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Aprender ciencia y crear videojuegos: la experiencia de algunas escuelas uruguayas

Un proyecto acerca conocimiento científico a los niños uruguayos con un método distinto al tradicional

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06 de octubre de 2019 a las 05:00

Hay quienes escuchan la palabra ciencia y piensan en conceptos densos, complicados, y en hombres canosos en bata realizando experimentos con tubos de ensayo o con animales en un laboratorio oscuro. Esos preconceptos se pueden ver generalmente en algunas películas que, tal vez, influencian el pensamiento de los niños.

El Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE) intenta combatir esta idea entre los más pequeños y hacer de la ciencia algo divertido. Por ello, recibe hace varios años visitas de escuelas y liceos, y ofrece un recorrido en donde muestran las instalaciones, la historia de Clemente Estable y promueven actividades educativas.

María José Albo y Natalia Manisse fueron dos de las investigadoras que vieron esta problemática y junto con un grupo del instituto crearon el programa de investigación "Los niños que cuentan ciencia", con una metodología distinta a la tradicional.

¿En qué consiste?

El proyecto nació en 2015 luego de un estudio que relevó las opiniones de los niños que visitaban la institución científica. Les hicieron preguntas antes y después de la visita. "Después de un año de hacer eso con diversidad de escuelas de niños de sexto veíamos que aprendían, pero no cambiaban la percepción hacia los animales con los que interactuaban", explicó Albo, licenciada en Ciencias Biológicas, participante del estudio.

Albo y el grupo con el que realizaron el estudio germinal del programa divisaron que los alumnos y sus educadores tenían poco acceso a la información científica.

Así se les ocurrió crear el proyecto "Los niños que cuentan ciencia", que busca "acercar lo que investigamos a los niños y a los educadores, de forma que puedan traspasar esa barrera e iniciar un proceso, el que nosotros iniciamos en la universidad", afirmó María José.

Manisse, del departamento de Biodiversidad y Genética del Clemente Estable, contó que los objetivos generales del programa son que los niños “tengan un ojo crítico, busquen información y aprendan dónde buscarla”.

Para esto, asisten a la escuela 167 de Shangrilá una vez por semana, para enseñar sobre neurociencias, microbiología, genética, biología molecular y ecología de la evolución, las principales ramas del Clemente Estable. Se elige un tema abierto y se aborda desde los distintos enfoques. Por ejemplo, este año el tema general es la evolución, y en microbiología abordan cómo evolucionan algunos microorganismos.

Luego de la etapa de aprendizaje, deben hacer un cortometraje. "Si promovemos que los chiquilines transmitan lo que aprendieron con sus palabras, será atractivo para otros niños”, comentó Manisse. Además, ese contenido se pone a disposición en las redes y las maestras lo pueden usar para nuevas enseñanzas. El proyecto es "como plantar semillas para que se dispersen”, comentó Albo.

"Además ellos son los autores, eso es algo único. Darles a ellos el lugar de ser los autores de algo. Esos niños no se van a olvidar más que hicieron un corto, y lo presentaron", agregó Albo, que se divierte jugando con los niños cuando va a la escuela y cree que con esos juegos ellos sin proponérselo están aprendiendo.

Hasta 2018 tenían que hacer un corto audiovisual. En 2019 cambiaron el producto final: deben crear un minivideojuego. Para esto un grupo de desarrolladores colabora con los alumnos en el proceso. Para las científicas, es importante que a los educadores les guste este tipo de entretenimiento y lo utilicen para enseñarles a más niños.

Las maestras y los resultados

Este trabajo no sería posible para las científicas sin la ayuda de las maestras, que en todos los casos estuvieron muy involucradas. Para Albo, cuando esto sucede “nada puede salir mal”: “Porque el educador está interesado, genera los espacios y ayuda”, indicó. Manisse agregó que la combinación de científicos y maestras es buena: porque las primeras aportan la información y las actividades y las segundas el manejo de grupo.

Esa combinación hizo que el proyecto creciera. Este año dieron un taller a docentes de todo el Uruguay para que pudiesen aplicar los conocimientos y los métodos de enseñanza en sus respectivas clases. "Esos docentes son ahora quienes están también transmitiendo esta experiencia”, afirmó Manisse.

Aunque "Los niños que cuentan ciencia" es una investigación de la cual el grupo de científicos todavía no ha obtenido los resultados definitivos, Manisse y Albo tienen una conclusión anticipada: con solo una visita al Clemente Estable no alcanza para aprender ciencia. Sin embargo, creen que con este proyecto han logrado erradicar el estereotipo del científico de túnica blanca. “Vos nos ves, no estamos de traje, yo no uso túnica para trabajar”, dijo Albo.

Aclara que estos estudios de educación en ciencias son comunes en el mundo. A grandes rasgos, pudieron ver que los niños saben más de animales no autóctonos que los autóctonos y que, debido a cuestiones sociales, las niñas expresan más el miedo a la naturaleza que los varones.

La financiación, un asunto complicado

Los investigadores no cobran por "Los niños que cuentan ciencia", ya que es parte de su trabajo científico de divulgación. Sin embargo, necesitan dinero para el transporte y la compra de materiales. En 2015 se sustentaron con un fondo de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), lo que les permitió llevar la actividad a cuatro escuelas. Pero esa financiación se terminó y debieron buscar recursos por otras vías. "Nunca está la parte de educación en ciencia como algo normal dentro de un fondo concursable ", expresó Manisse.

El año pasado obtuvieron un apoyo del Banco de Seguros del Estado y una fundación internacional les brindó dinero para los talleres docentes. "Nosotros queremos apostar a un proyecto con más financiación para poder llegar a más escuelas", dijo Albo.

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