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Clint Eastwood volvió con Cry Macho

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Al galope porfiado de una leyenda: Clint Eastwood volvió al western con Cry Macho y a los 91 años

Cry Macho es una película irregular que se apoya en su corazón y en las energías que su creador no parece perder jamás 

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26 de septiembre de 2021 a las 05:10

Clint Eastwood se bajó del caballo hace 30 años. Los imperdonables, la película de 1992 en la que chocó espuelas con Morgan Freeman y que le dio sus dos primeros Oscar, cerró el wéstern –o una manera de hacer wéstern– con una nota melancólica y elegíaca que, sin embargo, lo reconsagró. Pero tras ella, Clint se distanció de la montura, de los cowboys, y de los pueblos muertos en donde lo único que corre es el whisky, las balas y el polvo. El actor y director le pasó las botas del género a otros entusiastas, y su rostro duro y curtido, a veces anónimo, a veces rubio, dejó ir al desierto. Pasó entonces a preocuparse por estar a resguardo de la lluvia bajo los puentes de Madison, se atrincheró por un rato en el género policial –otro de sus universos predilectos–, fue al espacio, coqueteó con el beisbol, el boxeo y el rugby, exploró la batalla de Iwo Jima de un lado y del otro, y presentó al irascible Walt Kowalski, el protagonista de Gran Torino, quizás su último gran personaje, en su última gran película. Y entre todo eso, se hizo viejo. Llegó a los ochenta. Y siguió. Llegó a los noventa. Y siguió. Con un espíritu y una vitalidad que seguramente extraiga del propio hecho cinematográfico, Clint Eastwood cruzó la barrera de cualquier índice de esperanza de vida y siguió haciendo cine. Hoy, en setiembre de 2021, a 66 años de su primera aparición en pantalla acreditada, está de vuelta en cines. Y sí: a caballo, otra vez. Como antes y como siempre.

En los últimos cinco años, encarar una nueva película del director de Cartas de Iwo Jima ha sido siempre un desafío al porvenir. Sucede que es inevitable preguntarse, cuando su nombre aparece en los créditos, si no será la última. La definitiva. ¿Hasta cuándo va a querer Eastwood sufrir los rodajes, las largas etapas de posproducción, las giras, las entrevistas? ¿En qué momento invocará el latiguillo de Danny Glover en Arma mortal y dirá que está muy viejo para esta mierda? El tiempo ha sido bueno con el viejo Clint: los noventa y un años cumplidos en mayo no le pesan, lo tienen más entusiasmado que nunca y Cry Macho, su última producción como actor y director, es una prueba de ese espíritu infatigable que va, sale a buscar actores, exteriores y sigue enroscado en el cine.

Cry Macho, que ya está en cines uruguayos, tiene vías de acceso polvorientas y con algunos baches a evitar. Repasemos, por ejemplo, la carrera de Eastwood como cineasta en los últimos diez años: J. Edgar, Jersey Boys: persiguiendo la música, Francotirador, Sully: Hazaña en el Hudson, 15:17 Tren a París, La mula y El caso de Richard Jewell. Lejos están cualquiera de estos títulos de acercarse a su factoría de la década anterior, que fue espectacular, o incluso a la década de 1990. Hay, por lo menos, tres películas “olvidables”, una totalmente fallida –el experimento de 15:17 Tren a París– y un par para reivindicar –Sully, Francotirador. Su “crepúsculo” ha estado teñido, además, por cierto rechazo hacia sus inclinaciones políticas de parte de la franja más progresistas de la industria, que han dejado a su figura un poco al margen del zeitgeist cinematográfico. Pero si poco le importó eso en su juventud, todavía menos le importa en la vejez, y ahí está él: Clint Eastwood, estrenando casi una película por año y a menos de una década de los cien.

El cineasta cumplió 91 en mayo

¿Qué lugar ocupa, entonces, Cry Macho en esta despedida en etapas que parece estar anunciando Eastwood desde hace un tiempo? En épocas mejores, en los momentos de mayor vigor artístico, podría haber llegado a pasar desapercibida. En su última década, lleno de altibajos y películas express, la cosa cambia. Cry Macho se ubica bajo una luz extraña, medio difusa, en la que la emoción sobrevuela la trama en todo momento, donde el horizonte se mira con los ojos cansados del ayer y los caballos vuelven a galopar y a levantar polvo. Incluso con pozos narrativos pronunciados, con redundancias, situaciones estiradas, otras más ridículas y el paternalismo estadounidense que jamás se pudo sacar de encima, Eastwood vuelve a embarcarse en el viaje del wéstern y firma una de las películas más sentidas de sus últimos años. Con todo lo bueno y malo que eso implica.

The Border

Estamos en 1980 –podría ser el año pasado o la década de los 2000; tanto da para la historia que se quiere contar– y Mike Milo (Eastwood) es un veterano del rodeo –las jineteadas de los cowboys– al que su jefe le encarga –por no decir ordena– recuperar y traer desde “el otro lado” al hijo que tuvo con una mujer mexicana hace unos cuantos años. Mike, que tiene un pasado de alcoholismo y que perdió a su esposa y a su hijo en un accidente décadas atrás, acepta y cruza la frontera. De maneras más o menos ortodoxas encuentra al adolescente díscolo, Rafo, y a su gallo de riña, Macho, en un tugurio de Ciudad de México y, de esta manera, el trío emprende el viaje de vuelta a EEUU a través de las polvorosas rutas de un México salpicado de pueblitos amigables y amenazantes a la vez. Las cosas se complican cuando un par de sicarios empiezan a perseguirlos por orden de la madre del chico, de la que nunca se aclara muy bien qué hace o por qué tiene tanto dinero pero, siguiendo el estereotipo mexicanísimo que impera en la película y los matones que cumplen sus órdenes, debe tener algo que ver con el narcotráfico. Y así Mike, Rafo y el gallo, Macho, tienen que encontrar refugio en el desierto al tiempo que van fortaleciendo un vínculo cada vez más estrecho y entienden que el hogar no siempre está donde pensamos.

Cry Macho está en cines uruguayos

Se ha dicho que a Clint le ofrecieron adaptar la novela homónima de Richard Nash hace ya unos cuantos años, y que prefirió dejarlo en suspenso hasta alcanzar una edad más acorde con el personaje principal. Sea como sea, la decisión parece haber sido acertada: a pesar de ser “de manual” y de tener pocas sorpresas, una de las principales apuestas de la película es la diferencia etaria de sus protagonistas y los encontronazos que esta desata, y eso sale bastante bien. En este caso, entre Eastwood y el adolescente mexicano Eduardo Minett hay por lo menos 75 años de diferencia. El choque de generación es un hecho, y la manera en la que Mike mira su porvenir, en oposición a las ganas de vivir “rápido y furioso” de Rafo, es un contrapunto sano para una historia que adolece por otros flancos.

Por ejemplo, y ya que lo mencionamos anteriormente,en la pintura de México como el paraíso del bandolero, un lugar donde un veterano de 91 años tiene las armas de seducción necesarias para conquistar a cuanta mujer se le cruce, aunque es cierto que el interés romántico del personaje de Clint, en este caso, es un poco más realista que en otras películas recientes, como La mula. Al mismo tiempo, parece ser que del otro lado de la frontera las fuerzas de la ley son corruptas o decididamente estúpidas, y que los pueblerinos son los suficientemente crédulos como para creer que Mike cura a sus animales casi que con la mirada, entre otras cosas. Pero son deslices que, a esta altura, se perdonan.

Eastwood filma de manera muy veloz

Quizás lo que no se perdona son los numerosos espacios en blanco, el pasado de un héroe que nunca termina de desarrollarse del todo bien, los arquetipos a la orden del día, el tedio que, en algunos momentos, asalta al espectador. Quizás algunas de esas cuestiones respondan a la manera en la que filma Eastwood, que tiene a la única toma y al “siga siga” como mantra, y que prefiere acortar los tiempos de rodaje en pos de otras decisiones. Con su edad, también se entiende: ya no está para esos trotes.

Por otro lado, y dejando claro que Cry Macho no es ni de cerca una de las mejores obras del cineasta oriundo de San Francisco,  hay en toda la película un tono de despedida íntima y contenida que se contagia. Entre la fotografía forzada por los colores de los atardeceres, los ojos cansados de Clint y la música –atención al tema que abre la película, Find a new home, de Will Banister–, Cry Macho moldea un envase amigable y reconfortante que contiene pocos peligros reales para sus personajes, la fascinación por un hombre que a los 91 todavía quiere montar y algunas escenas en donde Eastwood parece querer sacarse las amarras de la vejez, rebelarse contra todos los que le piden la jubilación y demostrar que todavía le quedan bastantes ganas de vivir.

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Allí está, por ejemplo, la escena donde una estampida de caballos acompaña el camino de su camioneta por la ruta. Ahí está él, acodado frente a una fogata, contándose secretos del pasado bajo el cielo estrellado, golpeando maleantes y apadrinando huérfanos. Ahí está él, casi que ocultando lo que le cuesta moverse, con una sonrisa en el rostro, bailando entre las mesas vacías de un bar de mala muerte un bolero junto a una mujer que, al parecer, lo quiere. Si estafuera la última película, entonces, estaría bien. Él estaría bien.

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