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La batalla contra el miedo, la mayor enseñanza de la pandemia

Aprendimos que los confinamientos tienen que ser breves, y que si se extienden en el tiempo generan más daño que beneficios. Pero que a su vez, cuanto más se extienden, más difícil es salir de ellos

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11 de septiembre de 2020 a las 15:03

Pasaron seis meses en los que el mundo se nos dio vuelta. Seis meses de la mayor alteración a la vida diaria que nuestra generación tenga memoria. Seis meses en los que aprendimos a teletrabajar, a pasar más tiempo del que hubiésemos imaginado en casa, a compartir mucho más tiempo con la familia. Pero también aprendimos a salir nuevamente a la calle, a tomar recaudos, a respetar a un adversario invisible.

Hace seis meses el mundo no parecía tener salida. El desempleo llegaba a niveles más altos que los de la crisis de 1929, el petróleo se derrumbaba al punto que los vendedores pagaban por que alguien se llevara los barriles. Los países se cerraban, el comercio internacional casi desaparecía. Los aviones se quedaban en tierra como nunca antes. La perspectiva de una vacuna eran 14 o 18 meses. El virus parecía matar todo a su paso. Algún exagerado hablaba del fin de la civilización tal como la conocimos, y el solo hecho de darle a ese apocalíptico razonamiento el beneficio de la duda ya nos helaba la sangre.

Pero no: seis meses después, el mundo tiene una hoja de ruta para salir. Las cifras de muertos se siguen acumulando, pero muchos países y regiones ya pasaron lo peor, y el virus ya no vuelve ni de cerca con la virulencia de antes. Los aviones de a poco vuelven a volar, las fronteras se reabren. Hasta se vuelve a ver deporte por TV, un escape entre tanto nervio. Y hay 37 vacunas en fase de pruebas entre humanos, y cuatro o cinco que pelean por llegar primera, posiblemente antes de fin de año, mientras las potencias reeditan una carrera hacia la Luna en un nuevo escenario de guerra fría.

Fueron seis meses en los que aprendimos de ciencia. En los que nos dimos cuenta de que usar tapabocas es una intervención mínima pero decisiva, y que se perfila para quedarse entre nosotros, sobre todo en invierno, para ayudar a combatir otros virus. Nos dimos cuenta de que no eran locos los asiáticos que veíamos en los aeropuertos o por la tele con sus barbijos, y que tampoco se nos cae el orgullo por usarlos.

Aprendimos de ciencia pero, sobre todo, de lo importante que son los científicos, generalmente relegados a segundo o tercer plano en pos de darle micrófono a políticos o deportistas. Aprendimos que una ciencia robusta, fuerte, soberana, da a un país la posibilidad de ser también soberano en la respuesta, a pesar de ser una pandemia. 

Fueron seis meses en los que también aprendimos que la ciencia no es una sola, y que también tiene ideología, médica o política. Algunos confían más en la libertad responsable de la gente, otros en la mano controladora del Estado. Algunos creen que la única solución es encerrarse (o forzar a que la gente se encierre), esperar a que la tormenta pase y cortar casi cualquier interacción social; otros entienden que hay que aprender a convivir con el virus, protegiendo a quien hay que proteger: los más vulnerables.

A los medios nos recordó que podemos ser un vehículo de ciudadanía, para ayudar a construir certezas con información verificada, pero que también, si falta el espíritu crítico, podemos ser los mayores vectores de la inoculación del miedo.

Aprendimos que los confinamientos eventualmente son necesarios, pero siempre que se los acompañe de testeos y rastreos de contactos. Que una vez que se escapó la liebre, lo único que se puede esperar es que corra haciendo el menor daño posible, hasta que se canse, y que por eso lo importante es tenerla siempre controlada.

También aprendimos que esos confinamientos tienen que ser breves, y que si se extienden en el tiempo generan más daño que beneficios. Pero que a su vez, cuanto más se extienden, más difícil es salir de ellos. Argentina es un triste ejemplo, así como Brasil muestra que negar la enfermedad, y la ciencia, también tiene resultados nefastos.

Aprendimos que los niños han sufrido demasiado, e innecesariamente, víctimas de un mundo en el que los adultos nunca nos ponemos en su lugar a la hora de tomar decisiones.

Aprendimos que contagio no es igual a enfermedad, que enfermedad no es igual a enfermedad grave, y que entrar a cuidados intensivos no es morir. Y que si bien un pico de contagios puede traer aparejadas más muertes, Europa y EEUU muestran que, con un sistema sanitario robusto y protegiendo a los vulnerables, la curva de contagios puede irse muy arriba sin que la curva de muertos se entere.

Aprendimos que el Estado puede elaborar protocolos, sus funcionarios ponerlos en práctica correctamente, y que la gente responda. Pero que también a la larga el conformismo y la autocomplacencia son peligrosos consejeros, porque hacen que la gente baje la guardia.

Información, cuidado, empatía, sentido común: todos conceptos cardinales de la vida, desde mucho antes del covid-19. El virus nos recordó por qué son tan importantes.

Desde hoy y por los próximos días publicaremos la visión de expertos de diferentes áreas sobre qué nos enseñaron estos seis meses de pandemia. A continuación, algunos de ellos:

 
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