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10 de agosto 2023 - 5:00hs

Da la impresión de que a sus últimas películas Wes Anderson, responsable de títulos como Los excéntricos Tenenbaum o El gran hotel Budapest, las ha fabricado —esa es la palabra— a partir de la idea del escenario, de enormes casas de muñecas a escala humana que luego llena de figuras de la primera línea de Hollywood y, así, le da forma a un estilo reconocible basado en la acumulación y el diseño de producción exacerbado. La estrategia, más o menos identificable desde Vida acuática y llevada al extremo en La crónica francesa, le ha salido muy mal o muy bien, pero lo que no se puede decir es que el tipo no muera con las botas puestas, ni tampoco que no esté convencido de cuál es su propuesta. Por eso, no es extraño que su última producción, Asteroid City, que este jueves se estrena en cines uruguayos, repita esquemas. Eso sí: por suerte cae del lado de las buenas, que no son pocas, pero que sí se hacen cada vez más lejanas.

Los primeros destellos de Asteroid City no tardan en dejar el punto anterior bien claro. Las imágenes que abren la onceava película de Anderson, que enmarcan un paisaje desértico en tonos pastel y casi de plástico, amenazan al espectador con la posibilidad de estar al frente de otro de sus artefactos más pictóricos que cinematográficos, más de forma que de sustancia. Si bien no carga con la acumulación insoportable y mecánica de La crónica francesa, en el comienzo hay algo que avisa, hay una voz que dice: si no te gusta mi estilo, este no es tu lugar. La advertencia, además, puede estar vinculada al discurso casi mecánico de Bryan Cranston, que introduce al público al universo de esta ficción, o remarcada en lo que ha pasado a ser uno de los caballitos de batalla de la filmografía del bueno de Wesley: la capacidad (y el capital) de poder contratar elencos demenciales, plagados de nombres rutilantes y carísimos. Tom Hanks, Margot Robbie, Scarlett Johansson, Edward Norton y Adrien Brody son (apenas) algunos de los que desfilan por la pantalla.

Pero por suerte todo se despeja rápido. Al menos en un sentido figurado. Pronto, el escenario de Asteroid City empieza a depurarse, ciertas decisiones estéticas le dan paso a evocaciones de la primera etapa en la carrera del director de Tres es multitud, y por primera vez en mucho tiempo lo dramático no queda sepultado bajo capas y capas de decorado y encuadres hechos para Instagram. De hecho, sucede lo contrario: Asteroid City ensancha la ruta de la emoción y deja aterrizar el tipo de película que quiere ser, una sobre la sublimación del duelo, las conexiones emocionales y el asombro genuino. Una película con humanidad.

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En pocas líneas, Asteroid City es el nombre de una localidad ficticia en el medio del desierto estadounidense, pero también el título de una obra de teatro que una troupe de actores representará en la película, en un ejercicio metaficcional que funciona mejor de lo pensado. 

El corazón de lo que sucede por fuera de la obra es su dramaturgo, interpretado por Edward Norton, y dentro de la ficción quien lleva las riendas de la historia es un fotógrafo de guerra viudo (Jason Schwartzman) que junto a sus hijos llegará al pueblo del título para que el mayor de sus vástagos participe de un concurso de niños genios dedicados a la investigación del espacio. O algo así.

La familia llega a la localidad, donde viven apenas 87 personas y que es famosa porque una vez cayó un meteorito y dejó un cráter en la arena, en pleno apogeo del entusiasmo por la vida extraterrestre, algo que no será un dato al azar en la trama. En el camino se cruzan los personajes de Scarlett Johansson, una actriz que se prepara para un nuevo papel; el de Hanks, suegro del fotógrafo; y Steve Carrell, un local deseoso de poder sacarle provecho económico a las visitas, entre otros.

Asteroid City

Buena parte de las críticas de su último trabajo apuntaban a la forma en la que la estética despersonalizada que cubre buena parte de la obra de Anderson estaba empezando a afectar para mal el espíritu de sus historias. Y también al de sus personajes. En Asteroid City, en ese sentido, el director parece haber recuperado el rumbo en ciertas decisiones de guion y de puesta en escena, escapándole a los diálogos robóticos y sin alma, y encontrando la forma de no traicionar su propuesta formal —algo que a todas luces es de extrema importancia para él— abrazando la posibilidad del error.

Eso sí: la cantidad de personajes que se entrecruzan con la historia principal sigue siendo algo que por momentos es problemático. Por el perfil altísimo de todos sus actores, o la propia necesidad que Anderson sentirá de contar historias paralelas, el cineasta no puede terminar de decidir si las historias de, por ejemplo, el personaje de Maya Hawke, Liev Schreiber o Tilda Swinton son importantes para la película o no. Apenas más largos que lo que se catalogaría como un cameo tradicional, se llevan la atención que, por otro lado, merece ese esqueleto emocional que es la historia del fotógrafo de Schwartzman, su familia, los niños inventores, su vínculo con la actriz Midge Campbell (Johansson).

Por otro lado, técnicamente la película abraza como nunca los efectos prácticos y la simulación del escenario teatral. Si todo se ve como de cartón es porque la intención está, y, con ensayos atómicos radicalmente opuestos al de Oppenheimer y la aparición de determinados seres espaciales, en ese aspecto la película bascula entre la simpatía y la pureza visual. En el detalle no hay quien le gane a este hombre. Cuando logra hacerlo funcional a la historia y no al revés, es cuando gana más.

Asteroid City

Asteroid City, entonces, funciona para recuperar la confianza en un cineasta que parecía haber entrado en el cenagoso terreno de la autoparodia involuntaria, que corría el riesgo de morir artísticamente sepultado por su necesidad de ser lo más Wes Anderson posible, un director al que empezó a tomarle el pelo hasta la inteligencia artificial. Su última producción le da otra vez varios puntos y cierto terreno para volver a correr. Con el tiempo, incluso, puede que Asteroid City gane espacio entre sus títulos destacados. Por lo pronto, saber que no se lo comió el personaje es un alivio. Detrás de la mera forma hubo alguna vez un tipo que sabía cómo hincarle el diente a determinados conflictos humanos, sobre todo a los familiares. Es bueno saber que sigue por ahí.

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