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La crónica francesa se estrenó este jueves

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La crónica francesa: una abrumadora vuelta al universo de Wes Anderson

La última película del director de Los excéntricos Tenenbaum se estructura como una revista y lleva sus clásicas señas de identidad al extremo

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21 de noviembre de 2021 a las 05:10

La nueva revista de Wes Anderson ya está a la venta. Se titula La crónica francesa. Es su último número e incluye una selección de artículos escritos por sus mejores columnistas, un sentido obituario a su legendario editor, un paseo por la ciudad francesa en la que se enmarca, una serie de caricaturas alusivas, una tira animada y algunas de las tantas cosas a las que este señor de 52 años tiene acostumbrados a sus lectores. La revista, por supuesto, es una obra visual. Un producto para tocar, paladear, quizá para recortar alguna de sus páginas más vistosas y ponerlas en la heladera, o incluso para arrancar su portada y colocarla junto a las demás, en un sano ejercicio de coleccionismo que a su autor le encantaría. También es muy instagrameable. Muy. Queda linda en una story y hasta da para un reel. La pregunta, más allá de todo esto, es qué tanto trae para leer. ¿Qué tan buenos son sus artículos? ¿Es mejor degustarla con tranquilidad y un café el sábado de mañana? ¿O es preferible ojearla despreocupadamente, sin demasiada atención, durante el ejercicio del número 2 en el baño?

Fin de la alegoría. La crónica francesa no es una revista, es la nueva película –la décima– de Wes Anderson, un cineasta que tiene un estilo propio, que encanta a las masas con sus sofisticaciones escénicas, con una suculenta dirección de arte, con sus estrellas amigas, siempre prendidas de un firmamento que maneja a su antojo y que de vez en cuando escupe pequeñas maravillas, como Los excéntricos Tenenbaum, Moonrise Kingdom, El fantástico Sr. Fox, La vida acuática o Tres son multitud. Wes Anderson sabe lo que hace. Wes Anderson sabe que es querido. Wes Anderson ya entiende, en algún punto, que es una marca, una fórmula.

La crónica francesa

Wes Anderson también es fanático de cosas, entre ellas de la New Yorker. Su vínculo con esta revista prestigiosa, influyente, ocasionalmente snob y profundamente seductora es longevo. Así lo cuenta su amigo y eterno colega Owen Wilson: “Cuando compartíamos habitación en la universidad, él estaba todo el tiempo leyéndola, lo cual era bastante inusual. No recuerdo que estuviera suscripto, eso habría estado fuera de su alcance económico, pero estaba completamente absorbido por esa revista”.

Y así lo cuenta él: “Cuando estaba en décimo grado, mi hora de estudio transcurría en la biblioteca, y frente a mí tenía estantes de madera con numerosas revistas. Me llamó la atención una con una ilustración en la tapa, y comencé a hojearla. Así me volví un asiduo lector de The New Yorker mientras esperaba que empezaran las clases. Comencé a leer números anteriores y a reparar en los nombres de los periodistas que aparecían una y otra vez. Y me volví totalmente fanático”.

La crónica francesa

Tiene sentido, entonces, que el hombre detrás de El gran hotel Budapest decidiera volcar ese amor al cine. Y La crónica francesa es el resultado, y el resultado es, a la vez, hiperbólico. Extremo. Un cúmulo de todo lo que a Wes Anderson lo hace ser quien es. De sus influencias, de sus manías, de sus obsesiones. De su estilo identificable. En este caso y por la forma en la que el combo explota en pantalla, eso no es precisamente algo bueno.

Avalancha Anderson

La crónica francesa se estructura tal y como se ejemplifica en el primer párrafo de esta nota: como el último número de una revista estadounidense publicada en Ennui-sur-Blasé, una ciudad francesa ficticia durante algún momento de la segunda mitad del siglo XX. Así, la película abre con una introducción del editor en jefe que ha hecho posible la publicación y que acaba de morir –interpretado por Bill Murray–, sigue con un recorrido por las calles de Ennui a cargo de un periodista de viajes (Owen Wilson), la historia de un artista psicópata preso a cargo de la periodista de arte (Tilda Swinton), la semblanza de un joven revolucionario en plan Mayo francés, el relato de un secuestro que involucra la gastronomía y, al final, un obituario. Cada segmento está separado con placas que nos explican con detalles el título, el número de páginas, la firma.

Desde el comienzo, La crónica francesa se siente como un esfuerzo por llenar todos los casilleros que componen el cine de su director y llevarlo a la exageración estratosférica. Casi como si estuviéramos viendo una especie de homenaje exacerbado. El elenco de primera línea está, pero las estrellas se multiplican como nunca; los planos recargados están, pero son abrumadores; la fragmentación de la historia se da, pero termina haciéndose pesada y compleja de seguir; los diferentes relatos se mueven con agilidad y entremezclan diálogos acelerados, música, encuentros y acción, pero todo es tanto, tan simultáneo, calculado, y sobre todo frío, que la desconexión es casi inevitable en algún punto. Está claro que Anderson quiere decir algo, pero en su película hay tanto ruido que se hace imposible escucharlo.

Bill Murray interpreta al director de la revista

Es una lástima, porque está claro que el director oriundo de Texas es un gran contador de historias, un creador que maneja el tempo cinematográfico con destreza y que puede generar vínculos reales con sus personajes y sus universos. Ahí están sus otras películas, en su amplia mayoría grandes obras o, al menos, ejercicios interesantes. Acá, eso no termina de cerrar. La sustancia se hunde en el borboteo apabullante de la forma, se pierde en los aspectos menos interesantes y deja rengos a los momentos más destacables –por ejemplo, la historia de amor entre el pintor Benicio del Toro y su guardia, Léa Seydoux–. Y en el medio, aparece clara la evidente admiración que el propio Anderson tiene por sus códigos, por la manera en que hace cine. Por el autor en el que se convirtió.

Los recargados planos característicos de Anderson son una constante

Pero al margen de eventuales aburrimientos, extravíos o incapacidad para digerir los setecientos elementos que se arrojan en pantalla por minuto, no se puede decir que La crónica francesa sea una mala película. El perfeccionismo de su director no le permitiría hacer una. De hecho, el consenso es que “ha gustado”. Aquellos fanáticos adictos a su estilo de seguro sentirán una especie de subidón de andersonina que los dejará en las nubes. Por otro lado, es inevitable sentirla como un paso atrás, en la medida en que el interés esté del lado de las profundidades humanas, los vaivenes morales que interpelaban a sus otros personajes en sus otras películas, cuando utilizaba la forma como un vehículo y no como un fin. Pero hay que ser claros: si se prefiere la exposición a esta especie de adaptación de una cuenta de Instagram finamente curada, simétrica, repleta de tonos pasteles y escenas destinadas replicarse en One perfect shot, esta es su película. La crónica francesa será su camino, y Anderson el guía por su impenetrable follaje. Recuerde afilar el machete.

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