasta, además, siento que hacer películas para el streaming, que no lo he hecho y por ahora le escapo, es como hacer que un músico grabe un disco y no se lo dejes tocar jamás en vivo. Una de las mejores experiencias que tuve en mi vida fue sentarme a ver mi versión de Evil Dead en una sala llena y sentir a la gente emocionada, asustada. Cuando terminó esa primera presentación, explotaron en un aplauso. Quedé emocionadísimo porque no sabía qué esperar. Estaba sentado al lado de Sam Raimi —el director de la original— y me dijo: “Vas a vivir para intentar repetir este momento otra vez”. Eso es lo que hago todo el tiempo: busco emocionar a la gente, pero también vivirlo. Todos atesoramos el momento en que vimos una película que nos voló la mente, que nos pareció impresionante, y compartimos esa experiencia con un montón de extraños. Y cada vez que volvemos al cine buscamos reproducir esa sensación. Es como perseguir una gran ballena blanca, y cada película, cuando se apagan las luces, la promete.

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