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Bajo las horcas caudinas

El caso Sendic, que pudo ser ejemplar, se transformó en un largo viaje de dolor y humillación

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09 de septiembre de 2017 a las 09:00

Si el lector está más bien harto del caso Raúl Fernando Sendic, como le ocurre a tantos, debe saber que, presumiblemente, las cosas se pondrán aún peor antes de mejorar. Muchas personas ven con asombro como el Frente Amplio, el partido de gobierno, se ha enredado en un pantano que parecía ínfimo y que debió atravesar hace tiempo, después de acepar errores de gestión y asumir que el vicepresidente no era el esperado líder de recambio.

Debió forzar su renuncia digna y ejemplar, o al menos un pedido de disculpas, porque ya es tiempo de elevar la vara con la que se mide a los gobernantes; pero al principio se optó por defenderlo todo, en bloque (los cuestionamientos a Sendic eran ataques al sistema democrático) y entonces la tragedia personal y el precio político se han vuelto muy altos.

Durante más de dos años Sendic se deslizó por un tobogán de malas noticias, mentiras y verdades a medias, hasta quedar sin margen. Huyendo hacia adelante, terminó recostado en un rincón: básicamente el del Partido Comunista y el MPP, porque allí prenden más fácilmente las tesis conspirativas y la argumentación sectaria. Con ello se divorció del gobierno y del grueso de sus votantes, y estiró el dolor y la humillación.

El caso Sendic es también una nueva excusa para la lucha interna. Por naturaleza, los partidos políticos tienen fuertes tendencias a la antropofagia. Los debates ideológicos muchas veces encubren disputas por "perfilismos" y por cuotas de poder. Ese tipo de enredos son muy marcados en el Frente Amplio, una coalición tan heterogénea, desde liberales hasta totalitarios, que a veces parece una alianza entre enemigos.

Este sábado, se reúne el Plenario Nacional de Frente Amplio para discutir el dictamen del Tribunal de Conducta Política, divulgado el lunes, que consideró inaceptable el modo en que Sendic utilizó las tarjetas de crédito de ANCAP entre 2005 y 2013. Las diferencias entre los sectores que respaldan o cuestionan al vicepresidente pueden derivar en cualquier cosa: una sanción leve, una suspensión, un pedido de licencia, una mera prolongación de la crisis.

Sendic ha dicho que sólo renunciaría si la Justicia, que investiga diversos aspectos de su gestión en ANCAP, se expide en su contra. Es otra forma de huida, pues la investigación judicial puede demorar tanto o más que el mandato del vicepresidente.

La formalización de un proceso judicial requiere previamente su desafuero por mayoría parlamentaria especial. Sería una rareza. Hubo muchos pedidos de desafueros y muy pocos concedidos, como el del diputado colorado Carlos Signorelli en 2008, y varios en el siglo XIX. Pero la destitución o renuncia de un vicepresidente de la República sólo ha ocurrido como consecuencia de un golpe de Estado.

El presidente Alfredo Baldomir depuso a su vice, César Charlone, con el golpe de 1942, en tanto Juan María Bordaberry se sacó de encima a Jorge Sapelli en junio de 1973. La reforma constitucional de 1951, que impuso el gobierno colegiado de nueve miembros, eliminó el cargo de vicepresidente que entonces ocupaba Alfeo Brum.

Si, como ocurrió hasta ahora, Raúl Sendic resuelve victimizarse y aferrarse a su cargo, tal vez intente marcar perfil político propio. Entonces podría parecerse a Gonzalo Aguirre, el vicepresidente de Luis A. Lacalle entre 1990 y 1995, quien en muchas ocasiones semejó un líder opositor.

Incluso lo intimó a sustituir al equipo económico, de marcado acento liberal, y a adoptar medidas de claro corte populista. Aguirre, quien trató así de hacer política contra el presidente, en las elecciones de 1994 y 1999 ni siquiera obtuvo los votos necesarios para una banca en el Senado, pese al gran prestigio que había ganado durante la apertura democrática.

A la larga, es probable que se olviden ciertos asuntos del caso Sendic, o que se incorporen al folklore nacional. Sí quedarán en la memoria los graves errores estratégicos en la conducción de ANCAP, la mayor empresa uruguaya por facturación, una responsabilidad que compartió con el resto del Directorio, sus gerentes y con el gobierno de José Mujica.

Sendic no sabía nada de empresas, ni de refinación y venta de combustibles, pero era políticamente responsable. ANCAP sólo sobrevivió porque es monopólica y puede extraer recursos a la sociedad casi a placer.

Su capitalización forzosa y el combustible caro con petróleo barato, forman parte de un ajuste fiscal más amplio que compromete la producción, molesta a muchos ciudadanos y recorta el caudal de votos de la izquierda.

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