22 de abril 2023 - 5:04hs

¿Cómo está la coalición? ¿Cuántas grietas quedaron luego de las idas y vueltas en la discusión sobre la reforma jubilatoria? ¿Quién ganó y quién perdió? ¿Y cuántos puntos? 

Estas son algunas de las preguntas que derivan de una lectura muy parcial de lo que pasó en estos días, que tal vez obvian lo básico: que la coalición de gobierno está compuesta por partidos y líderes con ideas y convicciones muy diferentes. Ni hablar de los intereses: mientras que el Partido Nacional quiere evitar que el Frente Amplio retome el poder y se empeña en volver a encabezar un gobierno de coalición, a socios como Cabildo Abierto les interesa obtener más protagonismo que -esperan- se traduzca en más votos, mientras que el Partido Colorado intenta sacudirse las crisis con una esperanza tenue de crecer en 2024.

Pero son otras las preguntas surgidas de este episodio que me interesan más. Este es un momento de tensión que mirado de cerca parece grave pero que, mirado con un poco de distancia, no debería analizarse con tanto dramatismo. Las preguntas que me hago tienen que ver con el futuro político ya no de un partido u otro sino de quién conducirá a este país en el próximo periodo. Y se relacionan a esta trifulca entre “socios” multicolores.

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En primer lugar me pregunto, ¿por qué tanto drama? El embrollo por la discusión en torno a la reforma jubilatoria hace perder de vista una realidad fundamental: incluso con cambios y dimes y diretes se aprobará en tiempo récord para un cambio de este porte, más allá de qué es lo que se opine sobre sus efectos positivos/negativos. En un país al que le cuestan décadas los cambios, no es un elemento menor.

El presidente Luis Lacalle Pou habló esta semana de los cambios que aceptó el Poder Ejecutivo en esta reforma jubilatoria y lo comparó con “echarle agua a la leche”. “Es una buena reforma. Nosotros teníamos un litro de leche, se le fue echando agua, agua, agua, pero sigue siendo leche. Cuando sea agua no se tiene reforma”, dijo.

Los cambios no son menores pero tampoco son cataclísmicos. Lacalle Pou presentó el primer anteproyecto a fines de julio del 2022 y en él se preveía que la reforma se aplicaría desde 2027, y que la primera generación afectada serían los nacidos en 1967, quienes pasarían a jubilarse con 61 años. Luego se daría un proceso gradual hasta 2035, año en el que todas las personas pasarían a retirarse con 65 años. Pero los socios pidieron cambios antes de que el proyecto llegara al Parlamento, mientras que la oposición criticaba casi todo, salvo el hecho, sobre el que aparentemente todos estarían de acuerdo, de que si no hay reforma el sistema colapsará.

El presidente ya hizo concesiones parciales entonces ante planteos Cabildo Abierto y el Partido de la Gente, lo que determinó que la reforma comenzaría a aplicarse desde 2036 y que los primeros afectados fueran los nacidos en 1973.

La segunda etapa de cambios fue la que generó esta promocionada crisis de la coalición, porque el partido liderado por Guido Manini Ríos condicionó su voto a bajar a 20 los mejores años para el cálculo del sueldo básico jubilatorio, en lugar de los 25 que proponía el proyecto. Y ahí saltaron los colorados, bajo el razonamiento de que si había lugar para cambios ellos también querían meter cuchara.

La reforma que saldrá no es igual a la que se presentaba como “mejor”, al menos en términos de cuentas públicas. Se estimaba que con la inicial se bajaba de 13 a 9,7 los puntos del PBI que el Estado gastará en jubilaciones en el “período de máxima incidencia” (sobre 2070). Ahora, con los cambios, el gasto sube a 10%. 

Es una reforma de leche bien aguada, pero también es una reforma urgente que debe salir incluso si no está en su mejor estado. El gobierno que viene, más que derogarla -el FA ha amenazado con tal extremo-, deberá buscarle la vuelta a un problemón de fondo: que en este país somos más los viejos que los jóvenes, que vivimos cada vez más años y que no hay forma de soportar el peso de la carga jubilatoria al ritmo de este mercado laboral. Tal vez, incluso, habrá que profundizar esta reforma.

A la hora de desdramatizar, es bueno recordar que esta coalición es diferente no solo por la forma de liderazgo que eligió el presidente de la República, caso a caso y líder a líder, sino sobre todo porque ahora, y mucho más que en otras coaliciones, hay lugar para el cacareo y hasta para las pequeñas victorias, pero hay poco lugar para el portazo. Es inimaginable a esta altura del partido -casi de ciencia ficción- pensar que las próximas elecciones las pueda ganar Cabildo Abierto o el Partido Colorado. Y es bastante difícil que si cada partido actúa solo, y aún cuando les vaya mejor en votos, logren suficiente influencia y representación parlamentaria para complicarle la existencia al Frente Amplio.

La coalición de Luis Alberto Lacalle Herrera, que reventó pronto con el portazo del Foro Batllista encabezado por Julio María Sanguinetti, no impidió que en el siguiente período el presidente Sanguinetti construyera otra bastante sólida con el apoyo de Alberto Volonté. Entonces había lugar para el portazo porque el FA estaba cerca, pero no había llegado aún al poder. Mirado a la distancia, los portazos pueden haber sido otra de las causas por las que el partido de izquierdas finalmente llegara al gobierno.

Entonces no había aún un Frente Amplio ganador y que retuvo el poder durante 15 años, ni había un Partido Colorado con votos magros, liderazgos inexistentes y cifras de un dígito en las encuestas. No había un partido nuevo con votación interesante en su primera elección, como Cabildo Abierto, al que aún le falta coherencia y que combina bajo su paraguas ideas y políticas muy diferentes. 

Ya que hablamos de coaliciones y en esto de desdramatizar: ¿que pasará con la otra coalición, la del ahora partido opositor y contendiente sólido a ganar las próximas elecciones? También tiene y tendrá sus penas y dolores y es posible que, cuando ya no nos acordemos de esta reyerta por una reforma, vuelva a ocupar la primera plana por las diferencias que saludablemente deberán dirimir a la hora de elegir su candidato presidencial. 

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