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Cargando a nuestros muertos

Claudio Romanoff falleció el día de su 54º cumpleaños, cuando aún hacía planes para un mundo mejor

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20 de noviembre de 2018 a las 21:52

Conocí a Claudio Romanoff en 1983, en la vieja redacción del semanario Búsqueda, en tiempos de una vidriosa pero ya evidente apertura democrática. Él, que ingresó como cadete, era miembro de la UJC y su discurso sonaba como el de un predicador, de esos que conocen una fórmula irrefutable y obvia para cada problema. Éramos muy jóvenes, todo era tan simple y había una Tierra Prometida. Y, ante todo, Claudio era evidentemente un buen tipo.

Tuvimos muchas discusiones, porque fui su jefe durante muchos años, en Búsqueda y en El Observador, y compartimos la trinchera en mil batallas. Creamos una larga y sobria amistad, sin palabrerío, del tipo de la que llevan quienes saben que comparten lo esencial, lo que no requiere mayor explicación.

Claudio cultivó un tipo de humor agudo y cínico que siempre adoré, muy propio de los periodistas, o al menos de cierto tipo de periodistas. Creo que el cinismo de los periodistas es una forma de idealismo disimulado: vestidos de lejanía y frialdad, encubren su compromiso y misericordia, que es tan abundante como para dedicar cada día durante toda una vida a una profesión agotadora, pobre y frustrante: un gran desierto jalonado, cada tanto, por pequeñas victorias como oasis.

Hace unos cuántos años, cuando Claudio Romanoff era jefe de la sección Política del diario El Observador, vino a mí en defensa de un viejo compañero en horas bajas, herido por el fracaso y la depresión. “Lo vamos a esperar”, me dijo, “y, si no, lo cargaremos, porque siempre hemos cargado a nuestros muertos”. Me pareció una maravilla de perspectiva humana y también práctica, porque a veces los muertos resucitan, como entonces ocurrió.

Hoy el muerto que cargamos es él mismo. Claudio Romanoff falleció hoy, el día de su 54º cumpleaños, cuando aún hacía planes para un mundo mejor; todavía intentando tomar a los lectores por el cuello para convencerlos de que la mediocridad es evitable. Los dioses reservan los peores fracasos a los buenos.

A su esposa, a sus pequeños mellizos, a su madre, Elsa Vidart, a sus más íntimos: nuestro abrazo y solidaridad. Quisimos mucho a Claudio, porque era fácil quererlo, y porque, al hacerlo, creíamos elevarnos una pulgada sobre la medianía.

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